“Tiene que haber una transformación muy profunda de la izquierda”
Manuel Antonio Garretón, sociólogo y premio nacional de Humanidades, dio una entrevista a Francisco Artaza publicada el domingo 3 de mayo en LT, la que requiere varios comentarios.
Además de formular, como siempre, interpelaciones estimulantes, en esta ocasión Manuel Antonio Garretón se suma al discurso dominante según el cual el progresismo no tendría modelo ni proyecto político de futuro, porque seguiría anclado en una visión de sociedad que ya no existe, y afirma perentoriamente que sin una “refundación” no hay destino para la izquierda.
De más está decir que las refundaciones son parte de tradiciones mesiánicas de larga data antes que de la práctica política de las izquierdas orientadas a gobernar y transformar en un sentido democrático e igualitario las sociedades en los tiempos largos de la historia. Otra cosa son las renovaciones en las ideas y los diagnósticos sociales y políticos, como la renovación socialista de los años 1980 de la que Garretón fue un insigne partícipe. En la actualidad, después de los dos gobiernos de Michelle Bachelet -que terminaron en gobiernos de la derecha de Piñera- y del gobierno de Gabriel Boric -que terminó en uno de la extrema derecha de Kast- se requiere una amplia renovación de los diagnósticos y las propuestas de futuro de las fuerzas progresistas y de izquierda. Pero no parece muy realista ni pertinente la idea de volver a refundarlas, sino antes bien la de reactualizarlas y renovarlas.
Garretón repite ahora aquello que es frecuente en una parte de los intelectuales chilenos, que postulan que nadie está entendiendo al mundo actual: “estamos en presencia de algo enteramente distinto. Estamos en el comienzo de nuevas formas civilizatorias a las cuales todavía no estamos acostumbrados, porque todavía vivimos con los esquemas de la sociedad anterior que ya no existe como tal”. Se trataría de “una nueva sociedad, con patrones distintos, básicamente sin instituciones, con un componente de horizontalidad enorme, que hace que todo lo que sea principio de autoridad tienda a diluirse”.
¿En qué diagnóstico se apoya una afirmación de esta envergadura? No es tan fácil encontrar evidencia de que haya en Chile una sociedad sin instituciones con una horizontalidad que diluye el principio de autoridad, más allá de alguna esfera puntual. Tampoco tiene mayor sentido sostener que “la izquierda todavía no ha asumido el hecho de que no estamos en la sociedad industrial, que estamos en otra sociedad”, o que ya “no es la sociedad capitalista industrial en la cual estaba claro el tema fundamental del trabajo, estaba claro el problema fundamental de las clases sociales, de las desigualdades”.
La tesis según la cual se han transformado radicalmente las bases de la acción política y de los movimientos sociales en Chile tiene como fundamento un diagnóstico particular del pasado y también del presente, que al parecer no considera que en Chile nunca hubo propiamente una sociedad industrial como en Europa, Estados Unidos o Japón, y tampoco un “fordismo periférico” como en Brasil, México o Argentina en la posguerra. Chile alcanzó una industrialización intermedia en América Latina, según la ONUDI, con sectores básicos modernos, pero sin la escala, diversificación ni profundidad tecnológica de Brasil y México, y por debajo de la tradición industrial argentina. Solo Brasil desarrolló un gran sector doméstico de fabricación de maquinaria, mientras los demás mantuvieron la dependencia de importaciones de bienes de capital. Eso describe la limitación industrial chilena: podía producir acero, electricidad, alimentos elaborados, textiles, celulosa, productos químicos y algunos bienes intermedios, pero no llegó a construir un núcleo fuerte de maquinaria y tecnología manufacturera propia. El rol de la minería (núcleo central de las exportaciones) y la agricultura permaneció siendo decisivo en el siglo XX, en medio de una urbanización con informalidad y marginalidad social significativa, que entre otras cosas influyó en la radicalización de los años 1960. La participación de la industria manufacturera pasó de un 22% del PIB a precios corrientes en 1960 a 27% en 1973, 19% en 1990, 15% en 2000, 10% en 2010 y a 9% en 2025, aunque ha duplicado su valor agregado a precios constantes entre 1996 y 2025. La participación de la minería en el PIB pasó de 6% en 2000 a 13% en 2025 y la de la agricultura del 4% al 3%. Los servicios son los que han experimentado una mayor expansión, lo que también ocurre con el empleo.
