Lenin y el leninismo
El presidente del PC chileno ha reiterado recientemente que su partido es “leninista”. Como todo personaje que marcó la historia, y además en este caso un autor prolífico, la valoración del significado de Vladimir Ilyich Lenin es controversial. También lo son la revolución rusa de 1917 que dirigió y su destino posterior, percibido por las clases dominantes tradicionales en el mundo como la encarnación del mal por cuestionar en su momento radicalmente sus intereses, mientras los proyectos socialistas de raigambre democrática y libertaria lo evalúan como una promesa que devino en una tragedia histórica que no logró sacar a Rusia de sus tradiciones autoritarias ancestrales ni, a la postre, del capitalismo puro y duro y de sus afanes imperiales.
Lenin fue en primer lugar un organizador y estratega político con un objetivo principal: derrocar a la monarquía zarista que oprimía ancestralmente a la sociedad rusa. Su familia provenía de la pequeña nobleza y de la burocracia estatal ilustrada de una ciudad de provincias del Volga. Su hermano mayor fue ejecutado por atentar contra el Zar en 1887, cuando Lenin tenía 17 años. Tras ingresar a la universidad se integró en círculos marxistas clandestinos y fue expulsado. Se le impidió cursar normalmente estudios de derecho, los que culminó con una autorización especial para dar exámenes que aprobó con brillantez en San Petersburgo. Su inspiración ideológica inicial fue el marxismo occidental introducido en Rusia por Georgi Plekhanov y Vera Zasulich y su identificación política se situó originalmente en la socialdemocracia europea, que conoció de cerca en su largo exilio. Arrestado en 1895 a los 25 años por actividad revolucionaria (había fundado la “Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera”), Lenin fue condenado a 3 años de exilio interno en Siberia. Se unió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, fundado clandestinamente en 1898 en Minsk, y en 1900 debió abandonar Rusia con destino a Suiza, Alemania e Inglaterra. Volvió con la revolución de 1905, pero debió salir nuevamente al exilio en 1907 y hasta 1917 en Cracovia, Francia y Suiza.
Lenin elaboró en su libro “El desarrollo del capitalismo en Rusia” de 1899 la tesis de que el proletariado y no el campesinado era el sujeto central de la revolución rusa, desechando la idea de que la comuna campesina podía proveer una base de construcción socialista, a diferencia del Marx tardío en su correspondencia con Vera Zasulich. En 1861 la monarquía rusa, derrotada por las potencias europeas en la Guerra de Crimea en 1855, había decidido abolir la servidumbre para modernizar su economía agraria, pero mantuvo atado legalmente al campesinado -que esperaba su emancipación de los terratenientes- a la comuna, que recibió tierras de la nobleza en un modelo de propiedad en el que la comuna debía pagar una especie de hipoteca adquirida por el Estado, además de pagar impuestos, la que asignaba la tierra según el tamaño de los hogares campesinos en una lógica igualitaria. La comunidad campesina se consagró como la unidad de administración del campo, con tierras que representaban el 40%–50% del suelo agrícola hacia fines del siglo XIX. Como las técnicas agrícolas eran atrasadas y la productividad baja, según subraya Orlando Figues en su “Historia de Rusia”, la deuda que ahogaba la economía campesina terminó abolida en el año revolucionario de 1905, el primer gran embate, aunque derrotado, contra el zarismo y su autocracia centralizada de la nobleza terrateniente cristiano-ortodoxa en un extenso imperio multiétnico.
A la vez, Lenin constataba que no se podía contar en Rusia con una clase obrera organizada, educada y con consciencia de sí misma, ni menos mayoritaria, en medio de una sociedad incipientemente industrial pero aún predominantemente rural y con resabios feudales. Su conclusión, subrayada en el libro “Qué Hacer” de 1902, fue que la revolución era tarea de un partido de cuadros disciplinados llamados a sintetizar y proyectar los intereses del proletariado desde una condición de vanguardia organizada, aunque debía buscar alianzas con el campesinado mayoritario, del que desconfiaba. También lo hacía de la democracia representativa, que en las condiciones de Rusia no reflejaría los intereses de la minoritaria clase obrera. Además, la vía parlamentaria no tenía sentido para él en el imperio de los Zares, que siempre rechazaron la idea de una monarquía constitucional, aunque Lenin favoreció la participación en el parlamento (la Duma) establecido en los períodos de cierta apertura política después de 1905.
