Lionel Jospin: “¿La izquierda? Es mi lengua materna”.
Hoy se realiza en Francia un homenaje de Estado por la partida de Lionel Jospin a los 88 años, el domingo pasado. Fue primero un joven trotskista y a la vez alto funcionario, luego jefe del PS francés durante el primer período presidencial de François Mitterrand, más tarde ministro de Educación en el segundo y finalmente primer ministro entre 1997 y 2002. En esa condición estableció, entre otras reformas, la jornada laboral de 35 horas y la cobertura de salud universal. Su muerte nos provoca tristeza a los que algo lo conocimos personalmente: pudimos conversar con él más largamente y admirar su inteligencia en su visita a Chile, cuando ya se había retirado de la vida política, al no lograr pasar a la segunda vuelta presidencial en 2002 por las divisiones de la izquierda.
“La economía debe servir al ser humano y no al revés”, aseguraba Jospin. “El mercado debe ser un servidor, no podría ser un amo”. Para él, “el capitalismo es una fuerza que avanza, pero no sabe hacia dónde avanza”. Y proclamó ante Tony Blair, en Londres, cuya “tercera vía” no le parecía “exportable”: “sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado”.
El socialismo, subrayaba también, “nunca ha sido una ideología”, “nunca ha sido un cuerpo doctrinario rígido”, “nunca se ha reducido al marxismo”. “Si el socialismo ha perdido algo de su pureza sustancial”, añadía, “es porque en realidad se ha difundido progresivamente —y por lo tanto diluido— en la sociedad para transformarla”. Lionel Jospin se convertía también en el portavoz de una “nueva alianza” entre “los excluidos, las clases populares y las clases medias”.
De pocas personas se puede decir: fue un hombre íntegro. Lionel Jospin es reconocido como tal por todo el espectro político francés en el momento de su muerte. Además, siempre fue un hombre solidario con la democracia chilena, desde que era secretario internacional del PS francés en los años 1970. Participó incluso en manifestaciones frente a la embajada de Chile en París en rechazo de la dictadura de Pinochet y en apoyo de la vuelta a la democracia, lo que evocó con sencillez y humor en su momento con el presidente Ricardo Lagos muchos años después en esa misma embajada.
Como señala el historiador Gilles Candar, “pese a las críticas posibles, no hay un cuestionamiento de su apego al socialismo, es decir a una sociedad de justicia social, libertad política y progresismo cultural”. Para el editorialista del diario Libération, Thomas Legrand, “Jospin merece el poco frecuente título de hombre de Estado de izquierda, honesto y recto. Un título que quizá hoy suene bastante anticuado, pero que, para muchos amantes de la política de mi generación, sigue siendo el título supremo”.
Para el periodista Paul Quino, de Libération, la palabra que se impone de manera natural ante su muerte es la de “respeto por una trayectoria política, aunque no exenta de sombras, fracasos o peleas de trastienda. Respeto por su acción al frente del gobierno. Respeto por esa izquierda plural que encarnó en sus años en Matignon (sede del primer ministro francés). Respeto por esa rigidez que lo caracterizaba, incluso físicamente, porque claro, Lionel Jospin se imponía. Respeto por su orgullo, aunque pudiera irritar”. Y recuerda aquella noche del 21 de abril de 2002, en que Jospin asumía “plenamente este fracaso retirándome de la vida política” como momento político inolvidable, que tanto se le parecía, y de quiebre de una trayectoria y para el país, con el primer paso de la extrema derecha a la segunda vuelta en una elección presidencial. Concluye: “la suya era una izquierda de gobierno, incluso de Estado, porque Lionel Jospin formaba parte de esos hombres que tenían esa estatura”. Un Estado que no puede hacerlo todo, pero que sin embargo puede hacer mucho cuando es dirigido por una izquierda firme en sus convicciones y en su capacidad de abordar la realidad de gobernar.