Tampoco en el pasado los movimientos sociales se restringieron al movimiento obrero y sindical articulado a partidos, y tuvieron diversas formas de representación, incluyendo las de tipo populista como la que representó Ibáñez o momentos de violencia popular inorgánica, como el 2 de abril de 1957. Según datos de la Dirección del Trabajo, desde fines de los años 1930 hasta mediados de los años 1960, la tasa de sindicalización osciló entre un 10% y un 15%, con un salto en 1966 con la sindicalización campesina: entre 1965 y 1970 la afiliación sindical pasó de 10% a cerca de 23%, y bajo la Unidad Popular llegó a casi 35%. En la actualidad es del orden del 19%. Se trata aún de una baja cobertura de la sindicalización de los asalariados y de la negociación colectiva, pero es hoy mayor que en el promedio de las décadas pasadas y no menor a la de diversos países de altos ingresos.
Ya sabemos desde 1848 que en el capitalismo “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pero ¿es esta “otra sociedad” distinta de una en la que relación social principal es la del capital y el trabajo asalariado, con una reforzada concentración económica y una aún amplia desigualdad de ingresos y discriminación de género?
Que se sepa, el capitalismo sigue existiendo en Chile, bajo formas heterogéneas y con inserción periférica y rentista, lo que a lo largo de su entrevista Manuel Antonio Garretón reconoce, pero sin sacar las conclusiones del caso. Los ingresos del capital superan persistentemente a los del trabajo asalariado, que suman solo un 37% del PIB (según las cuentas nacionales). El 98,5% de las rentas del capital se concentran en el 1% de contribuyentes de más altos ingresos, que abarca unas 150 mil personas. Estas constituyen la oligarquía económica en Chile, con retornos del capital que aumentan con el nivel de patrimonio. Persiste una estructura concentrada de distribución de ingresos de las familias, con el 1% más alto que se apropia del 27% del ingreso nacional, mientras el 50% de menos ingresos consigue solo el 8% del mismo, según la World Inequality Database. Sostener que proponerse la disminución de las desigualdades es ahora un discurso no pertinente es a lo menos una afirmación audaz.
A su vez, por transformado que esté el trabajo asalariado representa el 76% de la ocupación y es más relevante que nunca antes en nuestra historia económica. Esto ocurre en contraste con el trabajo por cuenta propia, que suma solo el 20% y no ha crecido mayormente, y el de los empleadores, que suman el 3% de los ocupados. A su vez, entre 2005 y 2025 la tasa de ocupación en Chile en la franja etaria de 15–64 años pasó de 54% a 64%, cerrando parte de la brecha con el promedio de la OCDE, que pasó de 65% a 70% en el mismo período. La casi totalidad se explica por el cambio en la tasa de ocupación femenina, que pasó de 37% a 57% de las mujeres de 15–64 años, según los datos de FRED-OCDE, lo que va en el sentido de una sociedad crecientemente integrada a través del trabajo asalariado, aunque desigual y mal remunerado, incluyendo a muchas más mujeres.
Hay cambios de enorme significación que están a la vista y deben ciertamente ser abordados: en muchos sentidos el trabajo asalariado es hoy más diverso tanto en sus posiciones sociales como en sus imaginarios y se orienta crecientemente a los servicios, en los que se han consolidado nuevos sectores medios. Se han producido incorporaciones tecnológicas con impacto creciente en el empleo y también con impacto cultural en la comunicación interpersonal y la socialización de las nuevas generaciones; un derrumbe demográfico; una disminución del tamaño promedio de los hogares; un aumento de la inmigración latinoamericana; un mayor peso de los cuidados; una depredación de los ecosistemas y un desorden climático creciente; un impacto del narcotráfico y de la delincuencia organizada en la seguridad ciudadana; violencias juveniles urbanas anómicas, entre varios otros procesos. Pero hay un hecho medular: entre los ocupados, la categoría de ingresos bajos, es decir la que se sitúa cerca o debajo de la mediana de ingresos, representa más del 50% de los puestos de trabajo, según el INE. Una parte significativa de esa mitad se sigue desenvolviendo en Chile en una situación de “precariado”, siguiendo la conceptualización de Guy Standing (2013): “gente que tiene múltiples trabajos y, aún así, no llega a fin de mes: desde las personas becarias hasta las migrantes en situación irregular”.
