¿Qué ha hecho crecer a la economía chilena en las últimas décadas?
La demanda interna y externa son soportes necesarios del crecimiento
1. El crecimiento
El crecimiento económico -que debe transitar hacia la sostenibilidad ambiental, especialmente en materia energética- es necesario para aumentar los niveles de vida, en particular los de los sectores de menos ingresos. Es un proceso sistémico que encadena flujos de demanda interna y externa con capacidades de oferta productiva, que interactúan y se alimentan o perturban mutuamente. Esas capacidades dependen de la inversión previa en recursos físicos y humanos y de la fluidez y costo de su financiamiento, pero su condición de existencia es una demanda sostenida en el tiempo.
Todos estos elementos del proceso económico son interdependientes, por lo que no tiene sentido atribuir a alguno de ellos un rol impulsor exclusivo. Siempre es fruto de una combinación de factores que determinan el clima de producción, de inversión y de consumo. Más allá de las variadas controversias en la materia, se puede afirmar que el dinamismo económico a largo plazo es producto de procesos condicionados por las instituciones, por las modalidades de asignación de recursos, por la distribución de la riqueza y el ingreso y por el tipo de especialización productiva y posición de cada país en la economía mundial. Estos procesos determinan la orientación y ritmo de incremento de los factores de producción y de su productividad media, que resultan de una combinación multifactorial e históricamente determinada de al menos variables como:
- la incorporación continua de trabajo calificado, lo que requiere del mejoramiento del nivel educativo y de formación pertinente para los procesos productivos, junto a un estado adecuado de salud y de condiciones generales de vida de la población que provee fuerza de trabajo;
- la reposición y expansión de la cantidad y calidad del capital material que permita hacer avanzar tecnológicamente la producción y complejice la agregación de valor, como máquinas, herramientas, instrumentos e infraestructura física, junto a la disponibilidad suficiente de insumos productivos como la tierra agrícola y urbana, materiales vegetales y minerales, agua y otros recursos ecosistémicos;
- el incentivo a incrementos periódicos de eficiencia en los procesos de elaboración de productos y uso de insumos, mediante la incorporación acelerada de los avances tecnológicos habida cuenta de las relaciones sociales y de las asimetrías de poder existentes entre los agentes de la economía.
En palabras de Ricardo Hausmann (2024):
La literatura ha destacado varios canales a través de los cuales se produce el crecimiento y el desarrollo. Las sociedades más ricas poseen más capital físico: instalaciones y máquinas que hacen el esfuerzo humano más productivo. También gozan de mejores resultados en salud en términos de esperanza de vida y tienen menos hijos, en cuya educación pueden invertir más, lo que hace que la siguiente generación disponga de más capital humano. Además, al tener menos hijos se reducen las tasas de dependencia, lo que implica una mayor proporción de población en edad de trabajar por habitante capaz de aportar esfuerzo laboral potencial. Con menos hijos y más educación, las mujeres pueden participar con mayor plenitud en el empleo, proporcionando a la economía más recursos humanos para ampliar la producción. Por último, una fuerza laboral más educada debería facilitar la adopción de tecnología. Las sociedades desarrolladas están más urbanizadas, lo que les permite sostener una división del trabajo más profunda, una mayor interacción humana y mercados más accesibles. Por ello, la inversión, la salud, el cambio demográfico, la educación y la urbanización son clave para el desarrollo, porque aumentan la disponibilidad de factores físicos y humanos de producción y facilitan la adopción de tecnología…Los países han convergido masivamente en todas las dimensiones que asociamos con el desarrollo, excepto en los ingresos. Esto solo puede explicarse por una brecha tecnológica cada vez mayor, que no está relacionada con las medidas estándar de capital humano, como la educación y la salud, en las que sí ha habido una convergencia masiva.
Las políticas de crecimiento con mayores grados de éxito son, por el lado de la oferta, las que logran transformaciones productivas, economías de escala y cierres de brechas tecnológicas y de organización de la producción con capacidad de difusión en el tejido económico y de incorporación de las distintas categorías de trabajadores en formas decentes de empleo. Estos procesos solo pueden sostenerse mediante flujos de demanda interna y externa suficientes, tanto por el lado de las exportaciones -lo que supone una política industrial orientada a especializaciones que conecten con las cadenas más dinámicas de la economía mundial para evitar términos del intercambio desfavorables- como por flujos domésticos estables de consumo y de inversión dinámica.