Su visión de la organización del orden político no era desde luego nada que se pareciera a la de no-interferencia del Estado sobre la sociedad de tipo liberal. Pero tampoco a la de tipo democrático-republicano que promueve la libertad como “no-dominación”, basada en instituciones con representación plural de la ciudadanía a través del voto en un régimen de derecho, tanto con separación de poderes para impedir despotismos como con sujeción de los poderes económicos privados para evitar dominaciones plutocráticas. Le era ajena la idea de que en el seno de una democracia social se podían arbitrar los intereses con garantías para una igual libertad de la ciudadanía mediante derechos económico-sociales consagrados por mayorías articuladas en un “bloque histórico”, en la expresión del italiano Gramsci. La visión de Lenin era subrayar el carácter de clase del Estado, que consideraba era básicamente un “producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase” y un “instrumento de explotación de la clase oprimida”, lo que efectivamente era en la Rusia de su época.
Lenin tomó partido por buscar controlar el Estado para el proletariado, única clase que entendía podía llevar a una sociedad sin explotación -siguiendo la teoría primigenia de Marx- a través en su caso de una organización de vanguardia que arrebatase el poder mediante una revolución a los terratenientes y a la burguesía: “la revolución consiste en… destruir el ‘aparato administrativo’ y toda la maquinaria del Estado, sustituyéndola por una nueva”, en su interpretación de la idea de una dictadura del proletariado. En este sentido, Lenin se inscribe en la tradición de Maquiavelo sobre cómo funciona el poder, que sostuvo que “el príncipe debe hacerse temer de manera que si le es imposible ganarse el amor del pueblo consiga evitar el odio”, pues postulaba que ser valorado depende de la gratitud ajena, en condiciones en que los seres humanos, en su visión, son “volubles e ingratos”, concluyendo que “por eso, todos los profetas armados han salido victoriosos, y todos los profetas desarmados han sido destruidos”. No obstante, Lenin consideró menos otro consejo de Maquiavelo : «hay que tener en cuenta que no hay nada más difícil de llevar a cabo, ni más dudoso en cuanto a su éxito, ni más peligroso de manejar, que iniciar un nuevo orden de cosas»
El Estado para Gramsci, en cambio, debía entenderse como una relación social compleja en la que una clase dirige y domina pero combinando coerción y consenso, a través tanto del aparato político como de la sociedad civil, y que el poder moderno no se mantiene solo por la fuerza sino porque resulta legítimo para la mayoría. Subrayaba Gramsci que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos: como dominio y como dirección intelectual y moral”.
El diagnóstico de Lenin era en todo caso que una revolución proletaria no era estratégicamente viable en una Rusia atrasada y aislada de Europa. Pero postulaba que su tarea era iniciarla contra viento y marea y luego converger con el resto de una Europa revolucionaria. Lenin desarrolló su estrategia de toma del poder siempre a la espera de la revolución proletaria alemana, que consideraba indispensable para el destino de Rusia, incluso a pesar del vuelco nacionalista de las socialdemocracias en la primera guerra mundial. Esto lo empujó a romper con ellas en nombre del internacionalismo proletario y a dividir al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, separándose de los mencheviques (minoría) de Yuli Mártov y Pável Axelrod, grupo que consideraba incompetente para la tarea revolucionaria. Lideró con decisión inquebrantable la acción del ala bolchevique (mayoría) al volver a Rusia desde el exilio en marzo de 1917, luego de la caída del Zar en la revolución de febrero. Esta fue fruto de los retrocesos rusos en la guerra contra Alemania y la descomposición de la economía y del entonces mayor ejército del mundo, lo que terminó arrastrando a la monarquía de los Romanov, que gobernaba desde 1613.
Lenin unió a los bolcheviques con un discurso radical y realizó una alianza con Trotsky, el brillante tribuno y presidente (ya lo había sido en 1905) del consejo de delegados obreros —y más tarde también de soldados— llamado soviet, instancia que actuó de manera decisiva como órgano de representación y poder revolucionario de San Petersburgo, la entonces capital del Imperio. Trotsky se unió al grupo de Lenin -antes se había mantenido al margen de la disputa entre mencheviques y bolcheviques- en agosto de 1917. Su teoría de la “revolución permanente”, que sostenía que la burguesía rusa era débil y dependiente, por lo que la clase obrera podía tomar el poder y avanzar hacia medidas socialistas una vez derrocada la monarquía, convergía con la posición de Lenin. Ambos coincidieron en no apoyar al gobierno provisional, exigir “todo el poder a los soviets” y rechazar la continuación de la guerra con Alemania y sus aliados. Finalmente, organizaron la insurrección de octubre contra el gobierno provisional en un momento de crisis, apoyados en el soviet y en soldados y marineros, en contra de la opinión de una parte de la dirección bolchevique, que la consideraban una acción prematura.
