Un comentario sobre algunas nuevas prácticas en la política chilena
Los que llevamos muchos años en la actividad política, por opción y por la fuerza de las circunstancias, en mi caso desde 1972 y aunque mi profesión sea la de economista y profesor universitario, hemos visto muchos cambios en el cómo se practica. Algunos cambios son positivos, como también lo son aspectos de la evolución de la sociedad, mientras otros no lo son tanto. Respecto a éstos últimos destaco tres, referidos al campo progresista al que pertenezco, habida cuenta que la política se estructura en campos definidos por ideas e imaginarios y la representación de intereses de grupos sociales.
El primer cambio que se observa tiene que ver con la inclinación global de la sociedad hacia el individualismo negativo -el individualismo positivo puede ser fuente de creatividad e innovación al romper con lo usual y lo tradicional-, lo que en política se traduce en el peso ahora mayor de las ambiciones personales por sobre las ambiciones comunes, en este caso las que procuran la emancipación colectiva respecto a las explotaciones y discriminaciones injustas existentes. Las primeras siempre han existido, pero solían acompañarse de una cierta censura social y cultural, que ha tendido a desaparecer. Esto se refleja en los cambios no solo de posiciones políticas marcadas por la conveniencia y oportunidad, con frecuencia motivadas por la búsqueda de apoyos materiales de quienes disponen de la capacidad de proveerlos, sino también, en el extremo, en los traslados de personas de campo político cuando lo consideran conveniente para su interés individual. Los traslados suelen ocurrir hacia el poder constituido y hacia la derecha, que tiene más que ofrecer en los asuntos materiales, dado su sustrato de representación de los intereses económicos. Hay ejemplos recientes que son bastante penosos, por mucho que hayan existido puntualmente en toda época. Otra cosa distinta es la legítima evolución de opiniones y posiciones que se pueda tener a lo largo de la vida y que es propia de la libertad personal.
El segundo cambio es en parte una consecuencia de lo anterior, pero se aplica a acciones de orden colectivo: el paso de la búsqueda de sumar fuerzas para propósitos comunes, y de conformar coaliciones basadas en pactos y compromisos destinados a cumplirse, hacia una lógica grupal sin muchos escrúpulos del "quítate tú que ahora vengo yo", como en la canción de Rubén Blades. Esto se traduce en la cada vez mayor relevancia de tramas de poder en los partidos y organizaciones, a veces de composición variable, que, sin más consideraciones, buscan maximizar posiciones en cargos formales, sin propósitos muy distintos que ocuparlos y permanecer en ellos todo lo que se pueda. Ese es el programa, antes que actuar colectivamente para orientar la sociedad en un sentido u otro.
El tercer cambio es consecuencia de los dos anteriores y tiene que ver con cómo se razona y actúa para lograr objetivos. Ya no se trata de conectarlos con medios aceptables y útiles para alcanzarlos, modulados en el tiempo, sino de intentar hacer avanzar los objetivos de propia promoción con una lógica de inmediatez, aunque implique atropellar y descalificar a otros ocupando la “teoría del tal por cual”. Ya no se trata de sumar, convencer y ampliar audiencias en la construcción de mayorías para el cambio social, o de pactar y jerarquizar diferencias en función de un interés superior o de más largo plazo, sino del copamiento inmediato de espacios considerando a todo interlocutor distinto como obstáculo a ser desgastado y desplazado. De paso, ya no se necesita conformar equipos que elaboren los mejores diagnósticos posibles de la sociedad y de la conducta estratégica de sus actores, lo que supone cultivar y acumular conocimiento y debatir con espíritu crítico. Y tampoco de deliberar sistemáticamente sobre las trayectorias de acción posible para obtener transformaciones racionales en el tiempo, lo que supone aceptar las diferencias de opinión para enriquecer el debate. Antes bien, se privilegia las simplificaciones y la presencia con cualquier tema resonante en las redes sociales, en una lógica de manipulación emocional y, en su caso, de matonaje verbal más o menos rudo. Este modo de actuar puede tener alguna eficacia temporal, pero suele terminar a la postre con consecuencias no buscadas de distinta índole y, en muchos casos, consiguiendo lo contrario de lo que busca.
No todo tiempo pasado fue mejor, ni mucho menos. Pero se necesita ahora en el progresismo ser más firme con el avance del “individualismo negativo”, del "quítate tú que ahora vengo yo" y de la "teoría del tal por cual" si se trata de hacer avanzar a la sociedad chilena en un sentido más democrático e igualitario, en base a una prosperidad compartida ambientalmente sostenible y que procure un enriquecimiento cultural colectivo y diverso. De otro modo, será difícil lograr mínimos grados de eficacia política frente al campo conservador y oligárquico y a sus representaciones, que se hacen más agresivas y autoritarias en su afán de conseguir la totalidad del poder en la sociedad. A esa aspiración nunca renuncian, pues consideran impropiamente que el poder les pertenece por naturaleza, por encima de las mayorías sociales, de la soberanía popular y de la decencia común, para cuya defensa nacieron precisamente las instituciones democráticas.

El individualismo negativo es lo que más se ve en la vida cotidiana, en la calle, en el metro, en mi edificio de departamentos (Santiago centro). Estoy de acuerdo que también existe un individualismo positivo, por ejemplo, en poetas como Enrique Lihn o Nicanor Parra (a pesar de algunas de sus posturas politicas), un filosofo como Michel Foucault, etc.