Los productores de petróleo obtienen una victoria al concluir las negociaciones climáticas en Belém
Pero se mantiene una referencia indirecta a salir de los combustibles fósiles
El acuerdo final de la COP 30 de Belém sobre cambio climático consagrado el 22 de noviembre fue una victoria para países como Arabia Saudita y Rusia, al terminar sin una mención directa a los combustibles fósiles que están alterando peligrosamente el clima: cuando se quema petróleo, gas y carbón para producir energía se emiten gases de efecto invernadero que están sobrecalentando el planeta. En los 30 años de conversaciones y acuerdos sobre cambio climático de la ONU, las menciones directas a poner fin al uso de combustibles fósiles han sido bloqueadas por los grandes productores de petróleo. Solo en la cumbre de Dubái en 2023 se logró incluir en el texto final que se deben dejar atrás estos combustibles. El apoyo de Estado Unidos fue determinante en aquel momento, algo que no ha ocurrido en esta ocasión, en donde la postura de establecer una hoja de ruta de salida de los combustibles fósiles fue empujada por una parte de la Unión Europea y los países latinoamericanos, liderados por Brasil, cuyo actual gobierno se empeña en proteger el “pulmón verde del mundo”, el Amazonas.
Quien lidera el actual bloque que niega la ciencia y el cambio climático es Donald Trump, que ha sacado a su país del Acuerdo de París, algo que se materializará en enero, además de no mandar a nadie a la cumbre de Belém. Recordemos que el Acuerdo de París es el tratado climático global adoptado en 2015 en la COP21 (Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático) en París, dentro de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático (CMNUCC), firmado por prácticamente todos los países del mundo y que entró en vigor en noviembre de 2016, cuando se alcanzó un número mínimo de ratificaciones. Los objetivos centrales son mantener el aumento de la temperatura media global “muy por debajo de 2 °C” respecto de la era preindustrial y hacer esfuerzos para no superar 1,5 °C, lo que una década después es difícil de alcanzar con los compromisos actuales de los países, y llegar a un equilibrio entre los gases de efecto invernadero que se emitirán y lo que los sumideros (bosques y océanos) absorberán a partir de la segunda mitad del siglo actual, lo que se traduce como “cero emisiones netas” hacia 2050. El tratado también supone fortalecer la capacidad de los países para adaptarse a los impactos del cambio climático y reducir su vulnerabilidad, mientras los países de altos ingresos se comprometieron a movilizar recursos financieros para apoyar a países en desarrollo en mitigación y adaptación. Cada país presenta su Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) como plan propio de reducción de emisiones y adaptación, las que deben actualizarse cada 5 años y ser más ambiciosas en cada ciclo (“principio de progresividad”). La meta concreta de reducción de emisiones es propia de cada país.
Trump calificó en la ONU en septiembre el cambio climático como “el mayor engaño jamás perpetrado al mundo” y afirmó que muchas de las predicciones hechas por la ONU y otros organismos eran “erróneas” y fueron hechas por “personas estúpidas que han costado fortunas a sus países”. Criticó el uso masivo de energías renovables, llamándolas “un chiste”, y dijo falsamente que no funcionan o que son más costosas que los combustibles fósiles. En la COP30, el gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom dijo que “la gente tiene que plantarse, hay que plantarse ante un matón”. En el arranque de la conferencia de 2025 en la ciudad amazónica, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, ya había señalado que “demasiados líderes siguen cautivos de los intereses de los combustibles fósiles, en lugar de proteger el interés público”.
No obstante, para Sara Aagesen, ministra española para la Transición Ecológica, “en esta cumbre podrían haber ocurrido dos retrocesos: olvidarnos de abandonar los combustibles fósiles y eliminar las referencias a la ciencia. Ambas cosas siguen estando vivas y eso es importante. Yo pondría en valor la coalición de los ambiciosos, los más de 80 países que nos hemos unido a favor de la hoja de ruta. Ahora tenemos que trabajar duramente desde hoy y hasta la próxima COP para que la coalición de los ambiciosos ganemos no solo el relato sino ganemos en estas negociaciones. Hemos seguido defendiendo el abandono progresivo de los combustibles fósiles, que es una posición que nos costó mucho lograr en la cumbre de Dubái. Hay que apostar por la transición energética y por la transición ecológica porque revierte en beneficios sociales, económicos, de salud y de progreso.” Laurence Tubiana, arquitecta del Acuerdo de París de 2015, ha resaltado que “el multilateralismo perdura. Hemos demostrado que Trump estaba equivocado, la acción climática es imparable”.
Los gobiernos de Colombia y los Países Bajos dieron un paso adelante para anunciar que coorganizarán la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa más allá de los Combustibles Fósiles en abril de 2026, mientras 24 países firmaron la Declaración de Belém apoyando una hoja de ruta global.
Anexo partes del artículo de Max Bearak y Lisa Friedman publicado en The New York Times.