Las exhortaciones de Lenin de septiembre de 1917 en adelante a que la dirección bolchevique organizara inmediatamente una insurrección armada para derrocar al Gobierno provisional, fueron al principio frontalmente rechazadas por el resto del Comité Central bolchevique. Semanas después de la negativa de los socialistas moderados a su propuesta de compromiso, los cuadros bolcheviques continuaron sin embargo negociando y planteando iniciativas para buscar un modo de formar un gobierno pluripartidista acordado con las otras corrientes socialistas para asegurar una base social lo más amplia posible para la ruptura antiburguesa. Hacia el 10 de octubre, el estancamiento de las negociaciones con los moderados, unido a las nuevas iniciativas del gobierno de Kérenski para restaurar el orden, llevó a la mayoría del Comité Central a aceptar finalmente el argumento de Lenin sobre la necesidad de una insurrección armada. El partido tendría que avanzar hacia la instauración de un régimen soviético a pesar de la incertidumbre del apoyo de otras corrientes socialistas y/o de sus bases. Como Lenin, la mayoría del partido confiaba en que tras asumir el poder, serían capaces después de ganarse a las amplias masas de campesinos, una dinámica que era vista con esperanza por la creciente colaboración entre bolcheviques y Socialistas Revolucionarios, ampliamente mayoritarios entre el campesinado.
Siguiendo a Eric Blanc, esto no significaba, sin embargo, que la dirección bolchevique estuviera de acuerdo con el énfasis de Lenin de que el partido organizara una insurrección semanas antes del próximo Segundo Congreso pan-ruso de Soviets. Los bolcheviques trataron por el contrario, bajo el liderazgo de Trotsky, de promover el derrocamiento del gobierno por medio de un enfoque más cauto y defensivo que vinculara las acciones armadas a la legitimidad del Soviet, a sus instituciones y a su Segundo Congreso. A la postre, fue este último método el que prevaleció, aunque Lenin tuvo un importante papel en darle a las maniobras militares un carácter ofensivo horas antes de que el Segundo Congreso se inaugurara el 25 de octubre.
En el Comité Central bolchevique, Kámenev y Zinóviev votaron en contra de la resolución del 10 de octubre y empezaron a hacer campaña en contra de la insurrección armada en la prensa no-bolchevique. La esencia de su argumento –que era compartido por muchos cuadros bolcheviques de todo el Imperio– era que el proletariado y su partido estaban demasiado aislados para una insurrección armada existosa. Señalando la importancia de la próxima Asamblea Constituyente, afirmaban que el tiempo corría ahora en favor de los obreros pues “la posición de los partidos pequeño-burgueses […] no será la misma que ahora”. La presión desde abajo “les presionará aún más a ellos y les forzará a aliarse con el partido proletario frente a los terratenientes y los capitalistas representados por el partido kadete”. Como demuestran los meses de debate anteriores, no había una respuesta obvia a la cuestión de si y cuándo deberían ser abandonados los intentos de llegar a un acuerdo con los socialistas moderados. Además, en las circunstancias concretas de octubre de 1917 había una significativa tensión entre la insistencia de principio del partido bolchevique en la hegemonía proletaria en la lucha por el poder soviético y el deseo compartido por obreros y militantes de instaurar un régimen del pueblo trabajador con una amplia base. Lenin, Trotsky y el Comité Central bolchevique no habían abandonado este último objetivo, pero su realización práctica se basaba ahora más en una apuesta por desarrollos futuros que en una certeza política. A pesar de su oposición inicial a la organización de una insurrección armada, Kámenev y Zinóviev acabaron en puestos clave durante la fundación del nuevo régimen soviético: Kámenev fue elegido presidente del Comité Ejecutivo Central del Soviet y Zinóviev fue editor de Izvestia, el periódico de la dirección del Soviet. Que la insurrección de octubre fuera en realidad tan defensiva, tan vinculada a la legalidad soviética, significaba que las esperanzas de los bolcheviques moderados en llegar a un acuerdo con amplios sectores de los SR y los mencheviques aún no estaban perdidas.
Las medidas que se tomaron en octubre y en los meses siguientes fueron vistos como algo que completaba la revolución democrática o como acciones fundamentalmente defensivas dirigidas a preservar la revolución en las nuevas circunstancias. Aunque cuadros bolcheviques de alto rango empezaron a identificar explícitamente la revolución rusa como socialista tras la insurrección de octubre –particularmente en los debates acerca de la incorporación de Socialistas Revolucionarios y mencheviques al gobierno, la firma de una paz separada con Alemania o en torno a la Asamblea Constituyente– sólo a principios de 1918 se convirtió esta fórmula en la usada de forma general en el partido y en el gobierno.
