Ataque y secuestro en Venezuela
No hay que ser partidario de Maduro para condenar el ataque militar de Trump a Venezuela y el secuestro de la pareja presidencial. Soy parte de los que nunca han simpatizado con el chavismo, precisamente por su gestación a partir de un intento de golpe militar en 1992. Me negué a recibir a Maduro en 2005, en ese momento representante internacional del partido chavista, cuando asistió a un congreso del partido que yo entonces dirigía. Soy de los que considera que, desde que desconoció el sufragio en la reciente elección presidencial, su régimen carece de legitimidad, además de merecer reproches por no respetar los derechos humanos y perseguir a sus opositores.
Pero, por otro lado, ninguna violación de la legalidad internacional es aceptable: atacar militarmente a un país para descabezarlo lo es de modo flagrante, por mucho que esté gobernado de manera autocrática. La Carta de las Naciones Unidas señala al respecto:
Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.
Solo el Consejo de Seguridad de la ONU puede autorizar intervenciones militares en algún país para proteger a su población. Aceptar ataques militares unilaterales, como el de Trump a Venezuela, es simplemente ilegítimo desde el punto de vista del derecho internacional, salvo que se crea que el mundo debe regirse por la ley del más fuerte, lo que es garantía de un desorden perpetuo basado en continuas intervenciones o guerras depredadoras. Es todo lo contrario de la ley internacional y de la Carta de Naciones Unidas, que establecen la soberanía de las naciones y los derechos de los pueblos. Como señala Michael Ignatieff:
El derecho y la ética comparten el mismo destino difícil: sus normas fracasan con tanta frecuencia que tenemos motivos para preguntarnos por qué conservan alguna fuerza. Nuestras vidas privadas dependen de la frágil premisa de que quienes conviven con nosotros y hacen negocios con nosotros cumplirán su palabra, no nos traicionarán y nos dirán tanta verdad como la situación lo permita. Sin embargo, sabemos demasiado bien que vivimos en un mundo de mentirosos y traidores. Estos hechos no disminuyen el valor de la lealtad, de decir la verdad y de la honestidad. Precisamente la fragilidad de estos valores los hace más preciosos para nosotros y nos vuelve más decididos a defenderlos cuando podemos. Lo mismo, espero, ocurre con la soberanía. Sí, ha sido la coartada de dictadores, de Saddam a Maduro. Sí, ha sido violada por los depredadores. Pero es la única norma que tenemos para protegernos de la depredación, y si la perdemos por completo, ni nosotros ni nuestros hijos estaremos jamás a salvo.
Una parte importante de los venezolanos se alegró con el secuestro estadounidense de Maduro, hastiados de su régimen, que terminó provocando la salida de 8 millones de emigrantes -un cuarto de la población- en medio de un autoritarismo rampante y un colapso económico que llevó a graves y prolongadas carencias para la mayoría, agravadas recientemente por las sanciones y bloqueos. Pero deben tomar nota que no habrá entrega del poder por Trump a quien ganó las elecciones en 2024 o una nueva elección en perspectiva, sino un plan para establecer un protectorado de Estados Unidos.
¿Como se hace entonces para salir de la dictadura actual en Venezuela, preguntan algunos, si no es con quien esté dispuesto a derrocar a sus líderes, aunque sea al precio de la subordinación? A los dictadores se los derrota luchando persistentemente -por mucho que sea duro y difícil y exija grandes sacrificios- convocando a la ciudadanía a la resistencia y buscando la solidaridad internacional, como hicimos en Chile contra Pinochet durante 17 años, y como ha hecho la propia oposición venezolana con valentía, pero no pidiendo la invasión del propio país por Estados Unidos. Ese país tiene una vocación imperial y va detrás de la subordinación a sus intereses y del acceso sin limitaciones a recursos naturales, ahora sin disimulos. Y las consecuencias no son solo para Venezuela sino para todo el “hemisferio occidental”, incluyendo eventualmente en el futuro los minerales de los que dispone Chile. No olvidemos que un escenario de Doctrina Monroe puede incluir activar disputas respecto de nuestras propias fronteras. No tiene sentido aplaudir la lógica y las acciones de Trump, entre otras cosas porque van contra el interés nacional.
