El papa y la guerra
Aunque no profeso ninguna religión, las palabras del papa León XIV sobre la guerra de Irán son dignas de saludarse. Ha dicho básicamente cuatro cosas: que hay que volver a la negociación, que la amenaza contra todo un pueblo es moralmente inaceptable, que él seguirá hablando contra la guerra, y que es grave usar la religión para justificarla.
El 29 de marzo declaró:
Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la Paz, que rechaza la guerra, a quien nadie puede utilizar para justificar la guerra. Él no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra, sino que las rechaza, diciendo: ‘Aunque multipliquéis vuestras oraciones, no escucharé: vuestras manos están llenas de sangre.’
El 16 de abril señaló:
Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta una vida para reconstruir. Disimulan no ver que se necesitan miles de millones de dólares para matar y devastar, y que no se encuentran los recursos necesarios para sanar, educar y levantar. Quienes saquean los recursos de la tierra que les pertenece, suelen invertir gran parte de las ganancias en armas, en un espiral de desestabilización y muerte sin fin. Esto es un mundo al revés, una distorsión de la creación de Dios que toda conciencia recta debe denunciar y repudiar, eligiendo una vuelta en “U” —la conversión— que conduce en la dirección opuesta, por el camino sostenible y rico en fraternidad humana. El mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos y se mantiene en pie gracias a una inmensidad de hermanos y hermanas solidarios.
Estas palabras resuenan de modo especialmente significativo en un mundo hoy arrastrado a múltiples conflictos violentos, agravados desde la llegada de Trump al poder por segunda vez y por la continuidad de los afanes de conquista de la Rusia de Putin.
En el caso del Medio Oriente, Trump y Netanyahu argumentan que se debe impedir que los ayatolás de Irán obtengan el arma nuclear, porque estarían dispuestos a usarla mediante misiles contra Israel y eventualmente Europa, con lo que justifican la guerra de destrucción contra Irán de hace un año y la actual, que empezó el 28 de febrero nada menos que con el asesinato del jefe de Estado iraní. El de Irán es un régimen teocrático repudiable, que no duda en masacrar a su propia población que demanda libertades y la emancipación de las mujeres, como ocurrió una vez más en enero pasado de manera sangrienta. Pero el hecho es que no se cambia un régimen político cuando países extranjeros asesinan a su cúpula y destruyen la infraestructura y la economía, lo que más bien termina fortaleciéndolo y cohesionándolo. Más aún, Irán no dispone de uranio suficientemente enriquecido y está dispuesto, desde los acuerdos con Obama y países europeos de 2015 -desechados por Trump en 2018- a someterse a una supervisión internacional para mantener solo un programa nuclear civil. Además, fueron bombardeados sus sitios nucleares hace un año -Trump declaró que ya no existían- y muchos de sus científicos asesinados. Días antes del ataque de Estados Unidos e Israel, nuevas negociaciones en Omán avanzaban aparentemente bien, según las autoridades de ese país que actuaban como mediadores. De más está constatar que la oposición civil iraní contra los ayatolás, que crecía en intensidad, quedó debilitada y fuera de la escena ante la destrucción de su país por agresores externos.
El fondo del problema es la voluntad del liderazgo israelí actual de destruir e inviabilizar a Irán como nación. Este país de 93 millones de habitantes y abundantes recursos petroleros salió de la esfera de influencia de Estados Unidos desde la revolución islámica contra el Shah Reza Palaví en 1979, luego de haber promovido un golpe de Estado en 1953 para poner en el poder a una dinastía subordinada. Destruir Irán es el principal objetivo estratégico de Netanyahu desde hace décadas, en lo que ha logrado arrastrar a Estados Unidos y especialmente a Trump, luego de haber logrado derribar los acuerdos de Oslo de 1993-95, debilitando a la Autoridad Palestina y favoreciendo a Hamás, una estructura islamista violenta que se opone también a todo acuerdo de paz y alimenta a la extrema derecha israelí y es el pretexto perfecto para masacrar a la población palestina. No le basta con arrasar Gaza, Cisjordania y el Líbano, sus poblaciones, sus infraestructuras y sus economías: en nombre de la defensa del derecho de Israel a existir postula que debe mantener al Medio Oriente bajo su control mediante la fuerza y la violencia. Es una estrategia delirante que se propone la inviabilización y destrucción de la mayor parte de las sociedades árabes y musulmanas de la región, y procura la máxima ocupación y anexión de territorios fronterizos posible. Todo esto requiere cometer constantes crímenes de guerra e instaurar regímenes de terror y apartheid. Con esta opción, apoyada ahora más que nunca por Estados Unidos, Netanyahu y su gobierno inviabilizan una y otra vez cualquier posibilidad de paz en el Medio Oriente. Pero también debilitan su propia posición de largo plazo, transformando a Israel en un Estado de terror y genocidio contra quien se le oponga, que pierde cada día más legitimidad y apoyos en el mundo y que alimenta la voluntad islamista extrema de destruirlo, en una guerra étnica y religiosa recurrente, además de desestabilizar periódicamente a la economía mundial atacando la economía petrolera en el Medio Oriente, fuente de poder de los Estados musulmanes.
Así son las tragedias históricas provocadas por liderazgos y culturas mesiánicas, en nombre de delirios de supremacía y poder, los que León XIV ha querido denunciar de manera especialmente explícita: tienen las “manos llenas de sangre” los que “saquean los recursos de la tierra” y “suelen invertir gran parte de las ganancias en armas, en un espiral de desestabilización y muerte sin fin”.


Excelente