La revolución alemana no ocurrió ni antes ni después de que Lenin y Trotsky organizaran el asalto al Palacio de Invierno de octubre de 1917, a pesar de la caída de la monarquía prusiana en noviembre de 2018. Contrariamente a su defensa posterior del “socialismo en un solo país”, Stalin afirmaba igualmente en 1917 que “la revolución rusa no es algo aislado. Está íntimamente ligada al movimiento revolucionario de Occidente… sólo en alianza con los obreros de Occidente, sólo sacudiendo las bases del capitalismo en Occidente se puede contar con el triunfo de la revolución en Rusia”. Como Trotsky, afirmaba explícitamente que sin el apoyo de las revoluciones en otros países, no solo la revolución socialista, sino incluso la misma supervivencia de la revolución rusa sería imposible.
Como con la revolución europea, hubo también un consenso entre los bolcheviques en lo relacionado con el control obrero y la expropiación de la propiedad capitalista. Estaban a favor del primero, pero no del segundo (hasta la revolución en Occidente). Los “pasos hacia el socialismo” de Lenin en sus Tesis de Abril no incluían la expropiación parcial o total de la industria capitalista. Lenin planteaba que “no podemos sostener que el socialismo debe ser implantado, eso sería el mayor de los disparates. […] La mayoría de la población de Rusia está formada por campesinos, por pequeños agricultores que no pueden tener idea de lo que es el socialismo”. Lenin y la dirección bolchevique trataron de llegar a algún tipo de acuerdo con los dueños de la industria durante meses después de octubre. Sin embargo, como Trotsky había predicho en 1906, tras liderar a los obreros al poder, los bolcheviques se vieron obligados a ir mucho más allá de lo que habían planeado en un principio. El sabotaje económico y la resistencia política de los propietarios llevó a una ola de expropiaciones obreras. La dinámica de la guerra civil arrastró al partido a las nacionalizaciones de la principales industrias en la segunda mitad de 1918. Aunque no parecía haber otra opción viable en aquel contexto, esta ola de nacionalizaciones agravó el colapso catastrófico de la producción y llevó a un aumento de una burocracia de Estado con privilegios.
Lenin sostuvo en la etapa inicial que los principales aliados de los obreros y en el futuro poder estatal serían los campesinos pobres y los trabajadores agrícolas. Esta posición apuntaba en dirección a la “hegemonía proletaria” en el gobierno revolucionario, una forma de poder que Lenin tendía a describir a lo largo de 1917 como un gobierno de obreros y campesinos pobres. Varios bolcheviques y la gran mayoría de mencheviques vieron la posición del Lenin como algo equivalente a la revolución socialista, aunque Lenin afirmaba que era “plenamente posible” todavía que la pequeña-burguesía y sus representantes rompieran con la burguesía y tomaran el poder del Estado junto con el proletariado. Los bolcheviques fueron la principal fuerza en las acciones armadas que derrocaron al Gobierno provisional el 25 de octubre, pero nadie sabía de antemano si tendrían una mayoría absoluta o solo una mayoría simple en el Segundo Congreso pan-ruso de Soviets. La inmensa mayoría de los delegados apoyaron darle todo el poder a los soviets, aunque los bolcheviques tuvieran algo menos de la mayoría absoluta (300 de 667 delegados). Las corrientes no-bolcheviques podrían haber ejercido una influencia considerable en el Congreso (que fue presidido por Kámenev) y en el nuevo gobierno. Aunque Lenin había defendido un gobierno exclusivamente bolchevique, los delegados bolcheviques aceptaron unánimemente la propuesta que hizo Mártov en la sesión inaugural de formar un amplio poder socialista pluripartidista. Pero la idea de crear algún tipo de régimen soviético amplio fue pronto frustrada por la salida de los moderados y el rechazo de cualquier otra corriente política de participar en el recién formado gobierno.
El deseo de los bolcheviques de evitar el aislamiento se expresó, sin embargo, en que el nuevo gobierno asumiera el programa agrario eserista y su incorporación al gobierno como socio en minoría unas semanas después. A nivel local y regional, el recién formado gobierno soviético incluía un gama aún más amplia de tendencias. Sólo en el transcurso de 1918 fueron destruidas estas alianzas bajo las tempestades de la intervención extranjera, la guerra civil y el colapso económico.
Formalmente, el nuevo gobierno encabezado por Lenin (el Sovnarkom formado por los Comisarios del Pueblo) fue creado por el Congreso de los Soviets. Los decretos gubernamentales se legitimaban como emanación de este poder social, aunque los Soviets no gobernaban. El nuevo sistema político tenía al Congreso de los Soviets como órgano supremo, pero el Sovnarkom dirigido por Lenin y el partido bolchevique era el gobierno efectivo. Se creó así rápidamente el primer partido-Estado, mientras los soviets pasaron progresivamente de ser órganos activos de representación y deliberación de obreros, soldados y campesinos a estructuras subordinadas al partido gobernante, en una primera etapa aliado a los socialistas revolucionarios de izquierda, pero progresivamente transformado en partido único.
