Los 119
Este sábado se realiza la marcha que conmemora los 50 años de la Operación Colombo, diseñada por la policía política de la dictadura militar de Pinochet, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en 1975. La finalidad de esta operación era encubrir la detención y desaparición de 119 personas con la complicidad de la cadena de El Mercurio.
En esa lista están varios de mis amigos, luego de que en 1972, previas actividades como simpatizante de la Juventud Socialista, me incorporé al MIR, pues pensaba que el programa de transformaciones del presidente Allende no tendría viabilidad y sería derribado por sus opositores internos y externos y que, por tanto, había que prepararse a la confrontación que vendría. Este fue un empeño y un sacrificio de gran dignidad hecho por una parte de una generación, que cabe honrar. Que haya sino inconducente -el proceso requería más bien de una ampliación de las bases de sustentación del proyecto de cambio igualitario de la sociedad para lograr que prevaleciera sobre la subversión antidemocrática de los poderes oligárquicos e imperiales afectados, y no una radicalización que las fragilizara- es harina de otro costal (ver aquí).
En la lista de los 119 está Mauricio Jorquera, el "chico Pedro", miembro de la dirección de estudiantes secundarios del MIR en 1973 de la que formaba parte, dirigida por Luis Valenzuela, quien también fue detenido y desaparecido por la dictadura en 1975. Mauricio Jorquera fue detenido el 5 de agosto de 1974, cuando cumplía 19 años. He relatado en otro texto que en los meses previos al golpe prestábamos un apoyo crítico, en medio de una situación convulsionada, a la iniciativa de la Escuela Nacional Unificada, que habíamos discutido en profundidad junto al representante de la Comisión Nacional Estudiantil del MIR, Sergio Riffo (también desaparecido). Habíamos acordado respaldarla por los avances potenciales hacia una educación más igualitaria que entrañaba. El proyecto finalmente nunca fue presentado al Congreso y terminó retirado de su agenda por el gobierno, aunque la oposición mantuvo la presión insurreccional en liceos y colegios hasta el golpe. En el tráfago de actividades y tensiones, no lográbamos coordinar mucho, salvo ser parte de todas las movilizaciones. Con frecuencia andábamos por la Alameda y los alrededores del Instituto Nacional y la Universidad de Chile y con más de algún gas lacrimógeno en el ambiente. La derecha secundaria dirigida por el miembro del Partido Nacional Andrés Allamand y desde la DC por Miguel Salazar y Osvaldo Artaza estaban en la calle periódicamente y nosotros intentábamos impedir que los liceos y colegios se sumaran al paro indefinido conducente al golpe de Estado que promovían. En agosto de 1973, en la Alameda a la altura de la Iglesia San Francisco, por la tarde-noche, avanzamos algunas decenas de militantes del FER hacia un grupo de manifestantes que ocupaba la calle a una cierta distancia. Sonaron disparos. A dos metros de donde corría hacia los manifestantes cayó baleado en el cuello Mauricio y rápidamente fue evacuado hacia la Posta Central. Se recuperó. Pero Mauricio fue detenido después del golpe en la calle por una delación de la "flaca Alejandra", que colaboró en la represión contra sus compañeros. Fue visto en los lugares de represión y tortura de la DINA en Londres 38, Cuatro Álamos y José Domingo Cañas, en malas condiciones. Luego nadie que no fueran los agentes de la represión lo vio más.
También está en la lista de los 119 Agustín Reyes Gonzalez, jefe de la estructura del MIR de la zona oriente, el G3, a la que pertenecía, diezmada por la DINA a partir de 1974, especialmente por Osvaldo Romo. "Aníbal" era una persona cálida y afable que fue detenido y desaparecido el 27 de mayo de 1974, con 23 años.
También están en la lista de los 119 Miguel Ángel Acuña Castillo y Héctor Garay Hermosilla, el Pampa y el Titín, amigos y jóvenes de 19 años, alegres estudiantes del liceo 7 que fueron detenidos y desaparecidos el 8 de julio de 1974, por entonces recién ingresados a la universidad. Habíamos compartido militancia entre los estudiantes secundarios del Frente de Estudiantes Revolucionarios en 1972 y 1973 y compartido el intento de resistencia al golpe en los días 11, 12 y 13 de septiembre de 1973 en Macul.
