Las oleadas de pasiones tristes
Impulsos agresivos, sesgos cognitivos y conducta política
Las violencias son la peor expresión de los impulsos agresivos de los seres humanos. Es lo que Spinoza llamaba en otras épocas las pasiones tristes. En el extremo, para Freud (en “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” de 1915) y su visión pesimista, resulta ser
precisamente el énfasis puesto en el mandamiento ‘No matarás’ lo que nos da la certeza de que descendemos de una estirpe infinitamente larga de asesinos que llevaban en la sangre el placer de matar, como quizá todavía lo llevemos nosotros mismos.
Esto se expresa actualmente en, entre otras, las guerras imperiales de agresión sangrientas del Medio Oriente y de Europa del Este, las guerras civiles y étnicas en África y partes de Asia, las violencias del crimen organizado y el narcotráfico en América Latina, así como en los autoritarismos de variado signo e intensidad.
Menos dramáticamente, se está de distintas maneras frente a dinámicas sociales y políticas que incluyen nuevas oleadas de impulsos agresivos que expresan resentimientos variados de origen individual pero con efectos colectivos. Como señala Renata Salecl,
la agresión ha permeado la sociedad. El idioma que usamos es lo que le da forma a la cultura que construimos. Pero somos responsables cuando usamos este lenguaje.
En diversos lugares del mundo se está llegando a la redefinición del funcionamiento de las estructuras de poder y de los modos de convivir, con acentuadas lógicas autoritarias y de dominación y el uso intensivo de desinhibiciones del lenguaje y manipulaciones informativas, con un fuerte impacto en las preferencias y conductas de opiniones públicas, en sociedades marcadas por una creciente inestabilidad y precariedad de las condiciones de vida de una parte de la población. En palabras de Goldstone y Turchin en 2020:
A lo largo de la historia, lo que crea el riesgo de inestabilidad política es el comportamiento de las élites, que con demasiada frecuencia reaccionan a los aumentos de largo plazo de la población cometiendo tres pecados capitales. En primer lugar, frente a un aumento de la oferta de trabajo que frena el crecimiento de los salarios y la productividad, las élites buscan apropiarse de una mayor porción de las ganancias económicas, lo que impulsa el aumento de la desigualdad. En segundo lugar, ante una mayor competencia por la riqueza y el estatus dentro de la élite, restringen las vías de movilidad para favorecerse a sí mismas y a su descendencia. Por ejemplo, en una sociedad cada vez más meritocrática, las élites pueden mantener limitadas las plazas en las universidades de mayor prestigio y elevar los requisitos y los costos de acceso de manera que beneficien a los hijos de quienes ya han tenido éxito. En tercer lugar, ansiosas por aferrarse a sus fortunas crecientes, hacen todo lo posible por resistir la imposición de impuestos sobre su riqueza y sus ganancias, incluso si ello implica privar al Estado de los ingresos que necesita, lo que conduce al deterioro de la infraestructura, la disminución de los servicios públicos y un rápido aumento de la deuda pública.
Los resentimientos son actitudes individuales, pero se vinculan a las evoluciones socioeconómicas, culturales y políticas que configuran experiencias colectivas. Se alimentan de las pulsiones que nacen de la frustración, de la injusticia percibida o de heridas, traumatismos y humillaciones, y que llegan a manifestarse como una ira que, si no se reconoce y canaliza, suele derivar hacia impulsos destructivos dirigidos hacia otros. La agresividad es el modo de expresión de malestares y resentimientos reprimidos y es una forma de impotencia que tiende a buscar a terceros culpables. De paso, no duda en deformar hechos y rechazar las evidencias que no se acomodan a los impulsos primarios. Para Albert Camus,
el resentimiento es un autoenvenenamiento del alma…El rebelde auténtico dice no a la injusticia, pero dice sí a la vida. El resentido, en cambio, dice no a los otros.”