Para no hablar de J.D. Vance (“el narcotráfico debe terminar y el petróleo robado debe ser devuelto a los Estados Unidos”) o de Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Trump (“el sudor, el ingenio y el trabajo estadounidenses” han “creado” la industria petrolera en Venezuela y “su expropiación tiránica fue el mayor robo registrado de riqueza y propiedad estadounidenses”). Recordemos que el petróleo fue nacionalizado con indemnización en 1976 por Carlos Andrés Pérez y que ha operado desde entonces en parte con contratos de operación con empresas externas, con algunas de las cuales Chávez entró en litigios en 2007 al establecer mediante decreto una política de conversión de proyectos operados por multinacionales a control estatal directo, reforzando la política de “empresas mixtas” con mayoría estatal. Esto terminó en expropiaciones de instalaciones petroleras que impusieron a las operadoras extranjeras la transferencia del control mayoritario de sus proyectos al Estado venezolano. En cambio, Chevron siguió operando en Venezuela (lo hace desde 1923) en conjunto con la estatal PDVSA en varias empresas mixtas, bajo condiciones reguladas por las sanciones internacionales y licencias del gobierno estadounidense.
La de Trump es la doctrina del intervencionismo imperial puro y simple, que se camufla en el argumento de llevar a Maduro a juicio por narcotráfico. En marzo de 2020, este fue imputado en la corte del distrito sur de Nueva York en Estados Unidos y acusado de supervisar una organización narcotraficante conocida como Cartel de los Soles. La fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi, agradece a Trump por “tener el coraje de exigirle que rinda cuentas ante el pueblo americano”. ¿Los argumentos?:
Nicolás Maduro ha sido acusado de conspiración narco-terrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de armas de fuego y artefactos de destrucción, y conspiración para utilizar armas de fuego y artefactos de destrucción contra Estados Unidos.
¿Puede alguien sostener sin reírse que tiene algún sentido acusar a un jefe de Estado de “posesión de armas de fuego y artefactos de destrucción”, cuando por definición es comandante en jefe de las fuerzas armadas de su país? Por otro lado, ¿existe algún indicio de que Maduro dirige un cartel de narcotraficantes que inunda de drogas a Estados Unidos, en circunstancias que Venezuela es un actor menor de la entrada de cocaína a Estados Unidos, que viene de Colombia y otras partes, y nada tiene que ver con el fentanilo, que viene de México? Evidentemente hay narcotráfico en Venezuela, como en casi todas partes dado el consumo de drogas y su gran poder corruptor, y hay autoridades cómplices (dos sobrinos de la primera dama fueron hechos prisioneros intentando vender droga a agentes encubiertos de la DEA, condenados en Estados Unidos y luego canjeados). Pero el diario The New York Times señala que
las agencias de inteligencia estadounidenses han estimado que Maduro está en realidad enfrentado a un grupo, el Tren de Aragua, y los analistas afirman que el Cártel de los Soles no existe como organización concreta. El término se ha utilizado para referirse a la implicación de muchos militares de alto rango en el tráfico de drogas, aunque no hay pruebas de que Maduro dirija el esfuerzo.
Steven Dudley, investigador y codirector del centro de estudios Insight Crime, conjetura que
la infiltración del narcotráfico en las fuerzas de seguridad es un problema de toda la región, no únicamente de Venezuela. Pero la crisis social en Venezuela ha desempeñado evidentemente un papel en la expansión de la criminalidad… El gobierno de Maduro permite que miembros del ejército colaboren con los traficantes y acepten sobornos para complementar sus bajos salarios. Pero Maduro no dirige estas actividades de manera centralizada, y el objetivo es mantener la lealtad de unas fuerzas de seguridad mal remuneradas, y no perjudicar a Estados Unidos mediante el tráfico de drogas.
Y si de nexos con el narcotráfico se trata, no olvidemos que Trump indultó al narcotraficante ex presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, que cumplía una condena de 45 años después de que un jurado federal lo declarara culpable de conspirar para importar cocaína a Estados Unidos.