Lenin tomó la decisión en enero de 1918 de disolver la asamblea constituyente previamente convocada, en la que los bolcheviques resultaron minoritarios. Lo hizo en nombre de la idea del interés histórico del proletariado como clase portadora de una misión de emancipación universal, representada por el partido bolchevique, el que debía prevalecer por sobre la mayoría ciudadana en una sociedad aún atrasada y con población mayoritariamente campesina. No obstante, Lenin mantuvo la democracia interna en su partido, aunque en 1920 defendió que “la disciplina más severa, verdaderamente férrea, es necesaria en el partido del proletariado revolucionario, para que éste pueda cumplir su misión” y en 1921 propuso que se eliminaran las “fracciones”. Decidió además llamarlo ya no “socialdemócrata” sino que “comunista”, aludiendo su finalidad última de alcanzar una sociedad sin clases.
Lenin sufrió un atentado en 1918, que lo dejó con secuelas de las que no se recuperó del todo, mientras el régimen que dirigía tuvo que sortear grandes dificultades en una prolongada y cruenta guerra civil contra los zaristas y el resto de partidos rusos, apoyados por las potencias europeas, Estados Unidos y Japón. No dudó en anudar alianzas externas, que incluyeron reconocer la independencia de Ucrania -hecho hoy recriminado por Putin- pero tampoco en reprimir sin contemplaciones a sus enemigos en armas, lo que incluyó apoyar la ejecución del Zar y su familia en 1918 frente a un posible rescate desde su lugar de confinamiento, junto a suspender todo pluralismo en el sistema político, salvo hasta cierto punto en su partido. Liderar el naciente Estado soviético con una fuerte verticalidad del mando le valió pasar a la historia como un dirigente político implacable a la hora de conquistar y conservar el poder.
No debe dejar de mencionarse la aguda crítica de Rosa Luxemburgo a Lenin y Trotsky al dirigirse a ellos en 1918, poco antes de ser asesinada por la policía, en un texto desde la prisión alemana cuestionando la disolución de la asamblea constituyente en Rusia:
sin elecciones generales, una prensa no cohibida, la libertad de asociación y la libre lucha de las opiniones, la vida de toda institución pública desaparece, se convierte en una vida ficticia en la que la burocracia se mantiene como el único elemento activo. La vida pública comienza a adormecerse, unas docenas de líderes de partido, de energías inagotables e idealismos sin límites, dirigen y gobiernan, debajo de ellos hay una docena de cabezas sobresalientes que dirigen de verdad y una élite de obreros, convocada de vez en cuando a las asambleas, para aplaudir los discursos de los líderes, aprobar en forma unánime las resoluciones presentadas, es decir, en el fondo, una sociedad de camarillas – de hecho una dictadura, aunque no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos - una dictadura en el sentido burgués puro, en el sentido del dominio de los jacobinos.
Agregaba Rosa Luxemburgo afirmaciones premonitorias:
Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares... Es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión...La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente.
Al terminar la guerra civil, ya hacia el final de su vida, Lenin no modificó el sistema político pero tuvo la lucidez, en otro plano, de dar un vuelco a la etapa del “comunismo de guerra” de férrea planificación central, heredada de los mecanismos de la economía de guerra zarista, para dar lugar a la “nueva política económica” en 1921, con espacios para los mercados y para agentes privados con el objetivo de reanimar una economía exhausta y una población sometida a graves privaciones. Lenin entendía que este esquema debía prolongarse durante largo tiempo, al menos hasta que existieran bases materiales y capacidades de gestión suficientes para una socialización más completa de la economía. Esta fue una suerte de prolegómeno de la política china postmaoista de Deng a partir de 1980.
Después de octubre de 1917, se había abolido la propiedad privada de la tierra, sin indemnización, la que pasó a ser “propiedad de todo el pueblo”. Con la Constitución soviética de 1918, quedó definida como estatal, con prohibición de compra, venta o arriendo, pero con su uso entregado a los campesinos siguiendo normas igualitarias en un contexto en que representaban el 80% de la población. No se creó inmediatamente una agricultura estatal o colectiva, sino más bien se produjo una redistribución masiva desde los terratenientes a los campesinos, que ya disponían de las tierras comunales. En ellas no se asignaba la tierra a individuos sino a hogares familiares y se dividía en parcelas estrechas ubicadas en distintos campos para repartir calidades de suelo y compartir riesgos climáticos.