Por eso no tiene sentido que las izquierdas se orienten a hacer algo distinto a procurar representar los intereses de los que viven de su trabajo, al mundo de la cultura y al de la emancipación de las mujeres y de los pueblos discriminados, que son en conjunto la inmensa mayoría de la población. Y ciertamente deben despojarse de prácticas clientelísticas y de militancias centradas en el aparato de Estado. Todo lo anterior sería su muerte política por descentramiento y abandono de su rol histórico, en nombre de un diagnóstico según el cual “estamos en otra sociedad”, lo que “significa que tiene que decir algo muy distinto a lo que siempre dijo. Eso significa la refundación de la izquierda”.
Se puede sostener más bien la hipótesis (ver por ejemplo aquí) según la cuál en la sociedad chilena siguen prevaleciendo en lo principal jerarquías sociales y culturales, algunas tradicionales y otras nuevas, que reproducen una dominación de clase y de género que estructura la sociedad y sus impulsos y necesidades de cambio. Las estructuras de poder oligárquico han cambiado, pero no han dejado de determinar el curso de la evolución social y política, así como la lucha por modificarlas.
Sin ir más lejos, la concentración del poder, la burocratización del progresismo y la precariedad social extendida estuvieron en la base de la rebelión inorgánica de 2019. Después de la pandemia y el inicio azaroso del gobierno de Boric, una parte significativa de los grupos socialmente subordinados terminó por inclinarse hacia el discurso de ultraderecha de orden y rechazo a la inmigración, lo que le ha permitido, con la reintroducción del voto obligatorio, transformarse en mayoría electoral desde 2022. No obstante, se trata de una adhesión altamente fluctuante, al menos en una franja despolitizada, que ya se evidencia en la sustancial pérdida de apoyo del gobierno de Kast al cabo de dos meses de gestión.
Por eso no es convincente el diagnóstico según el cual “lo que uno podría llamar el ecosistema cultural es, en el mundo y en Chile, de derecha”. Otra cosa es que las extremas derechas ganen electorado por el descontento socio-económico orientado al rechazo a la globalización y a la inmigración (ver acá), lo que también ocurrió en etapas del siglo XX y por el desgaste de las gestiones de los gobiernos progresistas desde múltiples ángulos (ver aquí).
Este diagnóstico perentorio de derechización es acompañado de la idea de introducir “valores nuevos en una sociedad que ya no quiere cosas codificadas, normalizadas, sino que prefiere la pasión de la subjetividad, de los intereses personales. Para eso, la izquierda no estaba preparada” ¿Cuales valores nuevos? ¿Se debe desechar los valores progresistas -libertad, igualdad, fraternidad- que están en disputa secular con los valores conservadores? Es discutible, además, suponer que los años 1960 y posteriores no dejaron huellas bajo nuevas formas en materia de “pasión por la subjetividad”. Y lo es también aquello de que la izquierda no considera “la pasión por los intereses personales”, aunque otra cosa es que desde siempre los ponga en la perspectiva de los deberes sociales de los individuos y promueva los valores solidarios y libertarios como alternativa a la anomia y a los resentimientos. ¿Debe acaso la izquierda renunciar a ellos para “estar preparada”? ¿Debe dejar de apoyarse en la visión según la cual el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos?
Tampoco tiene mucho asidero la afirmación de que “estamos en presencia de una derecha claramente distinta”, en circunstancias que más bien prevalece la continuidad de estilos autoritarios y políticas neoliberales extremas en su seno.
Las izquierdas y el progresismo como expresión política no lo han hecho demasiado bien desde que fórmulas de derecha empezaron a ganar el gobierno, lo que se prolonga en que la extrema derecha accedió al poder en 2026 con una amplia mayoría (ver acá). Pero cabe preguntarse si los cambios en la sociedad chilena han sido tan sustanciales como para que estas fuerzas dejen de tener una plataforma programática centrada en la lucha por más libertades y por la reducción sustancial de las desigualdades, proponiendo un crecimiento equitativo y sostenible con capacidad de creación y redistribución de empleos y sus retribuciones, que expanda los derechos laborales, sociales y de género, y también logre una resiliencia ecosistémica en beneficio del bienestar de las actuales y las nuevas generaciones.
