Venezuela sufre
El mayor terremoto desde 1900, siete altos edificios colapsados en Caracas, muchos más en la costa adyacente de La Guaira, casas y construcciones dañadas en muchas partes, cientos de víctimas mortales y miles de heridos. Venezuela, un país con gente acogedora y alegre, enfrenta ahora una tragedia enorme, que se agrega a los sufrimientos de los últimos años que han llevado a una cuarta parte de la población a emigrar. Y cuyo presidente, independientemente de la legitimidad que había perdido al no reconocer su derrota en las elecciones, fue secuestrado por el Estados Unidos de Trump, que somete desde enero a Venezuela a una condición de semi-protectorado para adueñarse de su petróleo.
Veo los fragmentos de reportajes visuales, empezando por las destrucciones en el aeropuerto de Maiquetía. No puedo dejar de recordar cuando a fines de 1973 llegábamos a ese aeropuerto mi madre, mi hermano menor y yo mismo. Veníamos de Bogotá, donde un avión militar nos había llevado desde Santiago con decenas de otras personas refugiadas en la embajada de Colombia y por petición de la embajada de Venezuela. En ella se encontraba asilado mi padre, ex ministro del presidente Allende requerido por la dictadura y al que no dejaron salir durante nueve meses. Los servicios de inteligencia colombianos intentaron devolvernos a Santiago, lo que impidieron los senadores liberales Jorge Valencia y Apolinar Díaz-Callejas (que constituyó el Comité de Solidaridad con Chile), maravillosas personas que se apersonaron en el aeropuerto en una tensa noche de larga espera. Luego estuvimos tres días acogidos con cariño en su casa por Jorge Valencia y su mujer. No podíamos permanecer allí y debíamos viajar a Caracas para intentar agilizar ante las autoridades la salida de mi padre de Chile, lo que hicimos.
Pero no conocíamos a nadie. Llegamos a Maiquetía, entonces una infraestructura pionera comparada con nuestro Pudahuel de la época, retiramos el par de maletas que traíamos y empezamos a caminar hacia la salida, sin saber mucho dónde ir. En ese instante, se acercaron tres personas. Eran Luis Lander y sus hijos Edgardo y Piojo, entrañables personas. El doctor Lander, que había sido un miembro de Acción Democrática perseguido y exiliado por la dictadura de Pérez Jimenez, había constituido un Comité de Solidaridad con Chile después del golpe, con ciudadanos de a pie. El gobierno de Caldera aceptó asilados, pero con distancia, por el vínculo con mantenía con Frei, que apoyaba entonces el golpe. Miembros de ese comité se turnaban en esos días para ir al aeropuerto por si llegaban desde Chile personas perseguidas.
Los Lander vieron la escena de una señora con un hijo de 16 años y otro de 12 que caminaban hacia la salida para ver que hacían. Se acercaron, preguntaron si éramos chilenos, nos identificamos. Resultó que Luis Lander sabía quien era mi padre, que había recorrido los países de América Latina como experto de la Cepal e Ilpes. Pero podríamos haber sido otras personas, pues para ellos se trataba de ayudar a quien lo necesitara, como hicieron generosamente con mucha gente, sin apoyo de ningún órgano estatal. Era solidaridad en estado puro. Nos llevaron a un pequeño hotel y desde entonces mantuvimos a través de los años una amistad y un agradecimiento invariable con esa familia. Permanecí un año en Venezuela hasta que, luego de pasar el bachillerato francés, pues venía de la Alianza Francesa en Chile, partí a estudiar economía a la universidad en París, donde fui admitido y permanecí por 6 años hasta que pude regresar a Chile. Pero fue aprovechando la impresionante biblioteca de Edgardo Lander, doctor en sociología en Harvard y profesor en la Universidad Central de Venezuela, y con su guía, donde tuve mi primera formación en variados temas.
Se comprenderá el agradecimiento que alguien como yo tiene con Venezuela y su gente generosa, dónde nacieron además dos sobrinas.
Veo otras escenas del terremoto y se menciona el barrio de Palos Grandes con edificios colapsados. Y me viene el recuerdo de que ese lugar había sufrido ya con un terremoto en 1968, lo que escuché cuando viví en ese barrio, acogido por el también entrañable Jorge Irisity, un uruguayo entonces exiliado en Caracas, colega en Cepal y amigo de mi padre, y su cariñosa mujer. Era la solidaridad entre latinoamericanos.
Lo que pasa ahora en Venezuela requiere de nosotros toda la solidaridad que se pueda en apoyo de su gente golpeada por el terremoto. Y también requiere, aunque esa es harina de otro costal, de una acogida mucho más fraterna a quienes han venido de ese país y de otros.
América Latina es mestiza y multicultural y ese es el futuro del mundo. Chile también es mestizo, aunque algunos no quieran reconocerlo y se refugian en el racismo y la xenofobia, como si sirviera para algo y tuviera algún sentido. La diversidad de raíces y de culturas será siempre una fuerza y no un defecto de un país que, como repito siempre, fue fundado por un argentino, José de San Martín, y por el hijo de un irlandés, Bernardo O’higgins. Que no se nos olvide.