El objetivo principal de la política de Lenin desde 1921 (y que duró hasta 1928) fue permitir la producción mercantil en el campo, junto al comercio privado con las ciudades, así como autorizar la entrada de capital extranjero mediante empresas mixtas entre el Estado soviético y capitalistas foráneos. Tras el fin del “comunismo de guerra”, los campesinos decidían qué producir, poseían sus herramientas y ganado y vendían sus productos en un mercado agrícola legalizado, en base a la propiedad privada sobre el producto y los medios de producción, aunque no sobre la tierra. Se reemplazó la requisición forzosa por un impuesto en especie y luego monetario. Durante la NEP, las familias campesinas explotaban parcelas propias y vendían excedentes en el mercado, mientras las comunidades agrarias tradicionales siguieron existiendo, pero perdieron peso frente a la unidad familiar campesina y se dio lugar a una estructura agraria diferenciada entre campesinos pobres (frecuentemente asalariados), medios (autosuficientes y base del sistema de la NEP) y “kulaks” más ricos (con capacidad de contratación y acumulación). El resultado de la política de Lenin fue una recuperación de la producción y de los ingresos, bajo el aserto de que
hay que combinar la máxima fidelidad a las ideas comunistas con la capacidad de adaptarse a todas las formas de lucha, a todas las instituciones, a todas las condiciones.
Estas orientaciones de la NEP representaron un claro alejamiento de la inicial estatización general de los medios de producción, que se entendía era el objetivo económico del nuevo régimen. Lenin había insinuado la idea del capitalismo de Estado en 1918, pero en 2022 propuso distinguir el capitalismo de Estado bajo condiciones capitalistas y el capitalismo de Estado bajo condiciones socialistas, con funciones económicas que se delegan a capitalistas para aumentar la producción. Sostuvo que en 1918
pensaba que el capitalismo de Estado suponía un paso adelante comparado con aquella situación económica de la República Soviética y explicaba más adelante esta idea, enumerando simplemente los elementos del régimen económico de Rusia. Estos elementos eran, a mi juicio, los siguientes: “1) economía campesina patriarcal, es decir, natural en grado considerable; 2) pequeña producción mercantil (en ella se incluye la mayoría de los campesinos que venden cereales); 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado, y 5) socialismo”. Todos estos elementos económicos existían a la sazón en Rusia. Entonces me planteé la tarea de explicar las relaciones que existían entre esos elementos y si no sería oportuno considerar alguno de los elementos no socialistas, a saber, el capitalismo de Estado, superior al socialismo. Repito: a todos les parece muy raro que un elemento no socialista sea apreciado en más y considerado superior al socialismo en una república que se proclama socialista. Pero comprenderéis la cuestión si recordáis que nosotros no considerábamos, ni mucho menos, el régimen económico de Rusia como algo homogéneo y altamente desarrollado… El Capitalismo de Estado, aunque no es una forma socialista, sería para nosotros y para Rusia una forma más ventajosa que la actual. ¿Qué significa esto? Significa que nosotros no sobrestimábamos ni las formas embrionarias, ni los principios de la economía socialista, a pesar de que habíamos hecho ya la revolución social; por el contrario, entonces reconocíamos ya, en cierto modo: sí, habría sido mejor implantar antes el capital…Durante la revolución hay siempre momentos en que el enemigo pierde la cabeza, y si lo atacamos en uno de esos momentos, podemos triunfar con facilidad. Pero esto aún no quiere decir nada, puesto que nuestro enemigo, si posee suficiente dominio de sí mismo, puede agrupar con antelación sus fuerzas, etc. Entonces puede provocarnos con facilidad para que lo ataquemos, y después hacernos retroceder por muchos años. Por eso opino que la idea de que debemos prepararnos para un posible repliegue tiene suma importancia.
Lenin había tomado nota del descontento popular:
En 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, nos enfrentamos con una gran crisis política interna -yo supongo que la mayor- de la Rusia Soviética. Esta crisis interna puso al desnudo el descontento no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros… ¿A qué se debía esta situación tan original y, claro es, tan desagradable para nosotros? La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros aún no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después, reconocimos: que el paso directo a formas puramente socialistas, a la distribución puramente socialista, era superior a las fuerzas que teníamos y que si no estábamos en condiciones de replegarnos, para limitarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota.
Lenin pensaba que era necesaria una etapa basada en lo que hoy suele denominarse una “economía mixta”, que consideró desde 1921 se debía mantener por un largo período. Pero esto debía excluir todo control capitalista sobre las decisiones políticas: “el capitalismo de Estado es un capitalismo que seremos capaces de contener, y cuyos límites podremos fijar”, en una etapa transitoria para liberar las fuerzas productivas que podía desactivarse y revertirse. Su perspectiva era la de mantener estas políticas hasta que los nuevos cuadros estatales aprendiesen a gestionar la economía tan eficientemente como los capitalistas.