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“Las negociaciones climáticas globales concluyeron el sábado en Brasil con una resolución diluida que no mencionó directamente a los combustibles fósiles, el principal motor del calentamiento global.
La declaración final, ampliamente criticada por diplomáticos como insuficiente, representó una victoria para productores de petróleo como Arabia Saudita y Rusia. Incluía numerosas advertencias sobre los costos de la inacción, pero pocas disposiciones sobre cómo el mundo podría enfrentar de manera directa el aumento peligroso de las temperaturas globales. Sin una rápida transición lejos del petróleo, el gas y el carbón, advierten los científicos, el planeta se enfrenta a devastaciones crecientes por olas de calor mortales, sequías, inundaciones e incendios forestales.
Una serie de frenéticas reuniones durante la noche del viernes logró finalmente salvar las conversaciones en Belém, a las puertas de la selva amazónica, de un colapso total.
Los países productores de petróleo, como Arabia Saudita, fueron firmes en que su principal exportación no debía ser señalada. Se unieron a muchos países africanos y asiáticos que argumentaron —como en conversaciones anteriores— que los países occidentales tienen una responsabilidad única de pagar por el cambio climático, porque históricamente son responsables de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Unos 80 países, un poco menos de la mitad de los presentes, exigieron un plan concreto para alejarse de los combustibles fósiles. Fuera de Europa, no incluían a ninguna de las grandes economías del mundo.
Tras el golpe del mazo, André Corrêa do Lago, el diplomático brasileño que presidía las conversaciones, anunció que su país lideraría un esfuerzo independiente para reunir a las naciones en el desarrollo de planes específicos para la transición lejos de los combustibles fósiles y para proteger los bosques tropicales. Ese esfuerzo político no tendría fuerza de derecho internacional, pero los delegados lo recibieron con un educado aplauso.
Entonces comenzaron las objeciones. Panamá, luego Colombia, luego la Unión Europea. Uno tras otro, los diplomáticos dijeron estar profundamente decepcionados con el proceso y con el resultado.
Una delegada de la Federación Rusa levantó el cartel con el nombre de su país para interrumpir la sesión y protestar por la conducta de los países latinoamericanos durante las negociaciones.
Los activistas dijeron que el acuerdo débil aumentó los temores entre muchos países —particularmente los pequeños estados insulares vulnerables— de que el mundo no está dispuesto o no es capaz políticamente de abordar el cambio climático y la cascada de catástrofes asociadas. “Los petroestados y sus aliados políticos están haciendo todo lo posible para impedir que el mundo avance en la solución de la crisis climática”, dijo el exvicepresidente Al Gore en un comunicado. “Se opusieron ferozmente a lo que habría sido el avance más importante en la COP30: el desarrollo de una hoja de ruta para alejarse de los combustibles fósiles”.
Las conversaciones, conocidas como COP30, empezaron con mal augurio. Bajo el presidente Trump, el gobierno estadounidense boicoteó de facto la reunión anual, despreciando la acción climática multilateral mientras impulsaba a toda marcha la industria de combustibles fósiles de Estados Unidos y derogaba el apoyo federal a las energías renovables y a los vehículos eléctricos. Era la primera vez en 30 años de conversaciones climáticas que Estados Unidos no asistía.
Y aun así, en muchos sentidos, la decepción de la cumbre se debió a su ausencia. Aunque Estados Unidos bajo administraciones demócratas no siempre ha sido un campeón de una acción climática ambiciosa, sí había sido constante en una cosa: exigir que las grandes economías con altas emisiones, como China y Arabia Saudita, asumieran más responsabilidad. Sin Estados Unidos, reconocían los diplomáticos en Belém, esa enorme fuente de presión desapareció.
“Estados Unidos se ha hecho daño al excluirse del proceso”, dijo David Waskow, director del programa climático del World Resources Institute, un centro de investigación. “No está aquí para presionar a varias economías. Por ejemplo, China”. Taylor Rogers, portavoz de la Casa Blanca, declinó comentar sobre el resultado de las conversaciones, pero dijo en un comunicado que el señor Trump había “dado un fuerte ejemplo para el resto del mundo” al promover nuevos desarrollos de combustibles fósiles. “El presidente Trump ha sido claro”, dijo. “No pondrá en peligro la seguridad económica y nacional de nuestro país para perseguir metas climáticas vagas que están arruinando a otros países”.
China, actualmente el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo por amplio margen, desempeñó un papel limitado en Belém, eligiendo no ocupar el vacío de liderazgo creado por la ausencia de Estados Unidos. A pesar de dominar la industria mundial de energía limpia, China evitó tomar posiciones firmes en la mayoría —si no en todas— las cuestiones centrales: reducción de emisiones, financiamiento para ayudar a los países más pobres a afrontar el cambio climático y contribuciones a un nuevo fondo brasileño destinado a frenar la deforestación. A instancias de China, el acuerdo pide que las naciones no usen el clima como excusa para restringir el comercio internacional.