Escribí en otra parte lo que ocurrió en esos días: "Nos juntamos en el Pedagógico en Macul, lugar previamente establecido de reunión, al que llegué a eso de las 9 de la mañana. Allí nos juntamos una treintena de miristas cerca de la entrada. Quienes nos dirigían, entre ellos el jefe del G3, "Aníbal", Agustín Reyes, detenido y desaparecido en mayo de 1974, y los miembros de la jefatura Carlos Ominami y Ricardo Pizarro, nos señalaron que no tenía sentido permanecer en el Pedagógico, que estaba empezando a ser rodeado por militares, por lo que nos dirigimos a la empresa Paños Continental, en el cordón industrial Macul. Permanecimos allí un rato en la calle, pero a los dirigentes sindicales no les pareció una buena idea que ingresáramos y una patrulla de Carabineros que pasaba se detuvo. Un oficial nos dijo, con semblante preocupado y mucha tensión, "muchachos, mejor que se vayan para sus casas" y siguió su camino la patrulla. Es cierto que el jefe de nuestro grupo tenía 23 años y los demás menos. Varios andábamos con uniforme de colegio. Seguimos caminando, pero el grupo ya era menos numeroso, una veintena. En un momento dado nos encontramos parados en la esquina de Macul con Los Olmos, en una situación un poco surrealista: no sabíamos qué hacer. En ese momento se acercó una mujer de edad media y con una gran simpatía nos dijo: "muchachos, yo soy del partido radical, vengan a mi casa que está aquí cerca". No sé que pensó esa mujer al tomar un riesgo semejante, tal vez la imagen de esos jóvenes decididos le provocó esa reacción solidaria. El hecho es que entramos una quincena en esa casa, su dueña se trasladó con sus hijas a otro lugar cercano, y ahí nos instalamos. Ricardo Pizarro, mi jefe en el G3, me pidió al rato que lo acompañara a una casa cercana. Allí estuvimos un par de horas armando varias decenas de granadas caseras, hechas con tarros de café con plomo y metralla alrededor, que llenamos con algo así como amonio de plata y luego les atornillamos unas espoletas muy artesanales hechas con fósforos, y luego volvimos a la casa de Macul. Allí nos enteramos por la televisión de la muerte del presidente Allende, y escuché en la lista de buscados el nombre de mi padre, lo que me alivió porque pensé que al menos no estaba preso y seguía vivo. Empezamos a planificar acciones, luego de que alguien de la dirección del grupo señaló que había podido hablar por teléfono con Bautista Van Schouwen, de la dirección del MIR, y que la instrucción era que hiciéramos "barricadas de dispersión". Sonaban balaceras intermitentes en la escuela de suboficiales de Carabineros que quedaba cerca, por lo que varios salieron desafiando el toque de queda para averiguar qué pasaba y ver si podíamos intervenir, lo que no lograron. Se planteó entonces la idea de asaltar una comisaría, pues el grupo tenía dos pequeñas ametralladoras argentinas y una pocas pistolas, aunque el encargado militar, apodado el "Turco Mario" se había volatizado y el sub encargado, apodado el "Pato Malo", de una gran simpatía, Mario Maureira, detenido y desaparecido en 1976, hacía lo que podía.