No obstante, sus notas privadas, redactadas poco antes de morir, son bastante lapidarias sobre su evaluación del régimen soviético:
En cinco años es imposible por completo reformar el aparato en medida suficiente, sobre todo atendidas las condiciones en que se ha producido nuestra revolución. Bastante es si en cinco años hemos creado un nuevo tipo de Estado en el que los obreros van delante de los campesinos contra la burguesía, lo que, considerando las condiciones de la hostil situación internacional, es una obra gigantesca. Pero la conciencia de que esto es así no debe en modo alguno cerrarnos los ojos ante el hecho de que, en esencia, hemos tomado el viejo aparato del zar y de la burguesía y que ahora, al advenir la paz y cubrir en grado mínimo las necesidades relacionadas con el hambre, todo el trabajo debe orientarse al mejoramiento del aparato.
Y agregaba:
¿No será de ese mismo aparato ruso que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo, habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo soviético?… Nosotros llamamos nuestro a un aparato que en realidad nos es aún ajeno por completo y constituye una mezcla burguesa y zarista que no ha habido posibilidad alguna de superar en cinco años, sin ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las “ocupaciones” militares y la lucha contra el hambre. En estas condiciones es muy natural que la “libertad de separarse de la unión”, con la que nosotros nos justificamos, sea un papel mojado incapaz de defender a los no rusos de la invasión del ruso genuino, chovinista, en el fondo un hombre miserable y dado a la violencia como es el típico burócrata ruso. No cabe duda que el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como la mosca en la leche…Nosotros, los integrantes de una nación grande, casi siempre somos culpables en el terreno práctico histórico de infinitos actos de violencia; e incluso más todavía: sin darnos cuenta, cometemos infinito número de actos de violencia y ofensas.
Fruto de ese análisis, con su salud ya muy debilitada, Lenin tuvo la lucidez de pedir a su partido la destitución de Stalin de la secretaría general, el georgiano rudo a quien había puesto en ese cargo por su eficiencia burocrática en el período más duro. Stalin no publicó el “testamento de Lenin” al momento de muerte, que se conocería solo en 1956, en el que señalaba que
Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva.
Stalin desplazó -lo que logró con alianzas con líderes bolcheviques que luego traicionaría- a un Trotsky desgastado y enfermo. Lenin le ofreció a éste último ser una suerte de primer ministro al inicio de la revolución, cargo que rechazó -según la biografía de Robert Service- al considerar que eso era imposible en Rusia por su condición de judío, a lo que Lenin retrucó que la revolución se había hecho para terminar con las discriminaciones. Trotsky, como “comisario del pueblo”, fue en todo caso el ministro de relaciones exteriores nombrado por Lenin que negoció la paz con Alemania primero y luego el ministro de defensa que formó y condujo con arrojo y determinación al Ejército Rojo hasta ganar la guerra civil, apoyado en oficiales profesionales como Mijail Tujachesvky.
Pero en definitiva Stalin logró tomar el poder luego de la muerte de Lenin en 1924 a los 53 años, y terminó asesinando por etapas a todos los dirigentes originales de la revolución de 1917, incluyendo a Trotsky, Zinoviev, Kamenev y Bujarin, y afianzando su dominación despótica sobre el partido único y sobre el país en base al terror (sobre el estalinismo se puede leer aquí). Dogmatizó a Lenin hasta el extremo en la codificación del llamado “marxismo-leninismo”, que extendió a los partidos comunistas en el resto del mundo, lo que rechazó, entre muchos otros partidos socialdemócratas y de izquierda, el Partido Socialista de Chile, que había sido fundado en 1933 como reacción, entre otros factores, a la estalinización del PC de Recabarren. Ya en 1947 el Partido Socialista de Chile declaró en su programa refiriéndose a la URSS, que:
en ningún caso acepta la estatización burocrática del poder económico, porque ello conduce necesariamente a la esclavitud política de la clase trabajadora… El socialismo defiende el sentido internacional del movimiento revolucionario de los trabajadores y no puede aceptar, por lo tanto, que se pretenda ponerlo al servicio de los intereses económicos, diplomáticos o estratégicos de ningún Estado nacional.
Stalin realizó en 1929–1933 un vuelco radical hacia la recentralización económica, rompiendo con la NEP de Lenin al precio de sacrificar las condiciones de vida de los obreros y sobre todo de los campesinos, para orientar de manera brutal sus excedentes productivos hacia el fortalecimiento de la industria pesada. Terminó por estatizar toda la economía, lo que incluyó la colectivización forzada del campo en granjas colectivas y estatales, con control operativo directo del Estado de la producción agrícola.