La resolución tibia también fue un revés para el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien había presentado el evento como un momento histórico para avanzar en la acción climática mientras se mostraba la Amazonía, a menudo llamada “los pulmones del mundo” por la enorme cantidad de dióxido de carbono que extrae de la atmósfera. En su discurso inaugural, pidió a los negociadores que entregaran una “hoja de ruta” para una transición global lejos de los combustibles fósiles. Al final, no hubo tal plan.
En las conversaciones de hace dos años en Dubái, los países del mundo ya habían acordado una “transición” lejos de los combustibles fósiles para mediados de siglo. Siguiendo la sugerencia del presidente Lula, un grupo de países —entre ellos Reino Unido, Colombia, Dinamarca, Francia, Alemania y Kenia— presionó en Belém por un plan detallado. Solo obtuvieron un reconocimiento simple del acuerdo de Dubái. El acuerdo final dice que los países deben implementar sus planes climáticos “teniendo en cuenta las decisiones” tomadas en Dubái. Los europeos dijeron que el lenguaje, aunque codificado, seguía siendo una victoria.
Los negociadores de la Unión Europea habían defendido particularmente la inclusión de lenguaje explícito sobre combustibles fósiles, pero muchos países en desarrollo sostuvieron que era más importante que los países occidentales se comprometieran a destinar mayores sumas de dinero para ayudar a los más pobres a hacer frente a los costos crecientes del calentamiento global. Dijeron que esa responsabilidad debía recaer principalmente en los países europeos y en Estados Unidos debido a sus enormes aportes a las emisiones desde el inicio de la Revolución Industrial. Solo Estados Unidos representa aproximadamente una cuarta parte de todas las emisiones históricas.
Ali Mohamed, enviado climático de Kenia, dijo que las obligaciones financieras de los países ricos hacia los pobres “no pueden seguir siendo ideas marginales para un continente responsable de menos del 4 por ciento de las emisiones globales”.
La iniciativa emblemática del presidente Lula contra la deforestación, la Tropical Forests Forever Facility, también quedó muy por debajo de su objetivo ambicioso de recaudar 25.000 millones de dólares en financiamiento público para pagar a los países por proteger los bosques. Para el final de las conversaciones, el programa había recibido unos 5.000 millones de dólares en promesas de un pequeño grupo de países, incluidos Noruega, Indonesia y Francia, mientras que Alemania dijo que pronto contribuiría con un monto no especificado.
El acuerdo sí reforzó las promesas de financiamiento para proteger a las comunidades de los desastres agravados por el clima. En particular, los pequeños estados insulares querían más garantías de que las naciones triplicarían el financiamiento para adaptación, y el acuerdo final lo hace, llamando a “esfuerzos para al menos triplicar el financiamiento para adaptación para 2035”.
Al final, las conversaciones quedaron trabadas por la creciente brecha entre los mayores emisores del mundo y los países más pobres y vulnerables, que suplican por una respuesta colectiva más ambiciosa al cambio climático. “No puedo decir que estemos felices, pero damos gracias por no haber retrocedido en este clima geopolítico”, dijo Ruleta Camacho Thomas, representante de Antigua y Barbuda.
Hace diez años, en una cumbre climática histórica cerca de París, casi 200 naciones acordaron mantener el aumento promedio de la temperatura global “muy por debajo” de 2 grados Celsius —o 3,6 grados Fahrenheit— y, de ser posible, más cerca de 1,5 grados Celsius respecto de los niveles preindustriales.
Aunque se ha logrado un progreso significativo, el objetivo de “muy por debajo” de 2 grados casi con certeza no se cumplirá, dada una década de acción lenta. Según los cálculos más recientes de la ONU, basados en las políticas actualmente vigentes y las tendencias tecnológicas, se espera que la Tierra se caliente aproximadamente 2,8 grados Celsius este siglo en comparación con los niveles preindustriales.
Las emisiones han aumentado considerablemente desde el Acuerdo de París en 2015. El dióxido de carbono proveniente de la quema de combustibles fósiles está en camino de alcanzar un máximo histórico este año. El mundo ya se ha calentado cerca de 1,3 grados Celsius con respecto a los promedios de fines del siglo XIX. Los científicos han advertido repetidamente que cada décima de grado de calentamiento vuelve el clima menos predecible —con enormes repercusiones para la agricultura, la planificación urbana y las cadenas de suministro globales— y más propenso a extremos como sequías, inundaciones e incendios, que agravan las crisis humanitarias y generan olas de migración.”


Excelente síntesis del mayor fracaso que se haya tenido en una COP, no obstante que en su conjunto representan un fracaso con consecuencias que ya hoy son catastróficas, como lo ilustra el caso de los arrecifes de coral. Muchas gracias, Gonzalo