Las políticas de liberalización y apertura comercial y financiera de la economía sin más consideraciones han experimentado fracasos diversos en América Latina, mientras las industrializaciones asiáticas, con un amplio rol de las políticas gubernamentales de inversión, promoción de exportaciones y ampliación del consumo, han tenido resultados mucho más exitosos.
Fuente: World Economic Outlook Data Base, IMF, october 2024.
Más consistentes han resultado ser las estrategias de "empuje simultáneo", que encadenan en el tiempo círculos virtuosos expansivos y de complementariedad intersectorial de la economía, incluyendo la creación de economías de red y efectos de demanda e incentivos de inversión que aprovechan las economías de escala, los efectos de aglomeración y el aprendizaje e innovación incremental. Este tipo de enfoques proviene de autores como Rosenstein-Rodan (1961), Romer (1986), Murphy, Shleifer y Vishny, (1989), Krugman (1992) y Rodrik (2024), entre otros. Ejemplos históricos de este tipo de estrategias son el Plan Marshall en Europa Occidental tras la segunda guerra mundial, y más tarde las industrializaciones de Corea del Sur y Taiwán en los años 1960–70 y China desde 1980, que mostraron una gran capacidad de coordinación institucional y de movilización de capital. Deben, sin embargo, superar los riesgos de asignaciones ineficientes de los esfuerzos de inversión y de articulación inadecuada de las complementariedades en economías inicialmente muy fragmentadas, de productividad heterogénea y con amplias distorsiones monopolísticas (como subrayan Buera, Hopenhayn, Trachter y Shin, 2024) y abordar las políticas de remoción de esas distorsiones, de financiamiento en condiciones sostenibles y de control de brotes de inflación, junto al manejo de la restricción externa que los empujes expansionistas enfrentan en sus diversas etapas.
Cabe hacer notar que, por ejemplo, el paradigma contemporáneo de “crecimiento por exportaciones” (export-led growth), el de China, tuvo como soporte la inversión productiva industrial y en infraestructuras, guiadas por el gobierno y con agentes estatales y privados, que hicieron posibles el aumento de la complejidad y escala tecnológica de las exportaciones. La inversión ha representado en el PIB mucho más que las exportaciones, combinación que permitió, a su vez, aumentos sustanciales del consumo. Las exportaciones de China representan el 19% del PIB (y las importaciones el 14%), mientras la inversión supera incluso al consumo, con 41% y 40% del PIB respectivamente en 2024.
2. Los motores del crecimiento en Chile, 1996-2024
El Banco Central dispone de una serie homogénea de Cuentas Nacionales que permite reseñar los factores de expansión del PIB por el lado de la demanda en un período de cerca de tres décadas. El PIB se multiplicó por 2,6 veces entre 1996 y 2024. Las exportaciones no han sido el principal factor de esa expansión, pues se multiplicaron por 2,4 veces mientras la inversión y el consumo lo hicieron por 3,2 y 3,1 veces respectivamente.
Las exportaciones crecieron en 3,3% al año, algo menos que el PIB y menos que el consumo de los hogares. La expansión de las exportaciones se concentró en la serie estadística mencionada entre los años 1996 y 2007. Luego se estancaron, dada una declinación de la producción minera por menores rendimientos en la extracción, por los límites de la capacidad de crecimiento de las exportaciones agro-forestales y pesqueras y por la falta de diversificación exportadora hacia bienes más elaborados de alta demanda internacional y con menos restricciones de oferta (lo que se sitúa por el lado de la manufactura de mayor valor agregado). Las exportaciones pasaron de representar un 28% del PIB a un 26% entre 1996 y 2024, habiendo alcanzado una cima de 38% en 2004. En 2024 se produjo un repunte, con el mejor registro exportador desde 2018. Pero se han acumulado 12 puntos porcentuales de PIB menos en dos décadas. Las importaciones pasaron de 18% del PIB a 28% entre 1996 y 2024, con una cima de 32% en 2011 y en 2021.
