Kant y la derecha chilena
Un autor de columnas de asumida condición de derecha, Hugo Herrera, le reprocha a su corriente política, con bastante libertad de tono, su falta de profundidad intelectual y, en ocasiones, de sentido republicano. En una reciente publicación, le señala que debiera considerar seguir ciertas máximas de Immanuel Kant (1724-1804), el filósofo prusiano de Königsberg. Cita aquello de que cada ser humano posee una interioridad espontánea única y que se debe reconocer en el otro una interioridad análoga. Extiende el razonamiento a que esa interioridad “no puede ser anulada ni por un Estado que reduzca a los ciudadanos a súbditos, ni por un mercado que lo traduzca todo en mercancía. El Estado debe asumir la forma de República con separación entre el poder de legislar y el de ejecutar”.
Resaltar la defensa de Kant de la separación de poderes, aunque su teoría política no es propiamente la democracia de los derechos fundamentales y la soberanía popular, es un buen posicionamiento, que debiera contribuir en Chile a un consenso constitucional básico. Pero éste no se ha concretado hasta ahora, entre otros factores por la intransigencia de la derecha política, como se observó en la propuesta del Consejo Constitucional dominado por ella, de marcado corte autoritario y libremercadista a ultranza y rechazada por la ciudadanía al igual que la propuesta de la Convención.
No obstante, el intento de Herrera de equiparar “tanto al dictador de 17 años, cuanto la cámara parlamentaria única, que deseaban en la Convención-1”, suena ya a simple tergiversación en lógica combativa: la Convención nunca aprobó una idea de cámara única, la que en todo caso podría ser tanto plural como dotada de poderes legislativos propios para hacer efectiva la separación de poderes. Nada comparable con la dictadura de Pinochet. Este tipo de afirmaciones es la que sigue retratando a la derecha chilena, dominada una y otra vez por la pasión por anular al otro, incluso mediante la tergiversación obvia de lo que el otro sostiene. Reconocer y respetar la discrepancia es lo propio de la democracia deliberativa, en vez de deformar la posición del otro con mala fe, lo que impide todo diálogo.
Tiene este autor, sin embargo, razón al afirmar que “la concentración extrema erosiona la libertad” y que Kant “exige deliberación pública leal como modo de adoptar decisiones generales. No es ideal abstracto, sino una práctica exigente: reconocer al otro como otra interioridad libre e interlocutor digno. Declararlo ‘inaceptable’ antes de escucharlo no es deliberar: es cancelar la deliberación. Nada de esto nos es desconocido: se invoca con frecuencia. Se practica poco”. Sin embargo, es exactamente lo que hace él mismo en el caso citado al tergiversar lo sostenido en la Convención para atacar y cancelar toda posible deliberación.
Pero lo principal y significativo es que Herrera ignora aspectos fundamentales del pensamiento de Kant, empezando por el hecho de que fue uno de los grandes pensadores de la Ilustración (que definía como “la salida del hombre de su minoría de edad”). Kant lanzó su famoso “Sapere aude ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración” y se atrevió a su manera a cuestionar dogmas preestablecidos y parte del oscurantismo autoritario de los conservadores políticos y religiosos de su época, los que se prolongan hasta la época actual bajo otras formas.
Kant, como subraya Lea Ypi, intentó hacia 1784 promover una perspectiva que pudiera interpretar la historia como algo más que violencia, injusticia e irracionalidad para identificar un patrón propicio para el desarrollo de disposiciones morales. Era difícil, pensaba Kant, porque los seres humanos no siempre buscan lo que les conviene racionalmente y poseen un libre albedrío, pero creía que del creciente conflicto entre los intereses de los Estados y la ya importante expansión del comercio global tendría que surgir una nueva configuración política. Imaginaba una futura federación cosmopolita “de la que el mundo pasado no tiene ningún ejemplo para mostrar”. Nada que se parezca al nacionalismo neocolonial de la derecha chilena.
Es también significativo que Herrera ignore elementos cruciales de la moral kantiana. Para Immanuel Kant, una acción es moral únicamente si se realiza por deber, y no simplemente en conformidad con el deber. Kant propone varias formulaciones de lo que la debe fundamentar y que llamaba imperativos categóricos, entre ellas primordialmente el universalismo: “actúa solo según aquella máxima que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal”. Esto se traduce en lenguaje coloquial en “no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a tí mismo”. Y también Kant propone tratar a la humanidad, tanto en la propia persona como en la de los demás, siempre como un fin y nunca solamente como un medio. Herrera, vale precisarlo, rescata este aspecto en su crítica al economicismo de la derecha, pero no el primero.
La moral kantiana es una ética racional, formal e incondicional que sitúa la dignidad humana en el centro, exactamente lo que la derecha no hace al justificar la explotación del trabajo y las violaciones a los derechos humanos, lo que se traduce en estos días en temas como buscar hacer retroceder los derechos de los trabajadores, disminuir impuestos a los más ricos y buscar indultar a quienes cometen crímenes inaceptables, supuestamente en nombre de la patria, lo que en realidad es una falacia. Lo hacen para defender el orden oligárquico, que no es precisamente el orden republicano de Kant que Herrera dice preferir.