Desde otro ángulo, en 1950 Theodor Adorno caracterizó, después de la experiencia nazi, la personalidad autoritaria como aquella centrada en el sentido de la jerarquía y la cultura del jefe, a la vez rígida, conformista y racista, con una visión desdeñosa de la humanidad y una necesidad de ejercer el poder y mostrarse dura, que surge de las ansiedades producidas por las faltas percibidas en quienes no respetan las convenciones y les lleva a actuar de manera opresiva contra ellas, con un frecuente antiintelectualismo, entendido como una oposición general a las tendencias subjetivas e imaginativas. Hetherington y Weiler en 2009 describieron la personalidad autoritaria como aquella que tiene una mayor necesidad de orden y una menor disposición a tolerar la ambigüedad, así como una tendencia a apoyarse en autoridades establecidas para proveer ese orden. Sostienen que, si bien todas las personas buscan dar algún grado de orden a su mundo, las personalidades no autoritarias son más proclives a recurrir a conceptos como la equidad y la igualdad, en lugar de adherir a las convenciones y líderes tradicionales que son más habituales entre las personalidades autoritarias. También señalan que casi todas las personas se vuelven más autoritarias cuando experimentan amenaza, ansiedad o fatiga, ya que las partes emocionales y reactivas del cerebro desplazan a las capacidades cognitivas.
Los mecanismos del Estado de derecho y del orden internacional basado en reglas de resolución pacífica de conflictos han buscado en la historia moderna limitar lo que la agresividad transformada en violencia es como expresión etimológica: violentia = abuso de la fuerza. Pero contenerla requiere, además de reglas eficaces, de la capacidad de hacerlas cumplir y, más ampliamente, canalizar en la cultura y la sociedad mecanismos de prevención y contención, empezando por reconocer los conflictos de intereses y conducirlos institucionalmente por vías no violentas. Cuando eso no ocurre, o de manera insuficiente, se expanden las experiencias de frustración que se traducen en hostilidades anómicas más o menos extendidas y graves, reforzados por Estados violentos. Estos modos de estar en el mundo se alimentan de “sesgos cognitivos” y los refuerzan. De acuerdo a Eli Elster,
el cerebro humano evolucionó para formar modelos precisos del mundo, y la mayoría de las veces lo hacemos bastante bien. Entonces, ¿por qué las personas también suelen adoptar y desarrollar creencias que carecen de pruebas sólidas que las respalden?.
Las personas llegan a creer en la Tierra plana y las vacunas con microchips por las mismas razones por las que llegan a creer en cualquier otra cosa. Sus experiencias les llevan a pensar que esas creencias son ciertas. Sostiene Elster que las creencias no son intrínsecamente buenas o malas. En particular, las creencias religiosas proporcionan significado, seguridad y un sentido de comunidad a miles de millones de personas. Sin embargo, la desinformación sobre la ciencia, por un lado, y sobre los intereses que están envueltos en las dinámicas económicas, sociales y políticas, por otro, pueden llegar a ser muy disruptivas para las sociedades. En determinados momentos históricos esto se agudiza, en especial cuando la mayoría de la población vive en estado de temor y desconfianza en su vida cotidiana y cuando sus condiciones de sustento económico y de inserción social tienen altos grados de precariedad e incertidumbre, sin derechos consolidados o contrapesos frente a los factores arbitrarios de poder.