El consumo de los hogares ha crecido en el largo plazo más que las exportaciones (en 4,2% al año), especialmente entre 2004 y 2007, con un salto de 20,8% en 2021, el más alto en la historia económica registrada. Esto se debió a los retiros de fondos de pensiones por una vez, seguido de una moderación posterior. Se ha multiplicado por 3,1 veces entre 1996 y 2024 y es el más importante componente de la demanda agregada: ha pasado de representar un 52% del PIB en 1996 a un 62% en 2024, con un máximo de 67% en 2021. Esto explica en parte que las importaciones se hayan multiplicado por 3,9 veces desde 1996 (creciendo en 5,6% al año).
Cuando este consumo flaquea, dada su importancia en la demanda agregada, la economía suele entrar en recesión, de la cual siempre cuesta salir, mientras entretanto se destruye tejido productivo aún no obsoleto y también empleo, con el consiguiente sufrimiento social, lo que alimenta más caídas del consumo. Por otro lado, si el consumo aumenta sistemáticamente por sobre las capacidades de producción e importación, produce una inflación de demanda y/o una crisis de pagos externos, junto a expansiones del endeudamiento público y privado.
El consumo de gobierno (administración pública, educación pública y salud pública) se ha multiplicado desde 1996 por 2,8 veces (creciendo en 3,7% al año), más que las exportaciones pero menos que el consumo de los hogares y que la inversión. Lo ha hecho de manera estable, con una cierta aceleración en el nuevo siglo, y pasó de representar un 16% del PIB en 1996 a un 17% en 2024.
La inversión (formación bruta de capital), por su parte, se multiplicó por 3,2 veces desde 1996 (creciendo en 5,0% al año), es decir más que el consumo y que las exportaciones. Creció más entre 1999 y 2012, pero luego ha sufrido oscilaciones, como siempre es el caso de este componente, aunque pasó de representar un 18% del PIB en 1996 a un 23% en 2024, habiendo alcanzado una cima de 29% del PIB en 2012.
En suma, se observa un cambio de modelo de crecimiento económico o de “régimen de acumulación” con una demanda interna creciendo por encima del PIB y sin una dinamización exportadora neta desde alrededor de 2010. Esto fue aún más notorio en la salida de la crisis pandémica en 2021.
Entre 1980 y el inicio del boom global de las materias primas en 2004, la demanda interna había crecido menos que el PIB, con un énfasis en el empuje de las exportaciones netas (recordemos que el PIB equivale desde el lado de la demanda a la suma del consumo, la inversión, el gasto de gobierno, más las exportaciones netas, es decir, las exportaciones menos las importaciones). La tendencia se invirtió y desde la recesión de 2009 la expansión de la demanda interna va a la par de la del PIB, mientras en la salida de la crisis pandémica la superó. Las exportaciones fueron superiores a las importaciones reales entre 1980 y 2011, con lo que el crecimiento fue dinamizado por las exportaciones netas de importaciones. Pero la persistencia de exportaciones que crecen menos que el PIB desde 2007, especialmente por la disminución de la producción minera, llevó a que el crecimiento se explique primordialmente por el aumento de la demanda interna, con exportaciones netas sin empuje macroeconómico.
La inserción internacional de Chile sigue primordialmente basada en las exportaciones del sector extractivo, con una importante inversión extranjera en el sector, una alta carga ambiental y poca elaboración industrial. Nada que se pueda comparar con Corea del Sur y su predominio creciente en el suministro mundial de microprocesadores, por ejemplo. La actual articulación de Chile con la división mundial del trabajo permite generar las divisas suficientes para importar los bienes y servicios requeridos por los procesos productivos y el aumento del consumo, pero se está aún lejos de aumentar la elaboración industrial doméstica y de mejorar la conexión con los segmentos de las cadenas globales de producción más dinámicos. Tampoco existe una adecuada retención interna del excedente económico que podría fortalecer la inversión en infraestructuras e investigación y desarrollo, lo que explica en parte la tendencia al menor crecimiento desde hace una década. Por su parte, las repatriaciones de utilidades de la inversión extranjera directa pasaron de 4,3 mil millones de dólares en 2003 - antes del inicio del primer ciclo alcista reciente del cobre - a un máximo de 22,7 mil millones de dólares en 2021 y a 19,8 mil millones en 2024: las empresas transnacionales que operan en la minería y en el sector financiero provocan una carga significativa para los equilibrios externos de la economía.