¿Hay ahora que dejar de batallar por un Estado de bienestar que regule los mercados en función del interés general, financiado con impuestos progresivos que cubran programas suficientes de pensiones, salud, desempleo e inserción laboral y un mayor rol público en educación e innovación para una mayor igualdad de oportunidades y resultados en una economía más dinámica, diversificada y respetuosa del ambiente? Que la actual se pueda caracterizar como una “sociedad post-industrial” no implica, por otro lado, que la industria no siga estando en el corazón de las disputas hegemónicas globales (ver aquí) y que Chile no deba procurar expandir sus capacidades industriales hoy disminuidas para mejorar la inserción en algunas de las cadenas globales de producción más relevantes, en especial en materia de economía digital, energías renovables y electromovilidad, que están en el corazón de las transformaciones tecnológicas en curso en la nueva era de los imperios.
Para lograrlo, ¿se debe renunciar a un horizonte de introducción progresiva de grados de socialización sustanciales de la inversión -especialmente en infraestructuras- y más áreas desmercantilizadas en la economía -en la provisión de servicios de salud, de pensiones y educativos- junto a una economía social y solidaria fortalecida y participaciones más importantes de los asalariados en las utilidades de las empresas con fines de lucro (ver aquí)? En otra dimensión, ¿se debe dejar de batallar por saldar la deuda histórica con los pueblos originarios (ver acá)y la defensa de los derechos humanos?
Esa es la visión social-liberal de tipo blairista, que en Chile algunos quieren hacer pasar por socialdemócrata y que seguramente Manuel Antonio Garretón no comparte, pues afirma que en el mundo de la izquierda todos los partidos son, con matices, socialdemócratas, lo que es una definición con consecuencias. Pero no explicita una visión que no sea la de que la izquierda debe ahora refundarse.
No obstante, se puede coincidir ampliamente con Manuel Antonio Garretón en que “la cuestión central para las oposiciones es constituirse en un proyecto que plantee una crítica a las actuales cuestiones que se están haciendo desde la derecha, pero que, sobre todo, se proyecte”. Esa es la tarea de largo plazo, la que debe incluir un “discurso que cale, es decir, que junte un horizonte con las nuevas emociones”, ojalá no basada en diagnósticos en exceso subjetivos y siempre con la mayor consistencia y persistencia posibles. Y desde luego retomando la idea de inspiración gramsciana de Garretón de los años 1980 de consolidación de un “bloque político y social por los cambios”, ahora con una plataforma centrada en la mejoría de las condiciones de vida cotidiana, de empleo y de seguridad de la mayoría social, en un país con mayores niveles de ingreso promedio, más participación de la mujer y más diverso en sus imaginarios y valores.
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Anexo: Entrevista a Manuel Antonio Garretón
Pregunta: Desde la perspectiva del desafío para la izquierda de construir un nuevo proyecto político, ¿qué impacto tuvieron los cuatro años del gobierno de Boric?
Respuesta: El problema no es tanto de políticas públicas, esas existen. Lo que no existe es la idea de juntar, como en otra época, emociones, subjetividades, necesidades y horizontes, de manera relativamente organizada y que se expresen en decisiones políticas, en las urnas, en el caso de la democracia. Lo que hay es un problema de proyecto político. Habría que partir preguntándose qué son hoy los proyectos progresistas. Ahí hay un problema muy grande y es que estamos en presencia de algo enteramente distinto. Estamos en el comienzo de nuevas formas civilizatorias a las cuales todavía no estamos acostumbrados, porque todavía vivimos con los esquemas de la sociedad anterior que ya no existe como tal. A esta nueva sociedad posindustrial globalizada ya le han dado algunos nombres: sociedad digital, de la informática, otros la llaman la sociedad del cansancio, otros la sociedad líquida. Otra cosa es que el modelo de desarrollo todavía predominante sea el capitalismo. Pero el modo de producción ya no es el mismo. Es una nueva sociedad, con patrones distintos, básicamente sin instituciones, con un componente de horizontalidad enorme, que hace que todo lo que sea principio de autoridad tienda a diluirse. A esto se suma que todavía están los problemas de la sociedad industrial que conocíamos: pobreza, desigualdad, los problemas de la democracia, acentuados con el quiebre de la relación que existía entre Estado, partidos, movimiento social y ciudadanía. En ese sentido, ¿desde dónde se constituye hoy un proyecto político?
