El legado de Jürgen Habermas
“La filosofía debería tratar de contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo”
A los 96 años ha muerto Jürgen Habermas, uno de los intelectuales más reconocidos de Alemania, cuya obra ha sido discutida en todo el mundo. Fue discípulo de Theodor Adorno, además de miembro de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Entre las nociones habermasianas se encuentran la “ética discursiva”, es decir la elaboración en común de las normas políticas y sociales en el espacio democrático, así como el “espacio público” y el “actuar comunicativo”, que da nombre a una de sus obras más importantes, Teoría de la acción comunicativa (1981). Con este tratado fundado en los intercambios no jerárquicos entre ciudadanos, condición de la democracia, tuvo en cuenta el giro lingüístico de la filosofía en las décadas de 1960-1970 y la nueva atención a los “actos de habla”, esenciales, según él, para comprender la libertad.
En la visión de Habermas (2009), se ensamblan tres elementos como núcleo normativo de los Estados democráticos de derecho modernos (con sus respectivas tradiciones de pensamiento político: la liberal, la republicana, la deliberativa). Primero, la autonomía privada de los ciudadanos, que tienen derecho a llevar una vida autodeterminada, con protección de la esfera privada mediante un sistema de libertades básicas iguales sólo restringidas por los derechos a la libertad de los demás (principio del derecho de Kant), en base al acceso a tribunales independientes que otorgan a todos la misma protección jurídica, con separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial para garantizar la sujeción de la administración pública al derecho y a la ley. Segundo, la ciudadanía democrática como inclusión de ciudadanos libres e iguales en la comunidad política (Rousseau), que se encarga de la participación política de tantos ciudadanos interesados como sea posible mediante iguales derechos a la asociación, a la participación y la comunicación, y con elecciones periódicas y referéndums con base electoral inclusiva e igualitaria, competencia entre partidos, plataformas y programas, ejerciéndose el principio de mayoría en los cuerpos representativos. Tercero, la esfera pública independiente, en la que concurre la libre formación de la opinión y de la voluntad, que vincula al Estado y la sociedad civil, con libertad de prensa e información, pluralidad de medios, garantía de acceso a la información y a los foros de la comunicación pública.
Pensador de las rupturas, intelectual público que nunca retrocedía ante el debate en la prensa, Habermas supo expresar sus opiniones, indignaciones y oposiciones mediante una argumentación rigurosa. Se posicionó contra una tradición intelectual alemana que cultivaba el nacionalismo, el rechazo conservador de la modernidad, el irracionalismo o el arraigo provincial. Habermas representó el contramodelo de Martin Heidegger (1889-1976).
Como señala Nicolas Weill en Le Monde, “si fue un progresista, compañero de ruta ciertamente escéptico y crítico de la socialdemocracia alemana, la revuelta estudiantil de los años sesenta dejó al profesor Habermas en una posición incómoda, al igual que a su maestro Adorno, abucheado en su anfiteatro en vísperas de su muerte. A pesar de la simpatía que podía sentir por el movimiento, Habermas no veía, además, contradicción alguna entre el orden constitucional y la emancipación. A diferencia de los sesentayochistas alemanes, para él el derecho era más bien la condición sine qua non de la democracia real... A pesar de la influencia que “El espacio público” pudo haber ejercido sobre la juventud universitaria de esa década, estigmatizó su violencia y habló al respecto de una “revolución ficticia” (Scheinrevolution), subrayando la similitud, no de contenido, sino de método, con el fascismo italiano. De ahí la expresión “fascismo de izquierda” (Linksfaschismus), que se le escapó en medio de una asamblea general, para gran escándalo de los asistentes. No dejó, sin embargo, de saludar, en el levantamiento de los campus, de Berkeley a Berlín, el surgimiento de una nueva sensibilidad ética. «La identificación personal con los hambrientos, los pobres y los oprimidos del Tercer Mundo habla en favor de la facultad de la imaginación moral», escribió en El movimiento de protesta y la reforma de la universidad (1969). Su lectura siempre crítica del «capitalismo tardío», desarrollada en una de las obras de su corpus que tuvo recepción mundial, Razón y legitimidad (1978), desembocaba en