Fuente: Banco Central de Chile
3. Los cambios sectoriales en la producción, 1996-2024
Como se señaló, la producción se multiplicó por 2,6 entre 1996 y 2024 (un crecimiento del PIB de 3,5% al año, período para el cual está disponible información sectorial homogénea). En promedio, la producción de bienes creció mucho menos, multiplicándose por 1,6 veces, que la de servicios, que se multiplicó por 3,2 veces. Los servicios pasaron de constituir la mitad a dos tercios del PIB en tres décadas. La producción de bienes pasó de representar un 48% del PIB en 1996 a solo un 32% del PIB en 2024.
Se produjo un crecimiento superior al promedio del PIB solo en el caso de los sectores agropecuario-silvícola y pesquero, pero estos representan solo un 3,4% y un 0,6% del PIB respectivamente en 2024, y están orientados a la exportación. La minería, si bien produjo en 2024 unas 1,2 veces más que hace tres décadas, acumula una caída de -12% desde el máximo de producción alcanzado en 2001. Esto explica en buena medida la falta de dinamismo exportador desde hace casi dos décadas en Chile. En 2024, la minería representó solo un 8% del PIB, mientras llegaba a 19% en 1996, sin perjuicio de mantener su puesto de privilegio en la generación de divisas y de utilidades por rentas de escasez (dada la rigidez de su oferta por rendimientos decrecientes de la extracción). La magnitud de estas rentas depende de los ciclos de los precios internacionales del cobre, que ha visto caer su producción desde 2003, especialmente la de Codelco, y crecer sus costos de extracción por la caída de la ley del mineral, en medio de perspectivas de demanda de largo plazo y de precios ampliamente positivas por la transición global a la electromovilidad y a las energías renovables. Esto mantendrá la discusión sobre las perspectivas productivas de la minería, su grado de elaboración en el país, su sostenibilidad y la apropiación predominantemente nacional (privada o pública) o bien externa de la renta que resulta de los excedentes sobre los costos más las utilidades normales que gatillan la inversión. Recordemos que estos recursos no renovables pertenecen a la nación y que la ley de 2024 de regalías mineras las aumentó en una baja proporción.
La industria manufacturera se multiplicó por 1,8, pero pasó de representar el 13% al 10% del PIB, sostenida por los alimentos, la industria química y los productos metálicos, con crecimientos más lentos de las ramas textil, de minerales no metálicos (litio) y de celulosa y papel, y con uno poco dinámico ritmo de la rama de madera y muebles.
El sector de suministro de electricidad, gas, agua y gestión de desechos multiplicó su actividad por 2,2 veces y representa establemente el 4% del PIB. El sector de la construcción ha mostrado poco dinamismo, salvo en el período entre crisis de 2011 a 2019, se multiplicó solo por 1,4 y pasó de representar el 11% al 6% del PIB entre 1996 y 2024.
Los servicios ha experimentado un mayor crecimiento, salvo la administración pública. Los más dinámicos han sido los de comunicaciones e información, que multiplicaron por 10,8 su volumen, una cifra muy considerable. Este sector pasó de representar un 1% del PIB en 1996 a un 4% en 2024. Esto refleja un activo proceso de digitalización de actividades, tanto en materia productiva como de usos personales y profesionales de tecnologías de la información, lo que se aceleró durante la pandemia.
Los servicios financieros y empresariales han sido el segundo sector más dinámico y se multiplicaron por 5,2, pasando de un 7% a un sorprendente 16% del PIB. La parte financiera (un 5% del PIB en 2024) de esos servicios no es necesariamente un rasgo positivo, pues refleja en parte la persistencia de utilidades sobre-normales de la banca. Los servicios empresariales (un 11% del PIB en 2024) reflejan, en cambio, las aplicaciones digitales y diversos soportes a la producción que acompañan el funcionamiento económico.