Stalin cometió crímenes masivos para afianzar su control del partido-Estado, con millones de muertes y una hambruna campesina inicial generalizada. Cometió también errores estratégicos sustanciales, como masacrar en los años 1930 a la mayor parte de la oficialidad de su ejército -empezando por su comandante Tujachevsky- y realizar un pacto con Hitler en 1939, que éste incumplió lanzándose a la conquista de Rusia en 1941, en medio del desconcierto y paralización inicial de Stalin. La URSS terminó ganando la guerra contra los nazis gracias a un esfuerzo y sacrificio gigantesco del pueblo soviético y a la habilidad de los generales sobrevivientes a las purgas, junto a la alianza con los gobiernos capitalistas de Estados Unidos y Gran Bretaña. El Ejército Rojo logró conquistar una sustancial área de influencia en Europa del Este, la mayor que haya tenido Rusia en su historia, lo que inspira la nostalgia de Putin y sus seguidores en la actualidad, y que incluyó a una parte de Alemania. Pero esto no ocurrió mediante una revolución como la que postulaba Lenin, sino a través de una conquista y ocupación militar.
A la postre, la lección histórica es que Lenin pavimentó el terreno a Stalin al construir un sistema político autoritario y de partido único sin contrapesos contra una deriva tiránica y de centralización burocrática sistemática. Además de la observaciones citadas de Rosa Luxemburgo, ya el joven Trotsky había criticado en 1904 de manera premonitoria las formulaciones de Lenin sobre el partido del proletariado disciplinado y centralizado, con militantes profesionales que instruyeran ideológicamente a los obreros y tradujeran las demandas inmediatas en objetivos revolucionarios de largo plazo:
estos métodos conducen a que la organización del partido sustituya al partido, el comité central sustituya a la organización del partido y, finalmente, a que un dictador sustituya al comité central.
Pero cabe señalar que Lenin no compartía suprimir la democracia interna en el “partido del proletariado” y su proyecto no era el del “socialismo en un solo país” de Stalin. Este se asimiló a una forma de “despotismo asiático” como el descrito en los escritos de Marx, que asociaban este despotismo a un Estado propietario supremo o árbitro de la tierra y comunidades rurales sin una propiedad privada dinámica como en Europa, en que la burocracia centralizada organiza la producción y recauda tributos con un poder autocrático poco mediado por clases autónomas, con la consecuencia histórica de un estancamiento relativo. La URSS bajo Stalin no produjo una emancipación proletaria y campesina sino un régimen de dominación e hiperestatización burocrática, muy lejos del autogobierno de una sociedad en que han sido abolidas las clases sociales y ha desaparecido el Estado como aparato de dominación, reemplazado por una forma de organización social sin coerción política tras una fase de transición en la que el proletariado ejerce el poder para eliminar la dominación de clase en un Estado transitorio y en extinción, tal como fueron postulados como objetivo del comunismo por Lenin en su libro “El Estado y la Revolución” de 1917. En ese texto, explicaba que:
“La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta… Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado… El Estado se extingue en la medida en que desaparecen las clases… Sólo en la sociedad comunista, cuando la resistencia de los capitalistas ha sido ya definitivamente quebrantada, cuando han desaparecido los capitalistas, cuando no hay clases (es decir, cuando no hay diferencias entre los miembros de la sociedad en cuanto a su relación con los medios sociales de producción), sólo entonces ‘desaparece el Estado y se puede hablar de libertad’… Mientras exista el Estado, no habrá libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado… La democracia, llevada hasta sus últimas consecuencias, se convierte en superflua cuando desaparecen las clases.
Entretanto,
abolir la burocracia de inmediato, por completo y en todas partes, es imposible. Es una utopía. Pero destruir la vieja maquinaria burocrática de inmediato y comenzar a construir una nueva… eso no es una utopía.
En el proceso de construir esa nueva maquinaria, el legado revolucionario de Lenin derivó en la historia rusa en el estalinismo, que orientó el proceso de construcción de una nueva sociedad post zarista hacia una herencia del despotismo oriental que denunciaba Marx, con un régimen político y económico dominado por estamento burocrático que sustituyó a la nobleza y a la monarquía, aunque su dominio sobre la sociedad también terminó colapsando en el largo plazo.
Algunos marxistas actuales suelen distinguir con razón entre el Lenin analista del capitalismo y del imperialismo y conductor de la estrategia revolucionaria contra el zarismo, y el “leninismo” como modelo dictatorial de partido-Estado y de ideología dogmática y excluyente. Es de esperar que éste no sea el que reivindican ahora Lautaro Carmona y el PC, y que ese partido no persista en su alineación internacional con la Rusia de Putin en vez de mantener una no alineación latinoamericana con las potencias hegemónicas. Si fuera el caso, las posibilidades de cohesión de largo plazo de un proyecto político plural de la izquierda chilena no se pueden considerar como demasiado auspiciosas, aunque en el corto plazo pueda y deba haber una unidad de acción suficientemente armonizada frente al adversario común, la extrema derecha portadora de la voluntad de concentrar todavía más el poder en Chile en la minoritaria oligarquía económica.


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