la constatación de que la lucha de clases había terminado por transformarse en un compromiso entre clases y de que el intervencionismo propio del Estado social había tenido por efecto que el reparto de los recursos se realizara en adelante con criterios políticos...Las crisis en las sociedades democráticas, por tanto, solo podían superarse políticamente, mediante un reforzamiento de las libertades cívicas y de la igualdad. A diferencia de la filosofía neoliberal, que hacía descansar la libertad en el solo equilibrio de los intereses, una democracia verdadera, desconectada del capitalismo, no podía, según Habermas, apoyarse en el mercado. En Entre naturalismo y religión. Los desafíos de la democracia (2008), Habermas atacó esta concepción neoliberal como una “post-truth democracy” («democracia posverdad»). Para él, la democracia solo podía surgir de un debate continuado entre ciudadanos, con vistas a producir legitimidad sometiéndose al «mejor argumento». En sus Pequeños escritos políticos de 1990, este racionalista sin ilusiones pero nunca desesperado describía así el ideal que animó su trayectoria: «Si me queda un rastro de utopía, reside únicamente en la idea de que la democracia —y el debate público en sus formas óptimas— tiene la capacidad de cortar el nudo gordiano de problemas que de otro modo serían prácticamente insolubles».”
En palabras de Mariam Martínez-Bascuñan, “lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés”.
Reproduzco partes de una entrevista suya de 2018, publicada en LT.
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- Se habla mucho de la decadencia de la figura del intelectual comprometido. ¿Considera justo ese juicio?
- Para la figura del intelectual, tal como la conocemos en el paradigma francés, desde Zola hasta Sartre y Bourdieu, fue determinante una esfera pública cuyas frágiles estructuras están experimentando ahora un proceso acelerado de deterioro. La pregunta nostálgica de por qué ya no hay intelectuales está mal planteada. No puede haberlos si ya no hay lectores a los que seguir llegando con sus argumentos.
- ¿Puede pensarse que Internet ha acabado por diluir esa esfera pública que quizá garantizaban los grandes medios tradicionales?
- Sí. Desde Heinrich Heine, la figura histórica del intelectual ha ganado altura de la mano de la esfera pública liberal en su configuración clásica. Sin embargo, esta vive de unos supuestos culturales y sociales inverosímiles, principalmente de la existencia de un periodismo despierto, con unos medios de referencia y una prensa de masas capaz de dirigir el interés de la gran mayoría de la ciudadanía hacia temas relevantes para la formación de opinión política. Y también de la existencia de una población lectora que se interesa por la política y tiene un buen nivel educativo, acostumbrada al conflictivo proceso de formación de opinión, que saca tiempo para leer prensa independiente de calidad. Hoy en día, esta infraestructura ya no está intacta. Si acaso, que yo sepa, se mantiene en países como España, Francia y Alemania. Pero también en ellos el efecto fragmentador de Internet ha desplazado el papel de los medios de comunicación tradicionales, en todo caso entre las nuevas generaciones.
- ¿No cree que Internet, más allá de sus indiscutibles ventajas, ha forjado una nuevo analfabetismo?
- Usted se refiere a las controversias agresivas, las burbujas y los bulos de Donald Trump en sus tuits. De este individuo no se puede decir siquiera que esté por debajo del nivel de la cultura política de su país. Trump destruye ese nivel permanentemente. Desde la invención del libro impreso, que convirtió a todas las personas en lectores en potencia, tuvieron que pasar siglos hasta que toda la población aprendió a leer. Internet, que nos convierte a todos en autores en potencia, no tiene más que un par de décadas de edad. Es posible que con el tiempo aprendamos a manejar las redes sociales de manera civilizada.
- En el paisaje hipertecnologizado de hoy, ¿qué futuro tiene la filosofía?
- Mire, soy de la anticuada opinión de que la filosofía debería seguir intentando responder a las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es dado esperar? y ¿qué es el ser humano? Sin embargo, no estoy seguro de que la filosofía, tal como la conocemos, tenga futuro. Actualmente sigue, como todas las disciplinas, la corriente hacia una especialización cada vez mayor. Y eso es un callejón sin salida, porque la filosofía debería tratar de explicar la totalidad, contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo.