El transporte aumentó su actividad en 3,8 veces, y pasó de representar de un 4% a un 7% del PIB. El comercio y los restaurantes y hoteles aumentaron su actividad en 3,2 veces, en condiciones más competitivas aunque con una concentración creciente en grandes cadenas en el caso del comercio, y pasó de representar un 10% del PIB en 1996 a un 13% en 2024. Los servicios personales de salud y educación pasaron de representar un 14% a un 15% del PIB y los de vivienda e inmobiliarios se mantuvieron en un 9% del PIB. Ambos evolucionaron a ritmos cercanos al promedio de la economía. La administración pública es el servicio que evolucionó más lentamente, se multiplicó por dos y pasó de representar un 7 a un 5% del PIB, lejos de la cualquier hipertrofia. El resultado es que en 2024 los servicios representaron un 68% del valor agregado, mientras en 1996 llegaban solo al 52% del total.
Así, la chilena es una hoy una economía predominantemente de servicios y estructuralmente dual, siguiendo la conceptualización de Lance Taylor (2021), con un sector productor de bienes primarios de alta productividad, generador de ingresos y orientado a la exportación, con sus correspondientes servicios internos asociados "hacia atrás", especialmente en materia de ingeniería y diseño, digitalización y suministro de insumos, y poca elaboración "hacia adelante" y por tanto lejos de la producción de bienes finales. El resto de la economía mantiene una productividad heterogénea. En las cadenas logísticas y de servicios urbanos y a las personas se encuentra ahora el grueso de la producción y de los empleos. Es allí donde, además, se anida el trabajo informal y por cuenta propia y los bolsones de marginalidad y de economía ilegal.
4. La evolución del empleo y de la productividad del trabajo
Las personas ocupadas en Chile pasaron de 5,4 millones en el año 2000 a 8,0 millones en 2013 y a 9,3 millones en 2024, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Los puestos de trabajo crecieron al 2,3% anual en 1996-2024, con un coeficiente empleo/producto de 0,5. Los puestos de trabajo crecieron menos, al 1,2% promedio anual, entre 2013 y 2023 (período para el cual existe una serie de encuestas de empleo homogéneas),
Siguiendo la dinámica de la producción, el grueso del empleo (un 72% en 2024) se concentra actualmente en los servicios a las personas y a las empresas, siendo los sectores más importantes el comercio (con un 19% de la ocupación total en 2024, en el que se encuentra una parte muy importante del empleo por cuenta propia y el informal), la enseñanza (8%), la salud y asistencia social (8%), el transporte (6%), la administración pública (6%, una proporción muy inferior al promedio de países de la OCDE), el alojamiento y comidas (5%) y las actividades profesionales, científicas y técnicas (4%). .
Como la producción de bienes es menos intensiva en trabajo que el suministro de servicios, sumó en 2024 sólo un 28% del empleo total, a comparar con un 32% del PIB. Su tendencia es a la disminución: la cifra anterior utilizando la actual encuesta del INE fue de 33% en 2013. La industria representó en 2024 el 9% del empleo total (11% en 2013), la construcción el 8% (9% en 2013), la agricultura y la pesca sumaron el 6% (9% en 2013) y la minería el 3% (la misma proporción en 2013).
El empleo total ha crecido en 1,26 millón de personas desde 2013, mientras los sectores que más han agregado puestos de trabajo han sido la salud y asistencia social (331 mil), el comercio (217 mil), la administración pública (149 mil), la enseñanza (135 mil) y el alojamiento y comidas (111 mil). Los sectores que más han perdido empleos son la agricultura (-144 mil), el servicio doméstico (-130 mil) y la industria (-32 mil).
Para medir la evolución del empleo formal se dispone de datos administrativos de la Superintendencia de Pensiones. En 2024, unos 5,746 millones de personas estaban registradas como cotizantes dependientes, a comparar con los 4,168 millones de 2010, con un crecimiento anual de 2,3%.
