Cambio de folio
Chile va a entrar en una nueva etapa en muchos aspectos a partir de marzo próximo. Tendremos el desafío de permanecer en la superficie de las cosas o preguntarnos por lo que cambió en Chile y por qué.
Tiene sentido postular que, en definitiva, se ha terminado de producir un cambio cultural y social en un país en que prevalece desde hace décadas el predominio del mercado y la validación de una individuación que, antes que liberar de atavismos, cultiva una autoestima sesgada hacia la comparación jerárquica y a una identidad que depende de señales visibles de supuesta superioridad y una relación instrumental con el entorno.
Poco se parece a la prevalencia de un sujeto autónomo, con derechos y que elige libremente su proyecto de vida, de acuerdo a la idealización liberal de la condición de ciudadanía. Tampoco se parece a la idea de una sociedad solidaria, propia de las corrientes de la izquierda democrática, basada en el principio de reciprocidad y de comunidad de destino, dada la interdependencia humana y el reconocimiento del otro como “otro yo mismo”, en palabras de Edgar Morin. Este principio lleva a la responsabilidad hacia los demás y, en materia de políticas, a regular mercados y asignar recursos fuera de mercado en función del interés general y de los grupos peor situados y discriminados en la sociedad, en un horizonte de igualdad de oportunidades y de condiciones básicas de existencia mediante un funcionamiento social en el que diversas esferas de la vida se rigen por una reciprocidad en la que, en palabras de Gerald Cohen,
yo le sirvo a usted no debido a lo que pueda obtener a cambio por hacerlo, sino porque usted necesita o requiere de mis servicios, y usted me sirve a mí por la misma razón.
Lo que ha permanecido es más bien una continuidad, siguiendo al escritor indio Pankaj Mishra, en la que la adaptación a la sociedad moderna
dejó de ser un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social... cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder … un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.
En palabras de Najat Vallaud-Belkacem,
en la mercantilización desmedida de la sociedad todo se compra —el acceso a cuidados de calidad como a una educación de excelencia. Este “todo-mercancía” crea injusticias evidentes —no todo el mundo tiene los medios—, pero, sobre todo, termina por corromper el civismo: quienes pagan se sienten autorizados a desentenderse, a vivir aparte, a hacer caso omiso de la solidaridad…Cuando uno está convencido de que debe todo a su propio mérito y de que quienes no están en el mismo punto solo pueden reprochárselo a sí mismos, se pierde todo sentimiento de deuda o de reconocimiento hacia la sociedad.
Siempre para Pankaj Mishra, el predominio de una cierta cultura de modernidad estadounidense ha llevado en muchas partes a una situación en la que
incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma. Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano.
En Estados Unidos, por el momento, se acentúa con Trump el más descarnado “narcisismo competitivo” acompañado de una renovada voluntad de conquista imperial.
Chile en la materia ha pasado por distintas etapas. El modelo primigenio fue el del elitismo autoritario (Portales y los “buenos chilenos”), que considera al pueblo como objeto de gobierno antes que como sujeto soberano, en un orden social dirigido por una minoría ilustrada, propietaria o “moralmente superior” que prioriza el orden, la estabilidad y la autoridad. Este modelo existió desde los albores de la República en los grupos dominantes, con la sombra de tres siglos de dominación colonial.
Pero la chilena fue desde su fundación una nación social y culturalmente fragmentada, con una gran extensión del trabajo campesino, artesano y asalariado precario y disperso, antes que concentrado en grandes unidades productivas más allá de la minería, y con una sociedad mapuche con amplios grados iniciales de autonomía. La República fue creada a partir de una “guerra a muerte” de exterminio de los resabios y resistencias coloniales en 1819-23, seguida de una guerra civil ganada por los conservadores en 1829-30, pero que no impidió las insurrecciones liberales de 1851 y 1859. Luego la llamada “pacificación de la Araucanía”, en realidad el despojo de las tierras mapuche y la muy sangrienta guerra civil de 1891, centrada en los usos de los excedentes del salitre conquistado en la guerra contra Bolivia y Perú de 1879-84, consolidó el dominio oligárquico. Este tuvo como base el uso violento del naciente Estado para afianzar una cultura de sometimiento propia de la hacienda, como en buena parte de América Latina.
Luego emergieron las luchas liberales en el tema de la separación del Estado y la Iglesia y más tarde la “cuestión social”, con procesos de cambio y luchas de protagonistas portadores de nuevas ideas revolucionarias y reformistas, que incluso llevaron a un retroceso del orden oligárquico en 1920-25 y con el Frente Popular en 1939-46 y en alguna medida con los gobiernos radicales posteriores. Hacia 1940, la población urbana igualó a la población rural, los enclaves mineros se hicieron más importantes y la hacienda mantuvo una lógica extensiva e improductiva que expulsó a una parte de la población rural para aumentar los sectores de subsistencia marginal en las ciudades. En estos cambios socio-económicos coexistieron elementos de las culturas y solidaridades tradicionales, con socializaciones en redes de relaciones con historia social y deberes basados en identidades y pertenencias a colectivos.
Luego de las rupturas y crisis del siglo XX, en especial con el intento de cambio social profundo de la Unidad Popular y el consiguiente fin del latifundio y profundización de la nacionalización del cobre, se produjo la violenta restauración oligárquica de 1973-1989. La etapa de reversiones parciales del dominio oligárquico desde 1990 no impidió que la ideología del “individualismo de mercado” -seres humanos que no están en situaciones de cooperación y que compiten entre sí en detrimento del otro- haya dejado una impronta que ha permitido, desde 2010, a los grupos oligárquicos construir coaliciones electorales parcialmente mayoritarias. Esto no se contuvo después de la dictadura dada la ausencia de un proyecto más sistemático de reconstrucción de una educación republicana que forjara sentidos colectivos de convivencia en la sociedad y de igual respeto y consideración entre ciudadanos, y cuestionara la cultura de la lucha por el reconocimiento individual y del acceso a bienes de mercado y/o a posiciones privilegiadas en la estructura social como eje de los proyectos de vida.
