El desafío de la creación de empleo en la próxima década
La pérdida de empleos por el cambio tecnológico podría ser de 20% de los 9,3 millones actuales
El crecimiento de la productividad del trabajo en un sector puede reducir el empleo en ese sector. Pero suponer que el crecimiento de la productividad reduce el empleo en la economía en su conjunto es un asunto diferente, aunque desde el siglo XIX se hace presente una recurrente inquietud sobre una perspectiva de desempleo masivo eventualmente provocado por el cambio tecnológico. Esta se remite en la actualidad al impacto de la aceleración de la automatización, el internet de las cosas, el uso creciente de robots avanzados e inteligencia artificial y el tratamiento masivo de datos e impresión 3D, junto a avances en la biotecnología y la medicina personalizada. Se avanza a una suerte de convergencia de los mundos material, biológico y digital mediante la integración de las tecnologías digitales en el corazón de los procesos de producción de bienes y suministro de servicios.
Esta revolución tecnológica en curso desde alrededor de 2010 se distingue por su velocidad, alcance e impacto sin precedentes en la transformación de empleos, la productividad y la eventual mejora de las condiciones del trabajo humano, con nuevos riesgos de polarización y desigualdad laboral, concentración de poder tecnológico y riesgos éticos en el uso de la Inteligencia Artificial y la biociencia. Se han ampliado los avances de la tercera revolución industrial, que tuvo lugar desde la década de 1950 hasta comienzos de los años 2000 y digitalizó la información y globalizó el conocimiento. Durante ese período surgieron innovaciones como las computadoras, una amplia gama de dispositivos electrónicos, Internet y numerosos otros avances tecnológicos en las telecomunicaciones, con sustitución de tareas rutinarias y creación de empleos en servicios digitales. Previamente, la primera revolución industrial desde 1760 inició una nueva etapa en la humanidad a partir de la máquina de vapor, el uso intensivo del carbón y el hierro, los primeros ferrocarriles y barcos a vapor, las hiladoras y telares mecanizados. La segunda, desde 1870, tuvo como base la electricidad, el petróleo y los motores de combustión interna, el acero y la química de fertilizantes, plásticos y colorantes, el telégrafo, el teléfono, los automóviles y aviones.
Pero la sustitución de trabajo por bienes de capital y el impacto de las innovaciones tecnológicas en la producción y el empleo no ha sido homogéneos. Hasta la época actual, el cambio tecnológico ha eliminado empleos e incluso hecho desaparecer tipos de ocupaciones, pero no ha provocado un desempleo masivo. Sistemáticamente han surgido nuevos empleos que reemplazan los que han dejado de existir. La simultánea creación de empleo inducida por nuevos productos y procesos productivos junto con la destrucción de empleos obsoletos es inherente al funcionamiento contemporáneo de las economías. El desempleo masivo no se ha producido tendencialmente hasta ahora porque el rápido progreso tecnológico y el crecimiento de la economía permitieron más que compensar la disminución de trabajadores desplazados de los sectores con mayor innovación tecnológica y trasladar empleos -muchas veces con dolorosas transiciones- desde unas especializaciones a otras. Han disminuido históricamente en términos absolutos y proporcionales los empleos agrícolas y luego, en muchas partes, los empleos industriales, mientras han aumentado las actividades de servicios. Estos son centrales en las economías modernas, desde servicios a las personas como la educación, la atención médica y las comunicaciones hasta la investigación científica y tecnológica, los apoyos a la producción basada en conocimientos y tratamiento de información, la consultoría organizacional y de comunicaciones y el transporte de bienes finales e insumos.
A escala global, se produce más bienes manufacturados que nunca antes con una fuerza de trabajo industrial proporcionalmente menor o en disminución, según los casos, mientras el empleo ha crecido constantemente para entregar los servicios más demandados. A su vez, la productividad —producción por hora trabajada— ha aumentado históricamente mucho más rápido en el sector manufacturero que en el sector de servicios, pues las máquinas y la automatización han logrado realizar tareas físicas mucho más rápido y con mayor eficiencia a lo largo del tiempo. En cambio, el crecimiento de la productividad en los sectores de servicios es más difícil de lograr, aunque las nuevas tecnologías de la información han impactado sustancialmente el trabajo de oficina. No obstante, una atención médica, un corte de pelo o la ejecución de una pieza musical se hacen en los mismos tiempos desde épocas inmemoriales, aunque tengan soportes tecnológicos innovadores.