La tasa de ocupación (la relación entre la población ocupada y la población en edad de trabajar) pasó de 55,2% en 2010 a 58,3% en 2019. En el cuarto trimestre de 2024, con un 56,6%, se mantenía aún por debajo del nivel previo a la crisis. La tasa de desocupación de la fuerza de trabajo pasó de 8,3% en 2010 a 8,5% en 2024, registrando su nivel anual más bajo en 2015 con un 6,3%. La ocupación informal ha disminuido de 28,4% en 2019 a 26,5% en 2024.
El creciente predominio de los servicios -cuyos aumentos de productividad en el largo plazo son por definición muy inferiores a los de la producción de bienes (un peluquero no puede bajar demasiado la duración de un corte de pelo por mucho que use máquinas eléctricas cada vez más sofisticadas) explica en buena medida, junto a la situación de rendimientos decrecientes de la minería, que la llamada “productividad total de los factores” haya aumentado poco en los últimos lustros. Esta se mide como la parte no explicada del crecimiento del PIB atribuida a la productividad una vez que se contabiliza por separado el crecimiento de las unidades de trabajo y de capital. Este ejercicio está acompañado de inextricables problemas de cuantificación y de interpretación conceptual, como distinguir la parte de “trabajo” y de “capital humano” en la creación de valor (como por ejemplo en los cálculos de Clapes UC, 2025). Por su parte, la productividad media del trabajo ha crecido en 1,4% al año entre 2011 y 2024, medida por las cifras de PIB y de horas trabajadas de la encuesta de empleo del INE vigente desde 2010. El aumento promedio anual fue de 1,6% entre 2011 y 2018 y de 1,4% entre 2019 y 2024.
La productividad sigue siendo en Chile todavía muy inferior a la de los países industrializados de altos ingresos, mientras es notorio el contraste con Corea del Sur. Según la base de datos de la OCDE, el valor agregado por trabajador en Chile representaba en 2023 solo el 68% del prevaleciente en este país asiático, el que desde los años 1960 era más pobre que Chile pero siguió persistentemente una activa política de industrialización y diversificación exportadora.
5. Las tareas de la política económica
Entre 1990 y 2024 se logró en democracia un crecimiento promedio de 4,2% al año. El PIB chileno a paridad de poder de compra pasó de representar, según los datos del FMI, el 28% del de Estados Unidos en 1980 a 25% en 1989, con una declinación en la etapa final de la dictadura de orientación neoliberal de 1973-1989 y luego, en democracia, con un salto a 31% en 2000, a 39% en 2010 y a 44% en 2013. Esta convergencia declinó desde entonces y la brecha se volvió a situar en 39% en 2024, el mismo nivel de 2008. Entre 2013 y 2024 el crecimiento promedio del PIB fue de 2,1% anual, mientras entre 1990 y 2012 había sido de 5,3% anual. La brecha se acortó inicialmente debido tanto a la expansión exportadora y al incremento de la inversión y una población activa en aumento. Las tasas de inversión no fueron sobresalientes, pero han sido el componente más expansivo del gasto del PIB, aunque no ha sido suficiente para sostener la reducción de la brecha de ingresos.
Entretanto, se produjo un mejoramiento continuo de la esperanza de vida, que supera la de Estados Unidos desde 1999, de los salarios y de los índices de educación y salud, en medio de una importante disminución de la pobreza y una cierta disminución de la desigualdad de ingresos. Aunque su estimación está sujeta a subdeclaración en las encuestas de ingresos, los datos disponibles muestran que la participación en el ingreso total del 10% más rico de la población pasó de 47,1% en 1990 a 34,5% en 2022. Los coeficientes de concentración de Gini y de Palma mejoraron en el mismo período y pasaron de 0,57 en 1990 a 0,43 en 2022 y de 3,3 a 2,4, respectivamente. Los datos de concentración del ingreso en el 1% más rico de la distribución indican que su participación antes de impuestos pasó de un 25,9% del ingreso total en 2000 a un 23,7% en 2020-22. Estas mejorías, sin embargo, mantienen a Chile en niveles comparativos elevados respecto a la media de la OCDE y, en el caso del ingreso antes de impuestos del 1% más rico, en niveles superiores a los promedios de América Latina y África, por lo que persiste el debate público sobre aumentar o no la intensidad de las políticas distributivas ex ante para alterar la distribución factorial del ingreso y/o ampliar las políticas redistributivas ex post mediante el sistema de impuestos y transferencias en beneficio de los grupos de menores ingresos (Martner, 2024).