P: En estos días ha sido evidente la disyuntiva que vive el progresismo, con un oficialismo a pocos votos de alcanzar la mayoría en el Congreso, por lo que puede avanzar sin requerir a la izquierda. ¿Qué actitud se debe tomar: atrincherarse en los principios a riesgo de caer en la irrelevancia o buscar acuerdos con el gobierno para tratar de incidir?
R: Estamos en presencia de una derecha claramente distinta y que ha adoptado la posición más dura, pero que ha estado siempre presente desde la dictadura y que, fundamentalmente, plantea como resolución política el tratamiento de shock. Como no le va a resultar totalmente, lo que va a empezar a aparecer son las tendencias más autoritarias que estuvieron ocultas durante la campaña de Kast. En cada una de las distintas medidas que están en esto que se llama la megarreforma hay una deriva autoritaria. Frente a eso, la cuestión central para las oposiciones es constituirse en un proyecto que plantee una crítica a las actuales cuestiones que se están haciendo desde la derecha, pero que, sobre todo, se proyecte. Que ofrezca no solo respuesta, sino también un relato que enlace con las emociones de la ciudadanía. Lo que tiene que hacer el progresismo es darle un sentido al conjunto de medidas que propone y, al mismo tiempo, mostrar que eso no es posible sin un horizonte. Y eso es lo que ha fallado.
P: ¿Y por qué ese relato fue perdiendo terreno?
R: Porque seguimos pensando en los términos tradicionales. Estamos en una sociedad en que ese relato ya no da cuenta de los problemas. Porque no es la sociedad capitalista industrial en la cual estaba claro el tema fundamental del trabajo, estaba claro el problema fundamental de las clases sociales, de las desigualdades. Hoy día tenemos, insisto, una sociedad muy distinta.
P: La oposición sigue apelando a un relato que ya no existe. ¿Cuánto, por ejemplo, puede calar el discurso de que la megarreforma presentada por el gobierno favorece a los más ricos?
R: Ahí hay un problema. La derecha no tiene otro proyecto que ese. Los problemas que enfrenta la sociedad, la derecha tiende a resolverlos por las vías más autoritarias posibles. Por ejemplo, el tema de la migración. Ese discurso de la extrema derecha sí caló en la ciudadanía. Y caló porque acudió fundamentalmente al tema de la incertidumbre y el miedo. En el caso de la izquierda, todavía no se ha desarrollado el discurso que cale, es decir, que junte un horizonte con las nuevas emociones. Tiene que haber una transformación muy profunda de la izquierda. Por el momento, no le queda otra que oponerse, y yo creo que tiene por delante dos años sin elecciones, en que la izquierda tiene que hacer oposición a los proyectos del gobierno que no calcen con las ideas permanentes que ha tenido la izquierda, y no tiene mayoría, pero puede proponer cosas. Pero lo importante es que no se quede ahí, sino que construya su propio proyecto, su propia visión. En otra época era el desarrollo con igualdad, el socialismo, después fue la democracia solamente. Hoy día lo que falta es ese horizonte.
P: ¿Ve en la izquierda un esfuerzo de reflexión genuino para salir del atolladero en el que están?
R: En estos dos primeros años lo menos importante es empezar por la autocrítica. Para eso hay tiempo. Lo realmente importante en este primer momento es concentrarse en definir cuál es tu rol como oposición. Y, luego, junto con la autocrítica, concentrarse en repensar la forma de los partidos, las relaciones que se establecen con los territorios, el hecho de que haya dos o tres almas en el sector. Por qué tiene que ser así, son almas heredadas, pero no necesariamente son las del futuro.
P: Usted dice que a la oposición ya no le basta con ser contestataria y con endurecer el tono de rechazo frente a las iniciativas del gobierno, sino que requiere de un proyecto propio…
R: Esto, a mi juicio, es central. Ya se está produciendo un encuentro, que es complicado, porque cada uno tiene su propia personalidad, de todos los centros de pensamiento del mundo progresista. Por qué no va a ser posible avanzar en eso, si la derecha lo hizo, creó su propio ecosistema.