Lo que está ocurriendo en Venezuela, facilitado por la rigidez y pertinacia del régimen de Maduro para mantenerse a toda costa en el poder y evitar una transición democrática, a pesar de haber perdido por lejos -según las actas- las elecciones presidenciales en 2024, es la aplicación burda del “corolario Trump de la Doctrina Monroe”. Estados Unidos se arroga el derecho de intervenir en América Latina al margen de la legalidad internacional y de la Carta de Naciones Unidas (ver aquí). Ante esta realidad, solo queda someterse o resistir con el derecho internacional como bandera y la legitimidad democrática detrás. Ese es el dilema al que se enfrentan los países y los pueblos de América Latina desde su independencia, cuando se estableció la Doctrina Monroe, y en la actualidad también Canadá y Groenlandia, asociada a Dinamarca. Ignatieff sostiene que
en el mundo en el que hemos entrado, los países más débiles deben aprender autosuficiencia, resiliencia y astucia para mantener a raya a los depredadores… Si las potencias medias se agrupan, quizá logren atravesar el siglo XXI con sus soberanías reforzadas. Si actúan en solitario o cometen el error de acercarse demasiado a uno u otro depredador, podrían verse engullidas por una de las bestias.
La amenaza se extiende en el corto plazo a Cuba, Colombia y México. Se le preguntó a Trump en Fox News si el ataque a Venezuela estaba destinado a servir como advertencia para la presidenta de México, Claudia Sheinbaum: “Bueno, no estaba pensado para eso”, respondió. “Tenemos una relación muy amistosa con ella, es una buena mujer. Pero los cárteles están dirigiendo México; ella no dirige México”. Trump afirmó que Sheinbaum había rechazado reiteradamente sus ofertas de intervenir contra los cárteles: “se lo he preguntado numerosas veces: ‘¿le gustaría que elimináramos a los cárteles?’” y añadió que “algo va a tener que hacerse con México”.
¿Qué sigue ahora?
La líder opositora venezolana María Corina Machado ha afirmado el sábado 3 de enero que
estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder. Hemos luchado por años, lo hemos entregado todo, y ha valido la pena. Lo que tenía que pasar está pasando.
Señaló que Washington ha “cumplido la promesa de hacer valer la ley” y que “vamos a poner orden, liberar a los presos políticos, construir un país excepcional y traer a nuestros hijos de vuelta a casa” y afirmó que Edmundo González debe asumir de inmediato su mandato constitucional como Presidente y “ser reconocido como comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional”. Según Machado, Maduro “enfrenta la justicia internacional por los crímenes atroces cometidos contra los venezolanos y contra ciudadanos de muchas otras naciones”.
Desde luego, se trata de la justicia de Estados Unidos y no de la justicia internacional. Pero, sobre todo, lo que está ocurriendo es que Trump ha decidido reservarse el poder en Venezuela directamente para él y sus intereses y no entregárselo a la oposición de Machado. De poco le sirvió a esa oposición optar por apoyarse en el gobierno de Estados Unidos y ofrecer el petróleo a las empresas estadounidenses (ver aquí). Había recientemente respaldado, incluso, la operación militar de Trump contra embarcaciones en el Caribe, que tiene todos los visos de un sistema de ejecuciones extrajudiciales, y se ha abstenido de criticar sus políticas de expulsión de los cientos de miles de inmigrantes venezolanos en Estados Unidos.
Trump, en la conferencia de prensa del 3 de enero, no estableció ningún límite temporal a una eventual ocupación -la que por el momento no se concreta por el alto costo que implicaría- y subrayó que corresponderá a Estados Unidos decidir cuándo devolver el país al control venezolano: “me gustaría hacerlo rápido, pero lleva un período de tiempo”. Trump ha afirmado categóricamente que
no queremos que nadie más tome el poder. Nos encontramos en la misma situación que hemos tenido durante los últimos años. Así que vamos a gobernar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y sensata.
Cuando se le preguntó por el calendario, inmediatamente pasó a hablar de la reconstrucción de los activos petroleros. “Vamos a administrar el país correctamente”, dijo al referirse al petróleo y agregó:
Como todos saben, el negocio petrolero en Venezuela ha sido un fracaso, un fracaso total, durante mucho tiempo. Estaban extrayendo casi nada, en comparación con lo que podrían haber extraído y lo que podría haber sucedido. Nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, invertirán miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado, y comenzar a generar ingresos para el país.
Indicó que habrá una presencia militar estadounidense “en lo que respecta al petróleo” y cuando se le preguntó cuánto costaría administrar Venezuela, potencialmente durante años, respondió: “no nos costará nada” y “va a generar mucho dinero”. Reiteró su postura de que los gobiernos venezolanos anteriores “nos robaron nuestro petróleo” y añadió que Estados Unidos vendería petróleo venezolano a China y que “venderemos grandes cantidades de petróleo a otros países”.