Pasó la noche sin que pudiéramos hacer nada. A la mañana siguiente, me dijeron que me cortara el pelo largo que usaba entonces, porque podría ser peligroso en situaciones de fuego. Entretanto se estacionó en la esquina de la casa un bus de Carabineros y pasaban patrullas militares. El bus permaneció largo rato, es muy posible que hubieran detectado nuestros movimientos, y permanecimos por largo rato con gran tensión esperando el asalto. Pero al cabo de un par de horas se retiraron, y salieron varios grupos de dos o tres de los nuestros y lanzaron nuestras granadas artesanales a patrullas militares, las que no funcionaron. Entre medio, en la televisión apareció la noticia del allanamiento de una casa en la que se encontraron materiales explosivos: era la casa en la que había estado el día anterior. En la tarde fuimos evacuando la casa de la señora radical y con tres o cuatro, en medio del toque de queda, caminamos hacia la población Santa Julia, yo con cuatro granadas en mi chaqueta y con bastante susto. Nos acogió una pareja de pobladores, que también se trasladó a otro lugar. En su casa permanecimos con mucha tensión con el Pampa y el Titi con cada vez menos posibilidades de hacer algo. La dirección decidió a los tres días que nos dispersáramos. Me despedí de mis compañeros a los que no vería más, pues les esperaba la muerte unos meses después. Salí a llamar por teléfono para tratar de saber algo de mi familia. En una cabina telefónica hablé con un amigo, sin lograr averiguar mucho. Al terminar, miré hacia un lado y vi un soldado en una patrulla detenida a unos diez metros, con unos cuellos naranjos que usaban, apuntándome con un fusil. Un liceano con uniforme y el pelo cortado de manera un tanto extraña en ese contexto le debe haber llamado la atención. Seguí haciendo como que hablaba por teléfono, y finalmente la patrulla siguió su camino, para mi gran alivio. Me fui caminando durante largo rato por las calles de Nuñoa hacia donde un tío, pensando en conectar con mi familia, lo que finalmente logré. Pasé por el Estadio Nacional en mi recorrido. Ignoraba que ya era un campo de concentración, en el que se encontraban ya varios de mis amigos y el que sería más tarde mi suegro, Vicente Sota. La tragedia ya estaba desatada. Dos meses después partí al exilio con mi madre (mi padre podría salir de la embajada de Venezuela solo en agosto de 1974), pues no tenía cómo quedarme en Chile. Y queda para mi el recuerdo imborrable de haber compartido el intento de resistencia a los 16 años junto a los que dieron en los meses y años siguientes con honor su vida siendo tan jóvenes, no como víctimas, sino como combatientes de una causa, la de una sociedad más justa, y cuya memoria permanece indeleble."
En la lista de los 119 también está la pareja conformada por Edwin Van Yurik y Bárbara Uribe, que el 10 de julio de 1974 fueron detenidos y desparecidos a sus 20 años. Eran entusiastas y gentiles. En casa de Bárbara y sus hermanas, al frente del Pedagógico, nos reunimos varias veces para discutir nuestras tareas militantes, gente acogedora y cordial.
En la lista de los 119 también está Alfonso Chanfreau Oyarce, de la dirección de estudiantes universitarios del MIR, a quien veía cuándo nos movilizábamos alrededor de la Casa Central de la Universidad de Chile y el Instituto Nacional. El 30 de julio de 1974 fue detenido, entre otros por Osvaldo Romo, y torturado en Londres 38 y Villa Grimaldi. Desde el 13 de agosto, nadie que no fueran los agentes de la represión lo vio más.
La vida y las decisiones que tomé hicieron que no llegara a compartir la suerte terrible de mis compañeros y compañeras de la época. Dado que tenía 16 años y ninguna condición para permanecer clandestino, salí al exilio en 1973, con mi familia forzada a salir del país (mi padre era ministro del presidente Allende y debió refugiarse en la embajada de Venezuela para salvar su vida e integridad), Mi idea era que debía estudiar y luego volver a Chile, lo que pude hacer a fines de 1980 tras completar mis estudios de economía en la Universidad de París. Desde entonces me he empeñado en honrar, en la medida de mis posibilidades y en los distintos derroteros recorridos, la memoria de mis compañeros y compañeras detenidos y desaparecidos, como la de todos los demás caídos. Me inclino ante los que fueron combatientes con honor de una causa, la de la lucha común por un mundo libre y de iguales en dignidad y derechos, cuyos valores básicos permanecen plenamente vigentes, con todos los aprendizajes que corresponde hacer y en un mundo distinto.