P: ¿Por qué la izquierda no ha podido hacer eso?
R: Porque la izquierda, te insisto, todavía no ha asumido el hecho de que no estamos en la sociedad industrial, que estamos en otra sociedad, en la cual las cosas tienen otro tipo de complejidades.
P: Y frente a una sociedad que es distinta a la que estábamos acostumbrados, ¿tiene sentido reivindicar a estas alturas la figura de Lenin como lo acaba de hacer el Partido Comunista?
R: Mira, yo creo que es un error. Porque, incluso, lo que ellos han dicho es que básicamente no están en la cuestión de la dictadura del proletariado. Sino en la forma de pensar la política. Pero eso no es algo central. Supongo que ya no piensan en la revolución. Lo paradójico es que revoluciones están ocurriendo día a día. Aquí hubo una revolución digital, hubo una revolución tecnológica, hubo una revolución en la sociedad, pero sin el método revolucionario. Entonces, lo que tú tienes que pensar es ¿cómo manejas eso? ¿Cómo controlas componentes de transformación muy profunda que no vienen de la política y tienen su dinámica propia? Ese es el gran desafío.
P: Hoy día el progresismo está apostando sus fichas a mantenerse lo más unido posible, pero sin hacer el esfuerzo por replantear un proyecto político, ¿ve viable ese camino?
R: Tiene que mantener la unidad. La unidad para enfrentar actualmente al gobierno. Pero al mismo tiempo tiene que tener una actividad que no es estrictamente de oposición, sino que es el rol de construcción de una nueva alternativa para Chile. Aquí el problema es que no basta con la respuesta política del día a día. Tienes que hacerla, es fundamental, porque es una manera de ligarte, además, a la gente. Pero también tienes que ir pensando en formas a futuro, como lo ha hecho la derecha.
P: El PS, como partido socialdemócrata, ¿está jugando una apuesta que es riesgosa al mantenerse unido al PC y al FA?
R: No lo veo así. Creo que van a encontrar caminos comunes. No los han encontrado totalmente ahora, pero se han planteado eso como meta y eso es súper importante. Además, entendamos bien, qué partido hoy, del mundo de la izquierda, no es socialdemócrata. Algunos pueden ser más radicales, otros menos. Unos más gradualistas, otros menos. Pero la diferencia, lo que hacía distinta a la socialdemocracia de lo que era, digamos, la izquierda más radical, era básicamente la idea de revolución. Y en la medida en que tú no tienes idea de revolución y la democracia pasa a ser la base ya no tienes esa diferencia.
P: Trump, Milei y otros líderes de la derecha más dura en el mundo hablan sin tapujos de la urgencia de ganar la batalla cultural, ¿por qué en el progresismo chileno pareciera no ser prioridad?
R: En el caso chileno tengo la impresión de que durante mucho tiempo la izquierda pensó que no era algo necesario. ¿Por qué ibas a dar una batalla cultural? Si la cultura chilena era de centroizquierda. Ahora tú te das cuenta de que lo que uno podría llamar el ecosistema cultural es, en el mundo y en Chile, de derecha. Entonces, lo que la izquierda debe plantear fuera del rechazo, de la crítica a eso, es cuáles son los valores y cómo se introducen esos valores nuevos en una sociedad que ya no quiere cosas codificadas, normalizadas, sino que prefiere la pasión de la subjetividad, de los intereses personales. Para eso, la izquierda no estaba preparada.
La izquierda tiene que dar cuenta de los cuatro o cinco millones de votantes que se incorporó en forma obligatoria y que, probablemente, hubiera votado por un centro político si este existiera. De hecho, ahí radica la importancia de lo que hizo Parisi. Una izquierda que no tiene centro político con el cual pueda desarrollar su proyecto propio, con la que pueda negociar, no sirve. Y si no hay un centro político, es la izquierda la que tiene que hablar en un lenguaje que le llegue a esa gente, y eso significa que tiene que decir algo muy distinto a lo que siempre dijo. Eso significa la refundación de la izquierda.
R: ¿Cree que con la última presidencial la izquierda chilena aprendió la lección?
No sé si se aprendió. Pero si no se ha aprendido, no hay destino para la izquierda.