Así son las cosas con los imperios, incluso para quienes se les subordinan. Apenas unas horas después de la captura y secuestro de Maduro por Estados Unidos, Trump señaló que a la líder opositora Machado “le sería muy difícil ejercer el liderazgo, no cuenta con apoyo ni respeto” (“it’d be very tough for her to be the leader, she doesn’t have the support. She doesn’t have the respect”) y que hay “mucha gente mala”, por lo que Estados Unidos se quedará el tiempo necesario para asegurar que ninguna de esas personas se haga con el poder.
Ha asegurado que la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, “ha mantenido una larga conversación” con el secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, en la que se ha puesto a disposición de la Casa Blanca. “Haremos lo que sea necesario”, dice el presidente que les ha dicho Rodríguez. “No tiene más opción”, ha agregado Trump, afirmando que
básicamente ella está dispuesta a hacer lo que nosotros consideramos necesario para volver a hacer grande a Venezuela.
Divide y reinarás. En todo caso, Delcy Rodríguez sigue a cargo del gobierno como vicepresidenta y ha exigido públicamente la liberación de Maduro, “el único presidente de Venezuela”, y ha asegurado que “nosotros estamos listos para defender a Venezuela, nosotros estamos listos para defender nuestros recursos naturales que deben ser para el desarrollo nacional”, pues “jamás volveremos a ser colonia de ningún imperio, del tinte que sea”. Trump aseguró que no desplegará tropas en Venezuela ni realizará nuevos ataques contra el país “si la vicepresidenta de Maduro hace lo que queremos”.
¿Es el destino próximo de Venezuela permanecer sin democracia, subordinada ahora al control militar de Estados Unidos y sin soberanía sobre su petróleo? Las variantes son algún tipo de acuerdo de Trump con el régimen que mantiene las palancas del poder, a cambio de ventajas para Estados Unidos en la extracción de petróleo, o bien atravesar por un sangriento conflicto si se concreta una ocupación militar para lograr el control estadounidense del petróleo venezolano.
Entre tanto, Adelys Ferro, del Venezuelan-American Caucus, un grupo que representa a venezolanos en Estados Unidos, señaló que las solicitudes de asilo y los procesos migratorios de cientos de miles de venezolanos siguen suspendidos. Han intentado demostrar ante los tribunales migratorios de Estados Unidos que han sido blanco del régimen de Nicolás Maduro, pero al mismo tiempo la administración Trump los ha retratado como criminales y transgresores de la ley que deberían ser deportados: “somos víctimas del régimen de Nicolás Maduro, pero también somos víctimas de las políticas de la administración Trump”.
Entre tanto, Kast, el principal adherente al trumpismo en Chile y que mantiene su programa de expulsión inmediata y a toda costa de venezolanos sin papeles, aunque no se sabe a dónde ni cómo, ha declarado que “la detención de Nicolás Maduro es una gran noticia para la región” y, con la hipocresía como emblema, que “la democracia se defiende con convicción, coordinación y con el respeto irrestricto al Derecho Internacional”. Como si lo que acaba de ocurrir con el secuestro de Maduro no fuera exactamente lo contrario del respeto al derecho internacional y como si Kast no siguiera defendiendo hasta hoy el golpe de Estado de 1973 en Chile promovido por Estados Unidos, como está ampliamente documentado, y a los violadores de los derechos humanos durante la dictadura militar y durante la rebelión social de 2019.
Cabe recordar lo que un chileno escribió en 1822 aludiendo a la Doctrina Monroe: “Yo creo que todo esto obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Eso sucederá, tal vez hoy no; pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer con gusto, sin cuidarse de un envenenamiento”. Ese chileno se llamaba Diego Portales, el insigne conservador de inicios del siglo XIX.
Y también cabe recordar lo que dijo otro chileno en agosto de 1959, cuando subrayó la necesidad de respetar el principio de “la no intervención, que tanto costara conquistar hasta convertirlo en norma de Derecho Internacional positivo” y que la defensa de la concepción liberal de la democracia no debía “vulnerar el principio de no intervención, que debe mantenerse de modo intangible”. Este otro chileno era entonces presidente de Chile y se llamaba Jorge Alessandri.
Como se observa, los conservadores de antaño eran bastante más lúcidos que sus herederos contemporáneos.