El progreso tecnológico —al igual que el comercio internacional— puede enriquecer a la economía en su conjunto, pero a la vez perjudicar actividades sectoriales y a sus trabajadores, con perdedores además de ganadores. La política pública es la que está en capacidad -o no- de orientar parte de la nueva riqueza adicional generada para compensar y reestructurar las actividades de quienes son perjudicados o, en su caso, para disminuir el número promedio de horas trabajadas. No se debe olvidar que una mayor productividad general crea las condiciones para diminuir el tiempo de trabajo, sin que implique disminuciones en el empleo. Desde la primera revolución industrial, el tiempo promedio de trabajo anual ha caído entre un 50% y un 65% en las economías avanzadas, transformando profundamente la relación entre tiempo de trabajo y vida personal. Las horas semanales de trabajo han disminuido desde 70-80 horas a 33 horas promedio en algunas economías de la OCDE.
No existe ninguna ley económica que establezca que el desempleo masivo es inevitable por el cambio tecnológico, especialmente cuando las decisiones de política apoyan las transiciones e invierten lo suficiente en formación, movilidad y redistribución para que las personas encuentren nuevas actividades y lugares de inserción en el empleo.
Diversos estudios prospectivos concluyen que la automatización y el uso creciente de inteligencia artificial, robots y blockchains impulsarán el crecimiento de la productividad y generarán nuevos empleos y, a la vez, aumentarán las brechas sectoriales y territoriales en la creación de puestos de trabajo y en su calidad y remuneración. Las regiones con un menor porcentaje de empleos amenazados por la automatización tienden a registrar un alto nivel de urbanización, trabajadores con un nivel educativo alto y un fuerte sector de servicios comercializables, lo que aumentará la polarización social y territorial.
La OCDE (2021, 2023) ha estimado los impactos de la automatización y calcula que entre 14% a 27% de los empleos en sus países miembros tienen un alto riesgo de automatización. El Banco Mundial estima que cerca del 50% de los trabajos en la región latinoamericana podrían verse impactados por las nuevas tecnologías, aunque solo una parte desaparecería. La Organización Internacional del Trabajo, en sus estudios para América Latina, estima grandes transformaciones en comercio, manufactura y agricultura. En Chile, se han realizado estudios sobre el impacto de la digitalización en sectores como minería y servicios por el Consejo Nacional de Productividad.
De estos estudios emerge un orden de magnitud del orden de 1,5 millones de empleos en riesgo hacia 2035. El Consejo Nacional de Productividad estima una cifra más alta, del orden del 20%, para los empleos actuales con un alto riesgo de automatización en la próxima década, sumando unos 1,8 millones de empleos en riesgo directo de desaparecer en el comercio minorista, el transporte, las labores administrativas, la agricultura tradicional y la manufactura. Las estimaciones promedian otros 3 millones de empleos transformados y unos 1,2 millones de empleos adicionales potenciales en nuevos sectores como la minería verde, las energías renovables, el software/fintech, la salud, la educación digital y los servicios ambientales. Recordemos que en 2024, de los 9,3 millones de ocupados, el 28% lo estaba en la producción de bienes y el 72% en el suministro de servicios.
Un cálculo muy estilizado, bajo un supuesto de crecimiento de 1% al año de la fuerza de trabajo y de pérdida de 1,8 millones de empleos en una década por el cambio tecnológico, lleva a la conclusión de que se deberán crear no menos de 280 mil empleos al año para mantener la tasa de desempleo actual y de 315 mil para bajarla al 5%. Con una elasticidad empleo/producto del orden de 0.8 se requeriría un crecimiento anual del PIB del orden de 4% para una tasa de crecimiento del empleo del orden de 3%, que es lo que se necesitaría para alcanzar una situación más cercana al 5% de desempleo. Esa es la magnitud del desafío para la economía chilena.