- ¿Qué queda de su vieja filiación marxista?
- Llevo 65 años trabajando y luchando en la universidad y en la esfera pública a favor de postulados de izquierdas. Si desde hace un cuarto de siglo abogo por la profundización política de la Unión Europea, lo hago con la idea de que solamente ese régimen continental podría domar un capitalismo que se ha vuelto salvaje. Jamás he dejado de criticar al capitalismo, pero tampoco de ser consciente de que no bastan los diagnósticos a vuelapluma.
- ¿Se considera un patriota?
- Me siento patriota de un país que, por fin, tras la Segunda Guerra Mundial, dio a luz una democracia estable, y a lo largo de las subsiguientes décadas de polarización política, una cultura política liberal. No acabo de decidirme a declararlo y, de hecho, es la primera vez que lo hago, pero en este sentido sí, soy un patriota alemán, además de un producto de la cultura alemana.
- ¿De qué cultura alemana?
- Yo me siento orgulloso de esa cultura también cuando de la segunda o la tercera generación de inmigrantes turcos, iraníes, griegos, o de donde quiera que hayan llegado, aparecen de repente en la esfera pública los cineastas, los periodistas y las locutoras de televisión más fabulosos; los ejecutivos y los médicos más competentes, o los mejores literatos, políticos, músicos o profesores. Todo ello constituye una demostración palpable de la fuerza y la capacidad de regeneración de nuestra cultura.
- Teniendo en cuenta el actual nivel de fundamentalismos de todo corte, ¿cree que vamos a un choque de civilizaciones?
- En mi opinión, esta tesis es errónea. Las civilizaciones más antiguas e influyentes se caracterizaron por las metafísicas y las grandes religiones que estudió Max Weber. Todas ellas poseen un potencial universalista, y por eso se levantaron sobre la base de la apertura y la inclusión. Lo cierto es que el fundamentalismo religioso es un fenómeno totalmente moderno. Se remonta a los desarraigos sociales que surgieron y siguen surgiendo a consecuencia del colonialismo, la descolonización y la globalización capitalista.
- Escribió en cierta ocasión que Europa debería fomentar el auge de un islam ilustrado y europeo. ¿Cree que lo está haciendo?
- En la República Federal de Alemania nos esforzamos por incluir en nuestras universidades la teología islámica, de manera que podamos formar profesores de religión en nuestro propio país y no tengamos que seguir importándolos de Turquía o de otros lugares. Pero, en esencia, este proceso depende de que logremos integrar verdaderamente a las familias inmigrantes.
- Usted dijo que “Europa es un gigante económico y un enano político”. Nada parece haber ido a mejor tras el Brexit, el auge de populismos y extremismos, los movimientos neonazis…
- La introducción del euro ha dividido la comunidad monetaria en norte y sur, en ganadores y perdedores. La causa es que las diferencias estructurales entre las regiones económicas nacionales no se pueden compensar si no se avanza hacia la unión política. Faltan válvulas, como por ejemplo la movilidad en un mercado laboral único o un sistema de seguridad social común, y faltan competencias europeas para una política fiscal común. A ello se añade el modelo político neoliberal incorporado a los tratados europeos, que refuerza aún más la dependencia de los Estados nacionales con relación a los mercados globalizados. La desigualdad ha aumentado en todos nuestros países y ha erosionado la cohesión de la ciudadanía.
- ¿Considera los Estados-nación más necesarios que nunca o por el contrario cree de algún modo que están superados?
- Hum, quizá no debería decir esto, pero considero que los Estados-nación fueron algo que casi nadie se creía pero que hubo que inventar en su tiempo por razones eminentemente pragmáticas.
- ¿Conserva Alemania una vocación de liderazgo europeo?
- Seguramente el problema ha sido que el Gobierno federal alemán ni siquiera ha tenido el talento ni la experiencia de una potencia hegemónica. De lo contrario habría sabido que no es posible mantener Europa unida sin tener en cuenta los intereses de los demás Estados. En las dos últimas décadas, la República Federal ha actuado cada vez más como una potencia nacionalista en el terreno económico.