Las teorías conspirativas y la pseudociencia se traducen en formas irracionales de acción colectiva y en la intención de causar daño a determinados grupos, usualmente los distintos y los extranjeros, o en su caso a elites e intelectuales de distinto tipo. Quienes las siguen sorprenden a los investigadores por ser impermeables a las pruebas que las contradicen, pero no resulta extraño que algunas personas prefieran confiar en lo que le dicen sus ojos y sus emociones primarias. Esto se explica porque los seres humanos usamos marcos y atajos mentales para reaccionar esquemáticamente sobre cómo funciona el mundo, los que se magnifican según el estado de las sociedades, de las culturas prevalecientes en ellas y de la creación y absorción de conocimiento, con el sustrato de los distintos sistemas de asignación de recursos. Terminan en determinadas circunstancias por crear ambientes de exasperación y miedo y por relegar el pensamiento complejo, lógico, analítico y basado en evidencia, el que es por lo demás mucho más diverso. El pensamiento rápido es intuitivo, automático y emocional y opera para decisiones cotidianas, mientras el pensamiento complejo es más lento, requiere esfuerzo y no siempre se activa, siguiendo el modelo de los dos sistemas de Daniel Kahneman. El sistema 1 asocia información con los patrones existentes más que crear capacidades de interpretación de las nuevas experiencias. Al generar un pensamiento enmarcado, conduce a un sesgo de confirmación y a ignorar evidencias que lo contradigan. Se tiende a buscar la información que valide la hipótesis inicial, dando lugar a conclusiones incompletas o erróneas. El Sistema 2 de Kahneman es, en cambio, el pensamiento lento, deliberado, racional y consciente, que requiere esfuerzo y se activa para resolver problemas complejos, tomar decisiones importantes y aprender cosas nuevas, mientras permite pausar impulsos y analizar opciones, aunque sea mentalmente costoso y limitado en su capacidad.
No existen antídotos evidentes frente a los impulsos sociales agresivos y descalificadores, salvo reconocer que es la experiencia y las circunstancias las que pueden tanto activar como actuar de filtro contra el pensamiento arbitrario, las creencias infundadas y las actitudes de agresión violenta. Y que en la dinámica social hay quienes adoptan creencias no porque estén seguros de que sean ciertas, sino porque otras personas en las que llegan a confiar las tienen o porque quieren transmitir algo sobre sí mismas a los demás.
En Chile, como en otras partes, se han expandido las experiencias en las que, siguiendo a François Dubet,
cada uno tiene razones para sentirse abandonado, amenazado, y para sospechar que el otro -cualquier otro- recibe ventajas indebidas.
Constatemos que desde 2010 ningún gobierno ha estado en capacidad de prolongar su opción y se han producido alternancias sucesivas entre los grandes bloques políticos. Esto se ha acompañado del debilitamiento de las autonomías no mercantiles en la sociedad civil y de la expansión de una cultura de la queja, con frecuente uso de la maledicencia y la culpabilización infundada de otros, en que la descalificación sin fundamentos termina por disminuir o reemplazar la deliberación democrática, que es la que permite poner en perspectiva las contradicciones y conflictos de interés en la sociedad y estructurar las opciones de acción colectiva racional para sostener una convivencia equitativa y encontrar vías de promoción de progresos. La exacerbación del miedo y la desconfianza y el predominio de emociones agresivas han terminado por consagrar en esta etapa en Chile el retroceso del espíritu cívico, por enrarecer y distorsionar significativamente el funcionamiento de la esfera pública y por facilitar el crecimiento de la extrema derecha y su discurso simple y eficaz de atribución al extranjero, al oponente político y al distinto -que hay que desplazar o destruir- de la responsabilidad de las frustraciones y enojos cotidianos que diversos colectivos humanos puedan experimentar.
Esto ha sido facilitado por la estructura económica de mercado asimétrica y con insuficiente regulación y por los circuitos cada vez más fragmentados de la comunicación interpersonal, que llevan al estímulo generalizado del individualismo negativo en una sociedad que ha vivido confrontaciones profundas ancladas en la memoria colectiva.