Fuente: Fondo Monetario Internacional, World Economic Outlook Data Base, 2025.
La chilena es una economía en la que la expansión exportadora se detuvo hacia 2007, en los prolegómenos de la crisis financiera global de 2008-2009. Los factores más dinámicos han sido la inversión y el consumo de los hogares. Como consecuencia, las exportaciones ha disminuido su proporción en el PIB y se sitúan en un nivel similar al de la inversión desde 2012. En 1996, año de inicio de la serie del Banco Central, el volumen a precios constantes de la inversión era bastante inferior al de las exportaciones. El déficit comercial resultante de un mayor crecimiento de las importaciones que de las exportaciones -y uno todavía mayor en la cuenta corriente de la balanza de pagos por el fuerte impacto de las repatriaciones de utilidades de las empresas mineras extranjeras- se financia con flujos netos de inversión de cartera e inversión extranjera directa, o bien con el uso de reservas en algunos períodos, lo que no es indefinidamente sostenible y requiere de nuevas expansiones de las exportaciones y de disminuciones de importaciones sustituibles internamente, como las de energía. Todo lo anterior hace ineludible reintroducir un mayor dinamismo en la economía chilena.
¿Qué debe enfatizar, entonces, la política económica? En condiciones de inflación de demanda controlada, es siempre un error macroeconómico de corto plazo comprimir el consumo de los hogares mediante disminuciones de la masa salarial, del empleo o de las remuneraciones reales, pues desencadena multiplicadores recesivos. Es lo que hizo el Banco Central con la política monetaria contractiva prolongada que ha aplicado, provocando una recesión al iniciarse el actual gobierno y contribuyendo a un crecimiento lento desde entonces. Más ampliamente, la idea de comprimir el consumo y aumentar el ahorro por esa vía, lo que suele buscarse mediante regresiones en la distribución del ingreso, termina deteriorando la dinámica de crecimiento. Ostry y Berg (2014) mostraron que, a igualdad de otras condiciones, menores niveles de desigualdad neta se asocian con un crecimiento más rápido y duradero. Al concentrarse el ingreso en grupos de alta propensión al ahorro, la desigualdad reduce la demanda interna de bienes y servicios, frenando la inversión y la expansión productiva. La duración de los ciclos de expansión es menor cuando la desigualdad es más alta.
No debe olvidarse, además, que el consumo de los hogares refleja directamente el bienestar de la población: solo tiene sentido desde esta perspectiva encarecer y morigerar los consumos perjudiciales para la salud y el ambiente. Pero el consumo tampoco puede crecer más que el PIB de manera sistemática. Para sostener e incrementar el consumo de los hogares en el mediano y largo plazo, empezando por el de los de menos ingresos, se requiere dinamizar la inversión y también las exportaciones más allá de las provenientes de los recursos naturales, que tienen mayores dificultades de extracción después de una etapa inicial por rendimientos decrecientes.
En efecto, una economía que descuida la inversión erosiona su base de funcionamiento. Se debe siempre cuidar sus condiciones de expansión y financiamiento, lo que en el corto plazo en Chile implica reactivar el sector inmobiliario y de infraestructura, dañado por la equivocada política de intereses altos, y de obras públicas, que ha presentado un gasto pro-cíclico y dificultades de ejecución presupuestaria. A pesar de su efecto multiplicador en la economía, el sector de construcción y obras de infraestructura se ha rezagado, pues se ha multiplicado por 2,7 veces desde 1996, mientras la inversión en maquinaria y equipo se ha multiplicado por 5,4 veces, lo que es un positivo curso de adopción de nuevas tecnologías capaces de cerrar brechas de productividad. En particular, debe acentuarse la adopción de la inteligencia artificial generativa que apoye el trabajo humano.