Entre tanto, la especialización creciente en la extracción de recursos naturales y su escasa elaboración industrial, junto a una gran concentración en grupos económicos privados, se acompañó de una mayor segmentación laboral y de condiciones de existencia más heterogéneas. Las clases populares están menos insertas en colectivos y permanece la fragmentación social urbana. Fueron creciendo los empleos en servicios, muchos de ellos precarios y sin espacios de socialización, y otros de clases medias superiores partícipes de aumentos de ingresos en trayectorias individuales. Ganaron en relevancia las clase medias superiores, mientras una parte creciente de las clases populares se refugió en el abstencionismo o fue más proclives a un comportamiento electoral fluctuante antes que situado en los clivajes políticos existentes a la salida de la dictadura.
Los hombres y mujeres de la base de la estructura social no son obreros y obreras en fábricas dotadas de sindicatos, lo que nunca existió como en algunas sociedades industriales. El mundo del trabajo menos remunerado es el de los servicios a la persona, al que se recurre para el cuidado de niños, la atención a personas mayores o la limpieza y reune mayoritariamente a mujeres poco calificadas, atrapadas en una precariedad duradera. Otra parte de la economía entró en una etapa de “uberización”, con almacenes logísticos que emplean a hombres jóvenes con contratos temporales y repartidores de plataforma sin contrato. No obstante, la ocupación asalariada representa hoy una cifra superior al 70% del empleo, pero más de un cuarto es informal y el autoempleo de las personas las empuja a convertirse en gestoras de su propia precariedad. Parte de estas clases populares han adoptado lógicas de responsabilización individual, que las han alejado de la identificación con la democracia, los sindicatos o la izquierda, que sienten ajenas a sus posibilidades de progreso personal.
Además, la gestión de los asuntos públicos por instituciones democráticas condicionadas por los intereses oligárquicos y por sus propios errores, terminó -en medio de muchos logros- alejada de la experiencia vivida por una parte sustancial de la sociedad en materia de brechas de condiciones de vida, seguridad cotidiana y movilidad social para las nuevas generaciones. De ahí la frustración de los gobernados, su sentimiento de no ser ni escuchados ni comprendidos por un poder que no cumplió muchas de sus promesas y las expectativas forjadas, con el resultado de una anomia generalizada -indiferencia frente a las normas sociales y desconexión temporal entre objetivos y medios-, de una rebelión social inorgánica en 2019 y de una multiplicación de resentimientos que terminó siendo capturada -veremos por cuanto tiempo- por el discurso de seguridad y xenófobia de la extrema derecha.
Uno de sus corolarios ha sido el avance de la idea de que al Estado y a las acciones colectivas para tratar los asuntos comunes se les debe remitir a la contención -violenta si es necesario- de todos los que sean percibidos como competidores o potenciales amenazas al yo individual o del grupo inmediato. Esto refuerza los corporativismos y la discriminación contra el distinto -y de paso el enojo con el que piensa por su cuenta- pero, sobre todo, contra el inmigrante. Éste es visto como el que disminuye las oportunidades propias, cuando en realidad más bien las aumenta: basta con seguir con un poco de atención la historia de la humanidad, constituida desde siempre por amplias movilidades, fertilizaciones cruzadas y mixturas entre grupos y culturas humanas, y no solo por conflictos y violencias. Se ha hecho automático asimilar la delincuencia al extranjero, como si no fuera primordialmente doméstica y ancestralmente criolla, a pesar de la globalización de formas de crimen como el narcotráfico, la trata de personas y el lavado de dinero que acompaña la globalización económica tan preciada por los grupos dominantes, pero que no asumen sus consecuencias en estas materias.
La habilidad de la extrema derecha fue transformar la percepción de inseguridad, primero, y la xenofobia, después, en emociones colectivas primordiales. Esto ahora le permitirá dar un salto en la agenda convencional de la derecha neoliberal: autoritarismo, mayor libertad para emprender con fines de lucro al precio de desproteger el trabajo, contaminar o manipular a los consumidores, en medio de una política antimonopolio y de acceso privado a recursos comunes permisiva para ampliar rentas de privilegio, en medio de recortes de impuestos a los más ricos financiados con disminuciones del gasto social. Es lo que los grupos dominantes llaman “agenda de crecimiento”.
Una conclusión posible es que, además de dar las batallas políticas y sociales que vendrán contra la acción del nuevo gobierno y los intereses que defiende, volver a hacer mayoritaria una agenda progresista supondrá trabajar por evoluciones culturales en la sociedad chilena que disminuyan el impacto del individualismo negativo. Aunque estas evoluciones siempre son lentas, Pankaj Mishra sostiene que
ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.
Se trata de seguir bregando por ampliar los espacios, hasta volverlos sistémicos, en los que se promueva un mayor sentido del interés común y se construya instituciones económicas más allá del interés individual inmediato. Y de seguir reivindicando las distintas formas de reciprocidad y solidaridad que hacen posible sociedades -en contraste con el libremercadismo y el dominio de oligarquías- en las que prevalezca un acceso general a bienes básicos, una paridad de género y un bienestar dinámicamente equitativo y sostenible, al que no solo accedan las clases privilegiadas.