Las responsabilidad de las elites convencionales en Chile es grande: no contribuyen con mucha frecuencia al diálogo y a los compromisos y suelen defender su propio interés y punto. No ayudan a sostener sistemas de interpretación de los conflictos de la vida en sociedad más allá del sálvese quien pueda individual ni tienen una mayor preocupación por construir una vida en común más equitativa y sostenible. Incluso, parte de la elites intelectuales se han hecho parte de procesos de mediocre sometimiento pragmático a los poderes oligárquicos. Tampoco contribuye que en el sistema político prevalezca la incapacidad parcial de las instituciones democráticas -por el prolongado bloqueo desde las minorías oligárquicas- de proveer resultados sociales con relación suficiente con las promesas y declaraciones enunciadas en el espacio público.
Al tomar más en cuenta que muchas creencias se forman a partir de la experiencia, se pueden encontrar mejores formas de combatir su propagación cuando son socialmente dañinas y se traducen en conductas agresivas y destructivas. Elster concluye que es importante que se pueda
fomentar una mayor compasión y afinidad hacia las personas que tienen creencias que parecen muy diferentes a las suyas. No están ‘locas’ ni son insinceras. Como cualquier otro ser humano, consideran que las pruebas están de su parte.
Las creencias que se traducen en el rechazo al otro y en el cultivo de los miedos se pueden modificar socialmente configurando experiencias distintas de las que emanan de las pulsiones primarias agresivas. Muchas personas pueden ir cambiando sus actitudes frente al racismo y a la violencia excluyente, por ejemplo. Para eso se requiere de consistencia conceptual y emocional en los discursos y los funcionamientos de las instituciones y combatir el factor más corrosivo de la legitimidad de sus roles: el abuso de poder y la corrupción, que cuando se extienden hacen inaudible toda persistencia política transformadora. También requiere del cultivo de raigambres culturales que celebren positivamente la cooperación y la aspiración a “vivir bien una vida buena”, junto a la apertura activa al conocimiento, con estrategias colectivas apropiadas que puedan sostener el esfuerzo y la innovación compartidos con la perspectiva de traducirse en avances en la prosperidad general y en la calidad de la convivencia, aunque tomen tiempo. Opciones y dinámicas de este tipo se alimentan con proyectos políticos que se propongan avanzar a un bienestar compartido, en el que se puedan desenvolver proyectos de vida con grados básicos de autonomía y se pueda dar lugar a mecanismos de igualación de oportunidades y derechos, de desconcentración del poder económico y de protección frente a las explotaciones, las discriminaciones, los riesgos sociales, las incertidumbres y la proliferación de falsedades, como lo demuestran diversas experiencias históricas,
Es una responsabilidad de los progresismos de cara al futuro en Chile cuestionar y resistir las opciones autoritarias y violentas. En particular, deben valorar y fortalecer las experiencias y conductas de empatía y solidaridad antes que descalificarlas o morigerarlas, acompañadas de la sistemática argumentación en favor de la construcción de Estados sociales y economías reguladas que den soporte a la vida en común más allá de los intercambios e interacciones por interés propio. Como estos son las más de las veces asimétricos, desiguales y frustrantes, apoyarse en las micro y macro experiencias que crean expectativas alternativas es el único camino posible para dejar atrás las pasiones tristes, aunque el desafío sea siempre recurrente y los resultados nunca estén asegurados.


Como Chilenos, nunca fuimos capaces de generar una instancia que nos ayudara a cerrar la profunda herida que dejó la dictadura. El resultado es trágico, sin duda, pero hay algo interesante: Chile es resiliente. Y creo que las mismas barreras institucionales que bloquearon las reformas progresistas ahora funcionarán para contener los impulsos autoritarios del gobierno de derecha entrante.
Quería compartir contigo mi último artículo—un análisis profundo sobre la paradoja chilena y una evaluación final del gobierno de Boric tras las recientes elecciones. Es una lectura agridulce, pero capta algo esencial sobre la política latinoamericana actual—cómo las instituciones democráticas pueden ser tanto obstáculo como escudo, dependiendo de quién ejerza el poder.
Me encantaría conocer tu opinión si tienes chance de leerlo.
saludos
Excelente. Muy acertada la frase de Camus. Me asombra tu erudicion