¿Aumentar la inversión supone disminuir el consumo, como predica una visión mecánica del funcionamiento de la economía? Por definición, en la contabilidad nacional el ahorro es siempre igual a la inversión. Pero lo es ex post y no implica causalidad, sino que refleja que todo el ingreso que no se consume (el ahorro) financia inversión. Desde una perspectiva neoclásica, el ahorro determina la inversión, con el mercado de fondos prestables ajustando la tasa de interés: un mayor ahorro hace bajar la tasa, estimulando más inversión. En la perspectiva keynesiana y postkeynesiana (Marglin, 2021), la inversión determina el ahorro, en tanto gasto que no se decide según el nivel de uso actual de las capacidades productivas, genera ingresos e incluye un mecanismo multiplicador: al subir la inversión, sube aún más el ingreso y con él el ahorro. Este enfoque postula que las empresas deciden cuánto invertir según sus expectativas de demanda futura, dadas las tecnologías disponibles y el costo del capital. La causalidad va de la inversión al ingreso y al ahorro, y no al revés. La inversión la determinan factores distintos al solo volumen de ahorro existente. Con una insuficiente demanda agregada, la interacción entre ahorro e inversión depende no solo de la tasa de interés, sino también de las expectativas y de la política fiscal y de ingresos, en lo que le cabe un rol decisivo a la acción gubernamental.
La política fiscal debe cuidar que la deuda sea sostenible (su costo no debe superar la tasa de crecimiento del PIB) y que los ajustes de gasto no se traduzcan en altos multiplicadores recesivos (Blanchard y Leigh, 2013). Por su parte, la elevación de salarios que aumenta el costo laboral puede llevar a trasladarlo al consumidor en caso de demanda inelástica al precio o bien a disminuir los márgenes unitarios, pero al mismo tiempo refuerza la demanda agregada a través del consumo, con efectos netos que dependen del grado de utilización de los recursos, de la capacidad de las empresas para ajustar precios y de la evolución de la productividad.
Las exportaciones deben diversificarse hacia más servicios modernos y hacia fases de mayor valor agregado en los segmentos de las cadenas de producción de mayor demanda futura, como las vinculadas a la electromovilidad, los materiales de construcción sostenible y la alimentación saludable en que el país posee ventajas. A este propósito ayudará mantener un tipo de cambio competitivo y realizar mucha más investigación y desarrollo tecnológico pertinentes, junto a mejorar la calificación de la fuerza de trabajo, dinamizando distritos productivos complementarios distribuidos en el territorio. Y también se debe procurar disminuir importaciones como las energéticas de origen fósil (han representado entre un 11% y un 19% de las importaciones totales en la última década), dadas razones económicas y ambientales, las que deben reemplazarse por renovables de suministro nacional y, además, transformarse en exportables, en especial si prosperan las interconexiones eléctricas con los países vecinos y la industria del hidrógeno verde, procesos de inversión que deben acompañar la diversificación productiva exportadora.
Una regalía mayor cuando el precio del cobre y del litio es elevado disminuiría la presión sobre la cuenta corriente, que obliga a generar excedentes comerciales de importancia. El uso adecuado de estas regalías permitiría, además, invertir mucho más en la diversificación económica doméstica y en el mejoramiento del vínculo con las cadenas de producción mundiales con el fin de generar una más amplia retención nacional de valor e innovación activa en el uso sostenible de los recursos. El cambio de matriz energética no solo tiene un atributo ambiental sino que también será un factor de mejoría de la balanza comercial y de disminución del costo medio de la energía en Chile.
Las diversificaciones toman tiempo, por lo que la continuidad de políticas es fundamental. No hay soluciones mágicas en la materia, especialmente cuando se representa solo un 0,35% del PIB mundial a paridad de poder de compra. Nuestra capacidad de incidir en los flujos competitivos de mayor demanda en la economía mundial es acotada, lo que no hace menos indispensable seguir buscando mejorar la inserción en las cadenas globales.
En conclusión, cuando el propósito es lograr los mayores grados posibles de prosperidad compartida, se debe ampliar de manera simultánea la inversión, diversificar las exportaciones y expandir de manera equilibrada el consumo de los hogares y el de gobierno, con una lógica alineada con la Contribución Nacional a la acción climática. Todos son componentes necesarios si se quiere llevar a cabo una estrategia exitosa de desarrollo dinámico y social y ambientalmente sostenible.
Referencias
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