Matthei, las masacres y sus apoyos
En una entrevista con Radio Agricultura, Evelyn Matthei enfatizó que ella apoyó el golpe de Estado de 1973 contra un gobierno democrático y también los crímenes cometidos por la dictadura militar en sus años iniciales. Esto no fue dicho décadas atrás, sino en abril de 2025: “Al principio, en el 73, 74, era bien inevitable que hubiera muertos porque estábamos en una guerra civil. Pero ya en el 78 y el 82 y siguen ocurriendo… ahí ya no”. Matthei volvió a justificar de manera inmoral, pues no existía guerra civil alguna, el asesinato de Victor Jara, de los ejecutados por la caravana de la muerte, de José Tohá y de tantas otras víctimas indefensas, connotadas o anónimas, incluyendo a cientos de desaparecidos cuyos cuerpos siguen sin encontrarse y miles de personas torturadas, encarceladas, despojadas de sus trabajos o exiliadas. Este modo de ver la historia es fruto de la lógica de confrontación política y de clase pura y simple que Matthei -y la derecha a la que pertenece- ha defendido durante toda su carrera política contra las izquierdas -todas ellas y no solo la de orientación comunista- y contra los mundos del trabajo y la cultura que buscan representar.
Es cierto que después Matthei cambió sus dichos, ante lo chocante que resultaron ser y por conveniencia electoral, pero se puede conjeturar que reflejan sus convicciones personales y, en todo caso, las de su sector político, que siempre ha apoyado la restauración oligárquica a sangre y fuego que se produjo en Chile. Por lo demás, Matthei tomó distancia de los crímenes pero siempre aludiendo la polarización de la época, que es su justificación usual. Cabe hacer notar que Matthei sigue hasta el día de hoy sin condenar la intervención norteamericana en 1970-73 -que incluyó el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército- y mantenido el apoyo al golpe de Estado de 1973, al bombardeo de La Moneda por la FACH, a la continuidad de Pinochet en el plebiscito de 1988, al voto por Kast en la segunda vuelta de 2021 y al voto por el proyecto constitucional de la ultraderecha de 2023, que hubiera restringido las libertades y afianzado el poder económico frente a los derechos ciudadanos duramente conquistados.
Esto no ha impedido a un pequeño número de personas -que fueron de centro o de izquierda y que alguna vez condenaron el golpe de 1973 y las persecuciones de la dictadura, o bien las sufrieron directamente- optar por prestarle apoyo a la figura de la derecha tradicional en la próxima elección presidencial. La lista incluye a algunos que sufrieron torturas, prisión y exilio, pero que decidieron sumarse a lo que representan la UDI y Renovación Nacional, los sostenes políticos del golpe de 1973 y sus violencias, de la dictadura militar de 1973-1989 y del bloqueo a los cambios democráticos desde 1990.
Allá ellos. Están en su derecho. Somos un país cuyas instituciones garantizan la libertad de opinión, y el consiguiente derecho a cambiar de opinión, por lo que muchos dieron su vida.
También otros estamos en nuestro derecho de considerar su actitud como indigna de la memoria de los caídos y de los que sufrieron las persecuciones y atentados a su integridad. Esto no ocurrió en medio de una guerra civil, aunque si en el marco de la guerra fría global en la que Estados Unidos optó por derrocar como fuera a Salvador Allende por ser un símbolo de la izquierda democrática que podía inspirar otros procesos. Las víctimas lo fueron por sostener un gobierno democráticamente elegido y por tener convicciones contrarias al dominio oligárquico, a la subordinación del trabajo y al apoyo a intereses imperiales que la derecha busca desde siempre perpetuar en el país. Algunos se plantearon una legítima defensa armada de ese gobierno, como lo hizo el propio Allende en La Moneda, pero no tenían con qué sostenerlo: su práctica política era consustancialmente democrática antes que conspirativa, más allá de cualquier retórica de época.
Es la derecha la que demostró históricamente que de democrática tiene, desgraciadamente, demasiado poco, o derechamente nada, y que se alinea con los intereses imperiales de Estados Unidos, hoy reavivados en su peor expresión en América Latina por Trump. Ser demócrata se prueba cuando las circunstancias lo exigen, buscando resolver los problemas de la democracia con más democracia, como intentó hasta el último momento el presidente Allende, y no con golpes de Estado. La postura actual de la derecha es mantenerse fiel a los 17 años de dictadura militar y procurar a toda costa mantener el bloqueo de la minoría oligárquica sobre las decisiones democráticas con, entre otros, el resultado de una explosión social inorgánica en 2019, de la que además culpa hipócritamente a la izquierda.
El asunto, como se observa, no se remite solo a la memoria, sino a la defensa actual y futura de la democracia y de los intereses nacionales y latinoamericanos.
Cabe conservar la esperanza, que es lo último que se pierde, de que estas personas no terminen apoyando a Kast en la segunda vuelta. Y, por tanto, se sumen a la coalición de fuerzas comprometidas con la continuidad democrática de Chile, porque es lo que en definitiva importa y está en juego.


Es todo cierto pero, muy condescendiente con la traición. No era necesario firmar esa carta por mínima dignidad, en el caso de algunos, no de Garretón. REsponsable de miles de víctimas y hoy aparece junto a los victimarios
Gracias. Buena columnna