¿Qué hacer ante la prolongación de la crisis del petróleo?
La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, adelantó que en el próximo Informe Global de Perspectivas se plantearán tres posibles escenarios para la economía mundial en el contexto de la guerra en el Medio Oriente: uno que contempla un retorno relativamente rápido a la normalidad, uno intermedio y un tercero en el que los precios del petróleo y el gas se mantienen en rangos altos durante mucho más tiempo.
Pese a las rebajas en las perspectivas de crecimiento que el FMI dará a conocer, Georgieva afirmó que la profundidad del impacto macroeconómico de la guerra dependerá de la solidez del aparentemente endeble alto el fuego que acordaron esta semana Washington y Teherán, aunque admitió que no se podrá superar un escenario como este “sin sufrir algún daño”. “Lo que sí sabemos es que el crecimiento será más lento, incluso si la nueva paz es duradera”. La directora gerente constató que antes del estallido de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, el pasado 28 de febrero, la economía global venía resistiendo el embate de la agresiva política comercial estadounidense, compensada en parte por la fuerte inversión en el sector de la inteligencia artificial, pero ahora “incluso nuestro escenario más optimista contempla una revisión a la baja del crecimiento”.
Los precios de los futuros y los precios al contado de los combustibles rara vez coinciden, pero la brecha entre ambos ha crecido de manera inusual en las últimas semanas, hasta el punto de que ejecutivos petroleros y analistas, según The New York Times, sostienen que los precios de los futuros ya no reflejan con precisión la magnitud del shock de oferta que está experimentando el mundo.
Lo que está claro es que la guerra con Irán ha trastornado profundamente los mercados petroleros. Las estimaciones indican que las empresas han interrumpido el 10 % o más del suministro mundial de petróleo desde que comenzó la guerra porque no pueden hacer pasar con seguridad los buques tanque por el estrecho de Ormuz, la angosta vía marítima entre Irán y la península arábiga. Los precios se han disparado en todo el mundo. Y algunos países de Asia —que dependen en gran medida del combustible procedente del golfo Pérsico— incluso han enfrentado escasez, como las gasolineras en Vietnam y Tailandia que rechazan clientes por no disponer de combustible, mientras Sri Lanka declaró feriado público todos los miércoles; y muchos otros países han impuesto o alentado el trabajo remoto.
El alto al fuego de dos semanas con Irán hizo caer bruscamente los precios del petróleo en las horas posteriores al anuncio del acuerdo por parte de Trump, pero muy poco ha cambiado sobre el terreno. Las compañías navieras siguen siendo reticentes a enviar embarcaciones a través del estrecho. Eso significa que una parte sustancial del petróleo mundial sigue sin poder salir del Golfo Pérsico.
La directora gerente del FMI advirtió que los bancos centrales “deben estar preparados” para subir las tasas de interés y endurecer sus políticas si la guerra contra Irán deriva en una inflación que se descontrola. Pero también instó a no precipitarse: los bancos centrales “deben mantenerse alerta y centrarse en las condiciones (globales), porque un endurecimiento prematuro e innecesario arroja un jarro de agua fría sobre el crecimiento”. Una sensata recomendación, con frecuencia poco seguida en Chile dada la prevalencia de economistas proclives a las políticas de shock en las que “los mercados deben mandar” antes que a la calibración prudente de la macroeconomía.
El problema en nuestro país es que el momento en que se precipitó un nuevo gran aumento del precio de los combustibles que nos afecta de lleno -más aún con el desmantelamiento del sistema de estabilización de precios- nos encuentra con un Banco Central que ha mantenido tasas de política monetaria restrictivas por más de cuatro años -incluyendo llegar en 2022 y 2023 a niveles injustificadamente altos desde cualquier parámetro que se quiera considerar- como ya había ocurrido en 1999. Por ello la autoridad monetaria no tiene hoy mucho margen para subirlas sin provocar efectos recesivos, como hubiera sido el caso si hubiera bajado las tasas de interés hacia un nivel prudentemente expansivo desde 2024, como era recomendable. Es el precio a pagar por la rigidez de la hiperortodoxia prevaleciente en esa institución.

